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N.º 41

JUNIO 2006

7

  

  
  

Estrés en los padres: estrés en los hijos

Begoña Rueda Colmenero  

  

  

                                               «¿Cómo es que, siendo tan inteligentes los niños,

son tan estúpidos la mayor parte de los hombres?

Debe ser fruto de la educación.»

ALEJANDRO DUMAS

  

  

E

l ritmo de vida que llevamos hoy en día algunos padres (yo diría que la mayoría),  sentirnos obligados a desarrollar nuestras vidas en  esta sociedad tan competitiva y agresiva, sin valores morales y éticos de referencia, con tanta incertidumbre diaria, la escasez y la precariedad de los trabajos que desempeñamos, la falta de relaciones sociales, el poco tiempo de que disponemos para nosotros mismos, los jefes, los malos vecinos, los malos vicios... estrés, estrés, estrés, en definitiva. No merece la pena seguir enumerando otro sinfín de frases hechas a modo de quejas, que quizás a cualquiera le podrían sonar a excusas e incluso a más de uno les podrían servir para enmascarar alguna verdad que otra.

  

     

  

Tal vez tendríamos que reinventarnos o redescubrirnos y así ayudaríamos a redefinir nuestras relaciones y nuestra forma de vida, y quizás podríamos llegar a ser mejores personas y un poco menos máquinas. A lo mejor, el susodicho y temido estrés sería todo lo positivo que tuviera que ser, y quién sabe si la respuesta de nuestros cuerpos a situaciones extremas no sería tan calamitosa y tan dañina.

El pasado domingo leí en el diario SUR de Málaga un pequeño artículo perdido en alguna de sus ultimas paginas en el que el doctor Wolfgang Rutz, de Copenhague, aseguraba que las consecuencias del estrés en los progenitores a menudo recaen en los niños y puede llegar a ocasionar un reflejo en nuestros hijos, que podrían llegar a somatizar nuestros propios problemas y a manifestarlos en forma de conflictos en la salud mental de los mismos. Igualmente, junto al estrés, el comportamiento violento de los padres se hace cada vez más visible tras las separaciones matrimoniales. Pobres chavales, cómo no les va a repercutir en su espíritu todo este galimatías de cosas viviendo en una sociedad en la que nada es pausado, en la que todo pasa muy rápido. Creo que es una consecuencia normal que afloren sentimientos de agresividad.

Inevitablemente somos un reflejo de lo que vivimos y los niños serán un reflejo de lo que nosotros les ayudemos a vivir humanamente. Cada cosa tiene que tener su “tempo”. Hoy vivimos en la sociedad de la información: demasiada revelación, demasiada información y demasiada agresividad. Los padres se pasan todo el día trabajando y, cuando llegan a casa, están cansados para jugar y ayudar al niño en sus tareas escolares. Unamos todo ello a la desinformación en el aspecto educativo de los propios padres.

Deberíamos volver a la escuela y formarnos realmente como padres. Tendríamos que darnos cuenta de que la estabilidad económica es igual o menos importante que la estabilidad emocional. Pero ¿cómo lo hacemos sin ser devorados por los demás miembros de la colectividad? Porque si no tengo una mediana estabilidad económica, ¿cómo puedo ayudar a mi hijo, sin crearle otros problemas añadidos? Alguien tendrá que ayudar a las pobres “pescadillas” a sacarse de la boca sus propias colas.

Se me ocurre que, quizás, potenciando las relaciones entre padres e hijos, sí esto, algo tan sencillo que tan sólo nos puede hacer bien a todos y que, por añadidura, nos ayudaría en la mejora de nuestro contexto, además de colaborar en la curación de esta malograda sociedad. Escuchar y atender las peticiones de nuestros vástagos con paciencia, sin gritar y comprendiendo sus limitaciones y sus deseadas o indeseadas dependencias de nosotros ―sus propios padres―, centrándonos algo más en ellos... Quizás con un poco de todo esto, podremos (por lo menos debemos intentarlo) crecer como personas y ser mejores progenitores.

No sé si realmente conseguiremos cambiar algunas mentalidades. De lo que sí estoy segura es de que estaremos más cerca de los hijos y de que podremos actuar con más rapidez ante posibles problemas de estrés infantil.

  

  

  

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Begoña Rueda Colmenero (Durango, Vizcaya, 1965) es, antes que nada, docente vocacional, aunque en los pocos ratos que su quehacer diario se lo permite, deja que cabalgue su pluma sobre la albura del papel. Reside en Málaga y ha sido alumna de la Universidad de su ciudad adoptiva, en cuya Facultad de Ciencias de la Educación, ha cursado los estudios de las diplomaturas de Maestro en Educación Infantil y Maestro en Educación Primaria. Actualmente ejerce como maestra.

  

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año V. Número 41. Junio 2006. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2006 Begoña Rueda Colmenero. Reservados todos los derechos © 2002-2006 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España). La revista no comparte necesariamente la ideología o creencia que pudiera contener este escrito.