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N.º 41

JUNIO 2006

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El sobrecito

Livia Díaz 

  

  

E

ste cuento está basado en otro cuento que estaba basado en un cuento. Comienza cuando don Abraham, que lleva casado cuarenta y cinco años con Florencia, encontró un sobrecito azul debajo de la puerta de entrada de su casa. Era domingo y, como todos los domingos, ambos fueron a misa de doce. 

  

     

Era domingo y, como todos los domingos, ambos fueron a misa de doce.

  

La primera vez que lo encontró, pasó de largo y, abrazando a su esposa, entraron a su casa, cerraron la puerta y se ocuparon de sus cosas.

Importante es que el lector sepa que en esa casa, edificada hace unos setenta años, la vista la priva el hermoso jardín que, rodeado de habitaciones, conforma un primoroso conjunto.

El siguiente domingo, al regresar de la misa, encontraron de nuevo debajo de la puerta un pequeño sobre azul. Abraham se inclinó para cogerlo, pero su esposa se le adelantó y, sonriendo, lo destrozó. Aquél suspiró y, resignado ante la muerte de su curiosidad, abrazó a su esposa y entró con ella a la casa, cerrando la puerta.

La semana fue larga. Abraham, intrigado, esperaba impaciente la llegada del siguiente domingo para revisar aquel sobre azul. Su silencio fue prolongado y su abstracción notoria, pero a Florencia no parecía disgustarle demasiado. Con voz pausada y dulce lo llamaba repetidamente hasta que salía de su ostracismo y le hacía caso. Por primera vez en cuarenta y cinco años comenzó a sentirse sola. 

Pasaron los siete días, y, al volver de la misa, encontraron otra vez un sobrecito azul. Florencia se inclinó para tomar el sobre, pero, para su sorpresa, Abraham la empujó tomándolo, y, sonriente por ganarle la mano, levantó el sobre con la diestra mientras cerraba con la izquierda la puerta. Acto seguido, se sentó en una banca del jardín. Florencia lo siguió hasta allí e intentó ver el contenido del sobrecito, pero su esposo se lo impidió una y otra vez, hasta que de plano volvió a empujarla para hacerle comprender que no la quería por ahí cerca. Por segunda vez en cuarenta y cinco años, Florencia se sintió sola. Por primera vez en cuarenta y cinco años, Florencia fue empujada por su esposo dos veces.

El contenido del sobrecito era una pequeña tarjeta en donde, con letras mal logradas a lápiz, decía: «¡CORNUDO GUEY!». Abraham, que en principio no comprendió esas palabras, destrozó tarjeta y sobre y, muy indignado, salió a dar un paseo, que aprovechó para preguntarle a cada persona que pasaba, a sus vecinos, al tendero de la esquina, al vendedor de periódicos y al policía del banco cercano, si habían visto quién depositó ese sobrecito en su puerta. Pero no consiguió ninguna respuesta convincente. «Que sí, pero que no lo recordaban», «que no, pero que se iban a fijar bien».

Molesto, se resignó a volver a su casa, no sin antes comprar una bolsa de pepitas de calabaza, que compartió con Florencia al llegar, sentándose en el jardín como si no pasara nada. Florencia torció la boca, frunció el ceño, quitó su mano de la mano de Abraham cuando se la tomaba, no se dejaba abrazar, pero éste, sumergido en sus pensamientos acerca del sobrecito, su origen y sus palabras escritas, no se dio cuenta. Tampoco se dio cuenta de que Florencia ya no cantaba, ya no hablaba con las plantas ni con sus pájaros enjaulados en ocho celdas de madera que él fabricó.

Tampoco se dio cuenta de que no cenó, ni desayunó, ni de que, cuando estaban acostados, ella suspiraba profundamente y luego entrecortado, como si quisiera llorar, o porque quizá estaba llorando.

Otros sobres pasaron por aquella puerta, todos puntualmente, y todos con aquellas palabras.  Cuando llegó el sobre séptimo, Florencia, decidida a averiguar el contenido de aquel sobre azul, se las ingenió para perdérsele en la misa, al tiempo que se levantaron para comulgar; y, antes de que ésta terminara, regresó a su casa por aquel sobre. Lo tomó, lo guardó en su babero y cerró la puerta.

Dio la vuelta a la manzana para hacer tiempo a que llegara Abraham. Al ir caminando por aquellas calles, tuvo la idea de abrir el sobre, pero se contuvo. «Quizá no es buena idea pensó. Si mi esposo ha podido volverse medio loco con este sobre, lo mejor es no leerlo.» 

Abraham, en tanto, regresó apresurado a la casa buscando el sobre. Al no encontrarlo, y al constatar que no había llegado su  esposa, tuvo un mal pensamiento, y, por primera vez en cuarenta y cinco años, desconfió de Florencia.

Enloquecido, comenzó a revisar cajones de roperos y cómodas, los trasteros de la cocina y cada lugar a donde le parecía que «la infiel» hubiera escondido algún objeto incriminatorio.

Florencia, que seguía en la calle pensativa sin decidir qué hacer con aquel sobre, finalmente lo tiró en un bote de basura de una tienda y volvió a la casa. Al llegar, se dirigió a la cocina encontrando el espectáculo: las tazas tiradas, platos rotos, cajones de mantelería desbordados, cazuelas por todos lados, alimentos fuera de lugar... en fin, un desastre. Suspiró y, con toda normalidad, comenzó a acomodar trastes y mercancías en su lugar.

Él se cruzó en su camino de paso hacia el comedor, adonde iba por unas servilletas. Por toda palabra, se miraron a los ojos con odio, echándose el uno al otro del lugar. Por tercera vez en cuarenta y cinco años, Florencia se sintió sola. Por primera vez en cuarenta y cinco años años, sintió animadversión por su esposo.

Él la miró desafiante pensando no se sabe qué tantas cosas, y le dijo a gritos:

¿Cómo has podido engañarme todos estos años? ¿Por qué?

Ella dijo estas palabras, que quedaron grabadas en su ser y perduran en el tiempo:

Te detesto.

Los esposos no volvieron a hablarse. Abraham siguió absorto en sus pensamientos, esperando el sobre. Ideando la forma de atrapar al autor. Rechazando a su esposa. Haciéndose el digno y orgulloso cada vez que lograba una nueva hazaña para enojarla más, no se dio cuenta cuando ella enfermó, cuando se puso grave, ni cuando murió sola, por cuarta vez en cuarenta y cinco años.

  

  

  

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Livia Díaz (México D.F., México, 1965) es periodista, poeta y promotora de lectura. Desde 1986, cuando es nombrada “comisionada de prensa” en la Federación Estudiantil, se dedica al periodismo como colaboradora, corresponsal y redactora de medios de información escritos en diarios locales, regionales y nacionales en Villahermosa, Ciudad del Carmen, Distrito Federal y Poza Rica. Actualmente, asesora a “Mujeres en Lucha por un México Mejor A.C.” y dirige, con Rosa Hilda Llamas, el programa sabatino de mujeres de “Radio Lobo”. Miembro de la Asociación de Periodistas de Poza Rica, el Movimiento Internacional de Metapoesía, el Centro Internacional de Estudios Metapoéticos y el Movimiento de Omnipoesía, ha sido antologada por Joel Almonó en Voces Metapoéticas y por Orlando Alcántara Fernández en Metapoesía de Mí. Ha obtenido el Primer Lugar en los 44 Juegos Florales de Papantla (Veracruz) y la Mención Honorífica en el Primer Concurso PLEAMAR de Buenos Aires de 2001.

  

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año V. Número 41. Junio 2006. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2006 Livia Díaz. Reservados todos los derechos © 2002-2006 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España).