N.º 40

MAYO 2006

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La despedida

Jéssica Martín Santos

  

E

l ocho de noviembre de hace varios años, no muchos, me fui a dormir, como todas las noches, a eso de las once. Me sentía rara, no era como otras noches, yo estaba inquieta y no podía conciliar el sueño. Al final, conseguí quedarme dormida y, en un momento, empecé a tener un sueño o una pesadilla, no sé cómo lo podría llamar.

Era como si yo hubiese entrado en otro mundo, en el que estaba sola; no había nada ni nadie, sólo una enorme claridad que me impedía abrir bien los ojos. Me sentía agobiada de no ver ni el principio ni el final de ese extraño lugar. Cuando ya llevaba un tiempo caminando sin saber adónde iba a llegar, sentí una presencia detrás de mí. Sin que me diese tiempo a mirar para ver lo que era, algo me hizo que empezara a correr. Yo corría sin parar, tanto que las piernas me pesaban, pero el miedo me impedía que parase y que  mirase hacia atrás, aunque sabía que lo que me perseguía quería algo de mí y eso mismo me aterrorizaba. Cuando ya estaba tan cansada que las piernas me pesaban como plomos, tuve la necesidad de mirar hacia atrás, pero, en el mismo instante en que lo iba a hacer, desperté.

Estaba sudando, las piernas me dolían como si de verdad hubiese estado corriendo, mi corazón palpitaba rápidamente, me faltaba la respiración y sentía cómo el pánico inundaba todo mi cuerpo aun despierta. Intenté sobreponerme y, por unos instantes, me paré a pensar en qué podía significar ese sueño que tan mal cuerpo me había dejado. Pero no podía. Era tal mi angustia, que el resto de la noche la pasé despierta, temiendo que revivir de nuevo la experiencia. Sin embargo, me quedé con las ganas de haber mirado hacia atrás para saber qué era lo que me perseguía y qué quería de mí.

Cuando llegó la hora de levantarme para ir al instituto, mi madre abrió la puerta y se sorprendió al verme despierta. Yo le expliqué que había pasado una mala noche a causa de una pesadilla.

Como todas las mañanas, me arreglé y salí pronto para pasar por casa de mi amiga e ir juntas y, de paso, aclarar unos asuntos que había sido motivo de discusión entre ambas el día anterior.

Llamé al timbre que había adosado a la puerta de su casa y nadie parecía atender mi llamada, daba la impresión de que no había nadie en esos momentos. Me pareció raro, pero no le di demasiada importancia, así que continué mi camino hacia el instituto.

Al llegar a clase, tampoco la vi allí, eso me pereció aún más extraño, pero no dejé que su ausencia me preocupara y me distrajera de las explicaciones que la profesora ya había iniciado. Tocó la sirena y, de improviso, irrumpieron en el aula un profesor, acompañado del director. Llamaron nuestra atención. Tenían que comunicarnos una desagradable noticia: Alicia, mi amiga, había sufrido el día anterior un fatal accidente de moto y había muerto. El más absoluto de los silencios se adueñó de la clase.

Yo no me lo podía creer. Quería llorar, pero no podía soltar ni una lágrima. Pasaron unos minutos, que me parecieron eternos, y, seguidamente me desvanecí. En mi cara se había quedado congelada una mueca de pánico como esa noche al despertar de la pesadilla. Me vi de nuevo corriendo, pero esta vez no tuve miedo y conseguí girar la cabeza para ver quién me perseguía. Miré y era ella, mi amiga, que había muerto a causa de una accidente: quería aclarar nuestro malentendido y despedirse de mí.

  

  

  

  

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Jéssica Martín Santos (Málaga, 1982) es diplomada en Maestro en Audición y Lenguaje por la Universidad de Málaga, en cuya Facultad de Ciencias de la Educación ha realizado los estudios.

  

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año V. Número 40. Mayo 2006. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2006 Jéssica Martín Santos. Reservados todos los derechos © 2002-2006 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España).