N.? 43

SEPTIEMBRE 2006

1

  

  
 

Natalia

Beatriz Martinelli  

  

  

L

a campana rompi?los murmullos que se escuchaban detr醩 de las puertas cerradas. De golpe, una explosi髇 como de neutrones llen?los amplios pasillos. De la escalera, una ola blanca se alargaba hacia el patio con un movimiento de marea alta. El patio se llen?de gritos y chicos en movimiento.

Tratando de no ser atropellada, me encontr?de golpe empujada por la peque馻 gran masa hacia el sol. Era un d韆 muy fr韔, pero el sol resplandec韆 en el patio, iluminando la cara del payaso que pint?en el muro Ezequiel, ese peque駉 gran artista de segundo grado. Segundo grado, un grupo de chicos diferentes, con historias y vidas contrapuestas que el entorno no hab韆 contaminado.

  
     

No nos enter醔amos qu?cosa suced韆 fuera de la magia que nac韆 en las tardes de los lunes, de los mi閞coles y los viernes, cuando, encerrados en ese espacio, arm醔amos un taller de carpinter韆, o un escenario para una orquesta y sus cantantes.

  

Era un grado especial, de chicos especiales, diferentes por sus actitudes y por sus condiciones. El destino, y s髄o 閘, los hab韆 juntado en la peque馻 aula del fondo. Hasta la ubicaci髇 del aula hac韆 que estuvieran un poco separados del resto. Desde all? casi ning鷑 ruido llegaba, no nos enter醔amos qu?cosa suced韆 fuera de la magia que nac韆 en las tardes de los lunes, de los mi閞coles y los viernes, cuando, encerrados en ese espacio, arm醔amos un taller de carpinter韆, o un escenario para una orquesta y sus cantantes, o si, habiendo material, nos dedic醔amos todos juntos a preparar enormes ciudades, que ten韆n casi siempre la duraci髇 de unas horas. Pero no importaba demasiado, los arquitectos, en su pr髕ima obra, har韆n barrios m醩 lindos y sofisticados con todo el material de descarte encontrado en las calles, en los basureros de papeles y con la arcilla.

Recordar todos esos rostros me ser韆 casi imposible, asomados detr醩 de unos pupitres, que en la mayor韆 les eran grandes, parec韆n, con sus oscuras caras, pajaritos asomados en sus nidos, puro ojo y piquitos abiertos exigiendo atenci髇.

Pero no siempre era as? Muchas veces corr韆mos las mesas y un espacio central nos dejaba a la vista un precioso escenario a nivel, donde los artistas entonaban canciones de moda, utilizando instrumentos de percusi髇 fabricados por ellos mismos. Los micr骹onos eran esos hermosos palos de escoba.

Todo pod韆 pasar dentro de esas cuatro paredes. El mundo era hermoso, distinto, lleno de deseos cumplidos. Ese mundo era un mundo m醙ico, donde cada deseo se convert韆 inmediatamente en realidad.

Ezequiel, el gran pintor, el burro en matem醫ica y que no sab韆 leer ni escribir, era el que mejor comunicaba todos sus sentimientos, el universo que lo rodeaba y el universo de sus fantas韆s quedaba plasmado en las peque馻s hojas de papel que ya hab韆n sido utilizadas para otros fines menos art韘ticos.

Pero no s髄o las peque馻s hojas de papel tuvieron la suerte de su mano. El muro del patio fue soporte ideal para ese circo, una sola vez visitado, pero tan bien descrito como si fuese uno de su troupe.

Y Eva, esa fuerte ni馻, de car醕ter avasallante, de cara redonda como luna, de pelo lacio y grueso como indio Toba. La pobreza y la mugre las llevaba con tanta valent韆 y orgullo, que en ella era un signo de distinci髇.

Pablo, ni駉 de cara vieja, de piel gastada y sufrida, de pocas palabras y bajo tono, de olor a noches mojadas con sus propios l韖uidos. Sus besos y abrazos, aunque malolientes, eran tan llenos de amor que curaban cualquier herida.

En el patio, Natalia corr韆 tomada de la cintura de Eva. Su risa se destacaba del griter韔, sus trenzas negro azabache parec韆n dos vivoritas volando.

Eva eleg韆 para sus carreras los lugares m醩 peligrosos. Esos llenos de chicos, daba giros, se deten韆, r醦idamente volv韆 a correr y Natalia, tomada a su cintura, festejaba con m醩 alegr韆 los momentos m醩 dif韈iles. Ella era la otra cara de la moneda en muchos aspectos. Su delantal, lleno de tablitas, resplandec韆 de blancura, ten韆 adorno de puntillas en el cuello. Sus zapatos, muy lustrados y limpios, con medias azules a media pierna. Las trenzas remataban en dos mo駉s grandes de tafeta blanca. La cara de Natalia ten韆 el color de las peque馻s rosas usadas en los ramos de novia. Su perfume siempre a limpio y ba馻do era tan delicioso como acercarse a una pradera. Era contagiosa la risa de Natalia y en ese patio lleno de sol hoy parec韆 m醩 alegre.

Cristian, ese muchacho de siete a駉s, todo un hombre, pulcro, delicado, inteligente, valeroso, sabiendo que su estabilidad era poca, jugaba por los bordes del patio. Su caminar era tan dificultoso que, si uno no lo conociera, pensar韆 a cada rato que iba a dar de narices en el suelo, pero no, 閘, ya a los siete a駉s, pod韆 dominar su mundo inestable y trabajoso, tanto, que pod韆 compartir a su manera casi todos los juegos que se desarrollaban en ese campo de batalla.

Segundo grado era un grupo diferente, o eso me parec韆 a m? Aquella tarde, despu閟 del recreo, me dirig韆 al aula del fondo. Los chicos se adelantaron a m?y entraban al sal髇 desordenadamente y con la excitaci髇 que les duraba de los juegos en el recreo.

Para trabajar m醩 c髆odamente, corrimos todas las mesas y nos sentamos todos en el suelo haciendo una ronda. Ten韆mos que hacer lo que m醩 nos gustaba, seguramente eso es lo que no pod韆mos hacer o que nos costaba mucho.

Ezequiel quiso ser cient韋ico, 閘 iba a inventar un remedio que curara la enfermedad de Cristian. Cuando lo escuch? qued?sorprendida. Ezequiel conoc韆 sus limitaciones intelectuales, se las hab韆n hecho notar demasiadas veces y me costaba mucho trabajo que mirara y amara sus pinturas, que eran maravillosas.

Cristian ser韆 jugador de f鷗bol, le encantaba, jugar韆 en la primera de Boca y ten韆 un partido muy importante esa tarde, seg鷑 nos dijo.

Romina ser韆 cantante, para eso se apropi?del peque駉 micr骹ono hecho con un trozo de madera. Ten韆 una voz opaca y desentonada, pero le gustaba much韘imo cantar.

Eva dijo que ser韆 presidente. Ten韆 car醕ter suficiente como para cambiar el mundo, pens? ten韆 alma de l韉er. Era orgullosa de su raza y sent韆 fuertemente las diferencias. No ten韆 en cuenta para nada en sus deseos de d髇de proven韆, su casa hecha de latas y cart髇, en la villa cercana a la escuela, entre el barro y las aguas servidas.

Pablo, 縬u?ser醩 hoy? le pregunt?

Y Pablo, callado, me miraba, como siempre lo hac韆, masticando las palabras para luego escupirlas.

Yo, hoy, soy un hombre grande.

縐n hombre grande? le pregunt?

縔 qu?hace?

―Se enoja con el hijo y le pega siempre.

縔 por qu?quer閟 pegarle al hijo?

Porque no aprende.

縌u? tiene que aprender?

Me mir? se sonri?apenas y, con una gran tristeza y sin palabras, me explic?todas sus ma馻nas. Entonces le dije:

─Bueno, si el hijo aprende, entonces que le pegue.

Se le ilumin?la carita y encontr?la soluci髇 a su problema.

Con todo esto ten韆mos que hacer un trabajo dram醫ico, un juego nada m醩. Nos pondr韆mos cada uno en el papel que nos correspond韆, tomamos diferentes lugares y nos largamos a jugar. Cristian fue a 搒u cancha? improvis?el arco con dos sillas, la pelota era una bolsa con trapos dentro.

Eva dispon韆 su despacho para atender a la gente, seg鷑 dijo. Un pa駏elo le adornaba la cabeza y la hac韆 m醩 imponente. R醦idamente, cada chico tom?lugar en el aula, y agreg?algunos elementos que necesitaba. 揈l investigador? ten韆 un ayudante, era Juan, su gran amigo. Cristian trataba de hacer penales entre las dos sillas, le era dificultoso por el equilibrio, pero pod韆 practicar tranquilo, estaba m醩 seguro. Estaban los utileros que le alcanzaban las cosas que necesitaba, el director t閏nico, y Cristian se sent韆 Maradona.

Ah? en ese espacio, en una parte del mundo, se form? otro mundo, donde todos los deseos se realizaban, o casi todos.

Natalia todav韆 estaba sentada en el piso, como una rosa blanca, la de Marti.

縌u? vas hacer hoy, Natalia? le pregunt? y con su rostro dulce me mir? puso hacia m?esos dos inmensos ojos celestes blanquecinos, y me dijo muy convencida:

Hoy quiero pintar el sol y el 醨bol de las flores perfumadas.

縇a magnolia? le pregunt?

S? me dijo, esa que dicen que es grande y blanca.

Natalia iba a pintar lo que sab韆 que exist韆, lo que sent韆 que exist韆, lo que su cuerpo le respond韆, pero lo que sus dos enormes ojos blanquecinos nunca le hab韆n mostrado.

Y yo, que esperaba que todos los deseos se convirtieran en realidad, no pude prestarle mis ojos: estaban llenos de l醙rimas.

  

  

  

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Beatriz Martinelli (Buenos Aires, Argentina) es profesora de Artes Visuales (especialidades de Grabado y Pintura). Escritora de vocaci髇, ha publicado tres series de cuentos tituladas Cuentos Virtuales, Cuentos con mocos y Cuentos de la Ciudad, que vieron la luz primero en la p醙ina digital 揗undo Latino攜 luego en los peri骴icos 揈l Deportivo?y 揕a Voz del Pueblo?(Atlanta, Georgia, USA, 1998); el libro de poemas Beatriz Martinelli. Sus mejores poemas, (E. S. de Comunicaci髇 Gr醘ica de Chihuahua, M閤ico) y la antolog韆 de poes韆 contempor醤ea Las caras del amor (Versal Ed. Group). En 1998 result?galardonada con un primer premio en poes韆, en Buenos Aires, en la categor韆 Docente.

  

  

GIBRALFARO. Revista de Creaci髇 Literaria y Humanidades. A駉 V. N鷐ero 43. Septiembre 2006. Director: Jos? Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright ?2006 Beatriz Martinelli. Reservados todos los derechos ?2002-2006 EdiJambia & Departamento de Did醕tica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educaci髇. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de M醠aga. 29071 M醠aga (Espa馻).

  

  

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