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N.º 41

JUNIO 2006

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La delantera Harvey, Pasteur y Spallanzani

Juan Carlos Vecchi  

  

«T

odo ser vivo proviene de un huevo» afirmó el médico inglés del siglo XVII, Guillermo Harvey, ante el delirio de plumas en el gallinero ubicado al fondo del auditorium de la Universidad de Oxford, Inglaterra. Lo dijo en latín, la lengua científica de la época, y el cacareo en boga de un buen porcentaje de los gallineros europeos: «Omne vivum ex ovo cocorocó.»

  
     

«Todo ser vivo proviene de un huevo» afirmó el médico inglés del siglo XVII, Guillermo Harvey.

  

En realidad, las gallinas no entendieron que el científico se refería al hecho de que el huevo es una célula, una unidad viviente. Tampoco le dieron tiempo las aves domésticas a Harvey para que éste les aclarara que un huevo frito es exquisito, pero una célula frita, no tanto.

El principio de Harvey, que equivale a decir que todo ser vivo procede de otro ser vivo, se discutió hasta el siglo XIX.  Para entonces, el mundo lo tiene claro: El pollo nace del huevo. Esta popular observación sufrirá, años después (¿después de qué?), un retruco a viva voz, planteado y regado por el francés Pierre Mordeaquí, quien le dice al mundo: «No es el pollo el que nace del huevo. ¡Es el pollito, gallinas y señores!».

Tildado de revolucionario inmaduro, se le condena al destierro en una isla del Mar Egeo, donde, a su arribo, se las ingenia para establecer un pelotero para niños rubios con ojos celestes que no midieran más de un metro con treinta y cinco centímetros. Más que un pelotero, era un cocotero, porque aún no habían aparecido las primeras palmeras de pelotas y aún estamos esperando.

Un rato después, entra a la cancha el investigador italiano Spallanzani, quien le escribe una carta y hasta se la envía al inglés Harvey con la intención de reprobar su pensamiento. Spallanzani ha perfeccionado un experimento del siglo pasado por el cual se creía que los gusanos que se forman en un trozo de carne descompuesta han nacido de manera espontánea de las sustancias minerales resultantes del proceso de putrefacción.

Le escribe Spallanzani en la posdata a Harvey: «Si usted, estimado colega, cree que todo ser vivo proviene de un huevo, os ruego que me agarre el origen de los seres vivos. Muchas gracias».

Al leer la misiva, Harvey también se descompone, pero en su caso, de los nervios. Incluso su reconocida y nunca bendecida caspa obliga al científico inglés a batir un récord mundial: Harvey, valiéndose de la punta de un plumero, se rasca la cabeza con frenesí durante dos semanas sin pausa.

Volviendo a Spallanzani y su generación espontánea, se sabe que tomó dos trozos de carne y los dejó descomponerse. A uno de ellos, cubierto incluso por una póliza de vida que incluía granizos y ventiscas; al otro lo dejó desamparado, sin ningún tipo de cobertura, a la intemperie. Así, Spallanzani observó que el trozo cubierto estaba realmente descompuesto, pero no criaba gusanillos. El otro trozo, el abandonado a suerte y verdad, sí lo hacía y en cantidades industriales. Ironía de la vida: el trozo menos querido le ha correspondido a Spallanzani con infinita generosidad si consideramos que el fin no justifica los medios.

El otro bando aprovecha para hacer un cambio: entra Pasteur y no sale nadie. Pasteur demuestra ante un escribano público que los supuestos gusanos no son otra cosa que larvas que depositan sus huevos en la materia corrompida. Algo así como un depósito de vida básica en una caja de ahorros existencial al 100 % de interés.

A Spallanzani se le cae la cara al suelo y su teoría se entierra junto a ella. Harvey respira hondo y siente que la vida, después de todo, no es tan dura. La punta del plumero, sí. Se ha lastimado toda la cabeza y decide que, en el próximo ataque de caspa, usará como herramienta el mástil de un barquito de papel o el canuto de una pluma de ganso.

Ahora son las five o’clock en el cielo británico, allí siempre las agujas están clavadas en el cinco de la tarde. Harvey sonríe mientras dobla el dedo meñique de su mano derecha. Un ángel, sentado a su lado, acerca una pequeña azucarera de plata a su taza de té que además es de porcelana.

―Dos terrones, por favor ―dice Harvey―. ¿Noticias sobre la llegada del anticaspa que solicité?

...   ...   ...

Lector: Cuentan las crónicas antiguas que Pasteur, habiendo demostrado a todo el mundo que Spallanzani se tendría que haber dedicado a otra cosa, llamó al humillado Harvey y le ofreció la oportunidad de desquite aconsejándole una llamada al científico italiano. Harvey así lo hizo, pero fue atendido por una criada de apellido Molondrini, quien le comunica que el doctor Spallanzani está preso por la denuncia de una molleja anónima. La carátula de dicha denuncia es “malos tratos”. Con Spallanzini preso, Harvey se queda con las ganas, pero no con hambre ya que logra ubicar el paradero de la molleja y se la come por alcahueta a la parrilla. «Goes out with fries frites...», dijo Harvey mirando hacia la mesa número cinco de una cantina londinense.

  

  

  

  

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Juan Carlos Vecchi (Olavarría, Buenos Aires, 1957) es escritor. Actualmente trabaja como asesor técnico literario y corrector de estilos literarios. Dicta talleres de creatividad literaria en varias escuelas y colegios de su ciudad y en La Casa de la Cultura, dependiente de la Secretaría de Cultura local, para la S.A.D.E, filial Olavarría. Ha publicado dos libros: Latidos (1982), de poemas y aforismos, y Diario de a bordo (Ed. Argenta, 1997), narrativa, de tono humorístico con su vertiente absurda. Además, como coautor, ha participado en numerosas antologías de poesía, cuentos y relatos breves. Es autor también de Historias Pigmeas y otras yerbas, Cosas de ángeles y Tarjeta roja para Adán & Eva, narrativa (tono humorístico), aún inéditos. Colabora en diversas revistas digitales.

  

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año V. Número 41. Junio 2006. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2006 Juan Carlos Vecchi. Reservados todos los derechos © 2002-2006 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España).