N.º 40

MAYO 2006

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Una historia de Grafton

Isabel Herrero Herrero 

  

É

rase una vez un joven pintor que se llamaba David, cuyos profundos ojos verdes reflejaban toda la rebeldía que yacía en su interior. Rebeldía que tantas veces le inspiraba a pintar cuadros con una gran intensidad de colores y una fuerza en su expresión que no dejaba indiferente a ninguno.

El joven era de una pequeña ciudad del centro de Estados Unidos, donde había estudiado Bellas Artes y había realizado varias exposiciones.

Este año había recibido una beca para mejorar sus cualidades en Grafton, un pueblo universitario a las afueras de Londres, y no pensaba desaprovechar esa oportunidad.

Su familia no disponía de muchos recursos. Su padre trabajaba como operario en una fábrica de coches y su madre era peluquera.

David era el mayor de tres hermanos y todos estaban muy orgullosos de que un miembro de la familia tuviese talento para el arte y fuese conocido en la ciudad, aunque a veces no entendían cuando éste de repente quería estar sólo y se iba a pasear o a pensar a su habitación. Él decía que era su modo de encontrar inspiración para pintar, para “expresarse pintando”, y los demás le dejaban en su soledad y achacaban esos momentos a su personalidad artística.

Pero ahora todo era diferente en Grafton. Vivía lejos de su familia, en el campus universitario, con un compañero de piso francés que estudiaba lo mismo que él.

A David le encantaba este pueblo. Apreciaba la paz que encontraba allí cuando se iba a pasear solo por el campo cruzando los canales, viendo las barcas que remaban los propios universitarios que las alquilaban, el olor a humedad de la campiña inglesa... Y, luego, las cafeterías, con su ambiente intelectual, llenas de jóvenes que acababan de salir de clase, las calles empedradas por donde circulaban estudiantes en sus bicicletas con sus libros...

David adoraba aquella atmósfera de juventud en busca de libertad. Esas ganas de aprender, de compartir experiencias, de conversar sobre el mundo, la política, la poesía, los planes de futuro...

Todo era maravilloso para el joven. Encontraba allí la libertad que necesitaba para inspirarse en su soledad, sin tener que enfadarse con sus hermanos para que le dejasen solo, de cuyos enfados parecía que se le iban a salir de las órbitas sus inmensos ojos verdes, como esa campiña inglesa que a él tanto le gustaba contemplar.

Además, ahora se podía dejar su barba de tres días y el pelo un poco largo, ya que en casa su padre le echaba una reprimenda a la hora de cenar cada vez que descuidaba un poco su apariencia, diciéndole que parecía un mendigo con aquellos pelos.

Sí, todo era perfecto ahora en Grafton, y no hacía más que empezar.

El frío comenzaba a ser cada vez más arduo aquel mes de octubre y los estudiantes solían irse a cafeterías cercanas de la Facultad al salir de clase.

Un día, de camino a una de estas cafeterías, David se quedó observando a un grupo de jóvenes que estaban hablando a la salida de la Facultad de Psicología. Entre ellos había una chica que le hizo detenerse. Tenía algo especial, le parecía increíblemente atractiva y dulce, y no paraba de hablar y hablar sin darse cuenta de que él la observaba a lo lejos.

Poco a poco, David se fue acercando y, al estar a unos pasos de ella, oyó de repente su propio nombre: «David». Era Finch, un compañero de clase que estaba en ese grupo.

¿Qué haces? dijo.

Nada, estoy... estaba yendo a la cafetería ésta de aquí...

Bueno, David es un compañero mío de clase dijo Finch al grupo―. Ellos son unos amigos de la Facultad de Psicología añadió, y procedió a presentarle a cada uno de ellos.

David no escuchaba ningún nombre, sólo quería oír el nombre de ella.

Emilie dijo Finch cuando, por fin, los ojos de David se cruzaron con los de ella.

Hola.

Hola.

Y se estrecharon la mano.

David, enseguida, miró al suelo, por su inmensa timidez, mientras ella le preguntaba.

Así que estudias con Finch Arte...

¿Cómo...? Sí, sí.

«¡Qué voz más dulce!», pensaba el joven, a quien le empezaban a sudar las manos del propio nerviosismo.

Pero... no eres inglés, tu acento...

No, soy americano...

Entonces llegó un chico y saludó a la joven.

Hola, ¿cómo estás? Vaya clase más larga... dijo.

contestó Emilie―, y encima hay que entregar trabajo el jueves... Mira él es David, de Bellas Artes, él es Mike, un compañero de clase.

Hola.

Hola. Bueno me voy a casa dijo el joven mientras se alejaba.

Todos los del grupo decidieron ir juntos a la misma cafetería mientras Finch comenzó a hablar a David sobre asignaturas y clases y profesores de su propia Facultad.

Después estuvieron todos jugando al billar, y David no fue capaz de dirigir la palabra a esa chica que le impresionaba tanto, y tampoco se le dieron demasiado bien las partidas de billar.

Tiene que ser fantástico poder hacer algo artístico dijo la joven acercándose a David―. Tener esa facilidad para hacerlo... Te tienes que sentir muy bien cuando acabas una obra que has hecho tú.

Sí, es fantástico dijo el pintor, ya más tranquilo, ante la profunda reflexión de la joven. Es un modo de expresar lo que sientes prosiguió―. De repente, algo te inspira y se crea como una energía en tu interior que tienes que canalizar. Yo lo hago pintando... ¿Sabes? Para ser pintor tienes que ser un poco psicólogo también, porque así encuentras la inspiración, observando a la gente, cómo actúa... es una gran fuente de inspiración.

Te entiendo. Sin embargo, nosotros, los futuros psicólogos, no tenemos la posibilidad de dejar nada por lo que poder ser recordados... Sólo escuchar a la gente y ayudarles en lo que podemos.

Es una gran labor...

Sí... supongo que sí sonrió Emilie.

Y tú, ¿eres de Londres? preguntó él.

No, soy de Arlington, una pequeña ciudad al Sur de Inglaterra.

Bueno, somos chicos de pequeñas ciudades... dijo David.

Sí.

La conversación se prolongó un rato más yendo por temas como la ciudad de él, la de ella y Grafton.

Al final, alguien del grupo sugirió que era buena hora para irse a casa y todos se levantaron.

Bueno, ya nos veremos dijo Emilie.

Sí, ya nos veremos dijo David con una sonrisa de complicidad.

«Por supuesto que nos veremos», pensaba David volviendo a casa.

Era la chica más bella que había visto en su vida. Había algo especial en ella. Deseaba pintarla, así, tal cual, con sus vaqueros gastados, sus zapatillas, su jersey y su melena rubia. Quería recoger su estilo, su gracia, lo bien que le quedaba la ropa...

Al día siguiente, en clase estuvo muy concentrado en las lecciones. Sin duda, esa chica le inspiraba y esperaba verla al salir.

Así fue. En cuanto acabó la clase, se dirigió hacia la Facultad de Psicología y allí estaba ella en la puerta, hablando con una compañera.

Él la observaba, le encantaba hacerlo.

De repente, ella le vio a lo lejos y David alzó la mano a modo de saludo. Ella hizo lo mismo.

«Debo acercarme», pensaba David. «Bueno, tranquilo, sonríe, tranquilo», se decía mientras caminaba hacia ella.

Hola, ¿qué tal?

Bien, un poco cansada de la clase de hoy...

Bueno, te dejo dijo la otra chica.

Vale, mañana te veo respondió Emilie con una sonrisa.

¿Te apetece tomar algo? preguntó David.

Sí, vale. ¿Qué tal tu clase de hoy? preguntó Emilie.

Bien, la verdad es que el profesor que me da la última clase es buenísimo.

Entraron en una pequeña cafetería cercana y pidieron una Coca.

Estarían hablando y hablando durante horas. Era curioso lo cómodos que se sentían el uno con el otro y la cantidad de temas de los que podían hablar.

Para David, ella era fantástica, tenía tantas inquietudes... Le hablaba de casos concretos de personas que habían superado ciertos miedos que ella había estudiado y comportamientos de las personas en ciertas situaciones...

A ella le interesaba especialmente el modo como se comportaban los niños en el colegio, cómo desarrollar sus destrezas, hacerles mejorar...

Él, mientras, le hablaba de toda la libertad que le proporcionaba pintar, su manera de expresar un modo muy intenso de sentir.

Después, David acompañó a Emilie a su residencia, y, en la puerta, ante la gran timidez de ambos, la besó en los labios. Sabía que recordaría ese beso toda su vida.

Los siguientes días y meses pasaron del mismo modo. David y Emilie se citaban después de clase y se iban a pasear, a tomar una Coca...

Los fines de semana salían con amigos a pubs cercanos o se iban a discotecas de Londres.

Todo era perfecto para David en Grafton, era como si todo el tiempo vivido antes hubiese estado buscando esa vida, ese pueblo, esa gente...

Su progresión en las clases era muy buena y uno de los profesores le dijo que pronto podría exponer si continuaba trabajando de ese modo. Era sorprendente lo rápido que se había adaptado a la vida de Grafton.

Un día, navegando en una góndola junto a Emilie por uno de esos canales del pueblo, comenzó a contarle todo lo que sentía.

¿Sabes que el cielo a veces tiene el color de tus ojos? dijo David.

¿Ah sí?

Sí. Pero sólo a veces. Al alba, en esas mañanas despejadas, muy pronto, cuando nace el día.

¡Qué bonito! Gracias.

Es maravilloso ver nacer algo prosiguió. Y tus ojos poseen ese azul del alba. Y cada vez que se fijan en mí, me dan vida, hacen nacer en mí un montón de sentimientos: ternura, complicidad, curiosidad por saber todo de ti, querer dártelo todo, toda mi vida, quererte mía... Y tú, a cambio, me regalas el alba de cada día cuando me miras.

Muchas gracias. Te quiero. Eres el chico más maravilloso del mundo.

Te quiero.

¿Cuándo nos casamos? bromeó Emilie.

Yo me casé contigo el día en que te conocí.

Gracias, amor. Yo también.

David continuaba remando.

¿Sabes? Hoy he estado hablando con mi madre sobre las Navidades dijo Emilie.

Irás a casa.

Sí, en un par de semanas. Estaré allí semana y media. Te voy a echar de menos.

Yo también. Yo me quedaré aquí. Los vuelos a mi casa son muy caros y estas Navidades las pasaremos un poco en la distancia.

¡Qué pena! Echarás de menos a tu familia...

Sí, sobre todo a mi madre, siempre desviviéndose por los demás.

Hoy he hablado a mi madre de ti.

¿Y qué le has dicho?

Que eres un pintor americano con mucha sensibilidad y una gran proyección profesional. Y que siempre llevas unos pantalones gastados.

¿Y qué más?

Que me adoras.

Ahá...

Aquella tarde pasó para David como una de las más felices de su vida.

Sabía que durante los siguientes días se verían mucho menos. David tenía que entregar un trabajo en clase dos días antes de que Emilie se fuese a ver a su familia. Así que hablaban por teléfono y se veían un rato de vez en cuando.

Un día por la tarde, David llamó a Emilie por teléfono desde su habitación, pero nadie contestaba.

Más tarde volvió a llamar, y luego, otra vez, y luego, otra y otra, y nadie respondía al otro lado de la línea.

El deseo de hablar con ella se había convertido ya en una necesidad, casi en una obsesión. David no se podía concentrar en lo que estaba haciendo y se fue a la residencia de Emilie. Tampoco contestaba nadie en su habitación.

Ante los golpes que éste daba en la puerta, habían salido varias compañeras de Emilie para ver qué pasaba. Él les preguntó por ella y ninguna la había visto en toda la tarde.

A David se le soltaban las lágrimas de la rabia, la impotencia. Se quedó sentado en el portal, llorando, esperándola.

Una hora más tarde, aparecería Emilie, tranquila. Parecía venir de dar un paseo.

―¿Dónde has estado? ―preguntó David exaltado.

―Hola. He estado dando un paseo por ahí.

―¿Dando un paseo? Llevo toda la tarde llamándote... Ya no sabía qué hacer.

―Lo siento. Quería desconectar de todo. Ahora estoy más tranquila...

―¿Por qué?

―No sé... Me he sentido agobiada de repente con nuestra relación, ahora he ido a ver a mis padres.

―¿No quieres estar un rato conmigo?

―Sí... Pero a veces necesito mi espacio. Yo soy así...

―¿Tú eres así? Lo he pasado fatal, ¿sabes? No sabía dónde estabas y necesitaba verte. Estaba muy preocupado.

―Lo siento. No sé qué decirte.

―Que no volverás a hacerlo. Dime que no volverás a hacerlo.

―No te puedo decir eso. No lo sé. No sé si volveré a hacer o no, porque a veces necesito mi espacio...

―Vale. De acuerdo. Me voy a ir a casa y ya está. Pero ¿sabes? No he podido hacer casi nada esta tarde.

―Lo siento. La próxima vez que haga algo así te lo digo.

―De acuerdo.

―Te quiero.

―Y yo también te quiero ―respondió David.

Así se cerró el día. David se fue a su habitación a continuar un poco más con su trabajo y decidió no darle demasiada importancia al tema.

El día de la entrega del trabajo llegó y los dos disfrutaron juntos otra vez de su tiempo libre durante un par de días, hasta que Emilie partió para visitar a su familia.

De repente, David se encontraba en su soledad esos días de Navidad. Era como si el tiempo se hubiese parado para él. Paseaba cerca de los canales. Pensaba en su familia, en todo el tiempo que había pasado desde que llegó a Grafton. Pintaba. Pensaba en lo feliz que le hacía pintar, ese modo de expresar todo lo que sentía. Nada le hacía tan feliz como eso: pintar. Crear le hacía volar con la imaginación, poder sentir la vida tan intensa como quería. Siempre fue ése su recurso para disfrutar de la vida, ser feliz cuando otras cosas a su alrededor iban mal. Su refugio. Además, pintando, podía recorrer con su pincel cada forma, cada ángulo que veía en la lejanía, y nada le hacía tan libre como eso.

Pensaba también mucho en Emilie. Ella inspiraba su tiempo. Nunca había sentido eso por otra chica, de un modo tan intenso. Las relaciones que había tenido antes con chicas en su ciudad habían sido cortas; él tenía un carácter muy fuerte y, cuando algo le dolía de la chica con quien salía, en ese momento dejaba la relación, aunque más adelante tuviese sus dudas sobre si había sido demasiado drástico.

Con Emilie era distinto. Él había madurado y ella era especial. Recordaba aquella tarde en que la estuvo llamando tantas veces y ella no daba señales de vida. Aún sentía opresión en el pecho recordándolo. Pero la perdonaba sin duda, porque la adoraba y llegaba a entender incluso esa actitud de necesitar soledad. Tenía tantos bellos recuerdos de ella... Era maravillosa a sus ojos.

  

Y cada vez que se fijan en mí, me dan vida, hacen nacer en mí un montón de sentimientos: ternura, complicidad, curiosidad por saber todo de ti, querer dártelo todo, toda mi vida, quererte mía... Y tú, a cambio, me regalas el alba de cada día cuando me miras.

  

Pasaron la Navidades y, por fin, volvió Emilie. Todo volvía a ser perfecto. Continuaban las clases, las citas con su “rubia favorita” (como solía llamarla), las salidas con amigos...

Un día, David pintó a Emilie sentada junto a un árbol donde solían pasar horas y horas hablando. Sabía que pronto expondría y quería un cuadro así en su colección. La pintó como a él le gustaba verla: con sus vaqueros muy gastados y un jersey azul oscuro. Ella debía ponerse y quitarse la cazadora cada poco para protegerse del frío que hacía,  porque él quería pintarla sin ella.

En pocos días, el cuadro estaba terminado y él se sentía tremendamente orgulloso de sí mismo. Había expresado tantas cosas que le gustaban de ella... Hizo lo que tanto le gustaba hacer, adorarla observándola vestida de un modo discreto y poco bohemia incluso, en su soledad, pequeña y a la vez distante y lejana, sumida en sus pensamientos.

Pasaron los días y llegó la gran fecha. Los cuadros de David serían expuestos en una pequeña galería de Londres. El joven se había despertado ese día con una sonrisa. Tenía muchas expectativas respecto a lo que pasaría esa noche. Iba viendo su creatividad y su trabajo reconocidos.

Su compañero de piso ya se había ido a clase y le había dejado una nota en la que le deseaba suerte para la noche y le decía que luego se verían en la exposición.

Por la mañana, sus padres le llamaron para desearle suerte y decirle que estaban muy orgullosos de él.

Después se fue a pasear solo, junto a los canales, tratando de relajarse y mantener la cabeza en su sitio.

Estaba como en una nube y no quería sentirse así. Él quería mantenerse en calma para enterarse de todo, para sentirlo todo.

Después se fue a comer con Emilie y otros compañeros en un descanso que éstos tenían entre clase y clase.

Tras pasear otro rato solo, se preparó para el gran momento. Emilie y otros amigos cercanos fueron a buscarle y se fueron todos juntos a la inauguración.

Al abrir la puerta de la galería, allí estaba la dueña de ésta, que le recibió con una amplia sonrisa y le presentó a varias personas con las que estaba hablando. Eran críticos de arte, periodistas...

Uno de ellos le preguntó cuándo pintó su primer cuadro.

Bueno, lo primero que pinté fue sobre un papel normal y corriente. Tenía siete años explicó David.

¿Y qué fue?

Era la fábrica de mi padre, con un montón de tachones. Lo hice porque odiaba esa fábrica, porque me robaba a mi padre... Yo quería pasar más tiempo con él y él tenía que trabajar allí muchas horas. Entonces, un día que estábamos jugando y pasándolo bien, tuvo que irse a trabajar. Yo, al rato, fui a la fábrica y me puse a tirarle piedras al edificio. Un señor me vio, me cogió de las orejas y me llevó a casa. Una vez allí, esa noche, cogí un papel y me puse a pintar para sacar toda esa rabia contenida.

¡Qué historia más bonita! dijo el periodista.

No me lo habías contado nunca dijo Emilie―. Es muy tierno.

David sonrió.

Al rato, llegó su profesor, el que había hecho posible la exposición.

¿Cómo estás David? ¿Nervioso?

Sí. Estoy muy contento, pero estos sitios con tanta gente me agobian un poco... Estoy acostumbrado a estar en círculos de pocas personas…

Te entiendo.

La exposición parecía un éxito, la gente estaba muy interesada en comprar sus cuadros, de los que David ya conservaba una copia de cada uno. Mientras, Emilie hablaba con los amigos con los que había ido y más gente. David se acercó y se unió a la conversación.

En un momento, David la abrazó y besó en la sien.

¡Ay!, quita dijo Emilie.

David se quedó sin habla, no esperaba esa respuesta, mientras los demás continuaban la conversación.

¿Por qué has hecho eso? preguntó David en bajo.

Si estamos con más gente, comportémonos como los demás.

No he hecho nada raro.

Es incómodo.

¿Ah sí?

No te lo tomes a mal, no es para tanto.

Vale, vamos a olvidarlo.

La velada continuaba con música jazz de fondo.

―Mañana me van a hacer una entrevista a última hora de la tarde dijo David a Emilie―. ¿Quedamos antes para tomar algo?

Mañana por la tarde tenía pensado irme a Londres sola a comprar unos libros y de tiendas... ¿Quedamos después de la entrevista?

Tú vas a tu aire... dijo David, enfadado.

Ya hemos hablado antes de esto. Necesito mi espacio. Me gusta estar sola a veces.

Tú no me quieres como yo te quiero a ti.

¿Pero qué dices? No tiene nada que ver con eso.

Últimamente casi no me dices que me quieres.

Te quiero. Te quiero. Pero yo no suelo decir eso a todas horas.

Pues quizás yo necesito oírlo.

¿Cuántas veces al día? Yo te puedo decir: ”esto es blanco”, una, dos o tres veces, pero       no lo voy a decir cien veces al día. Necesito mi espacio, nada más. Pero te quiero igual.

No lo creo y yo lo paso muy mal por “tu espacio”.

Pues eso no lo voy a cambiar.

Muy bien dijo David. Y se alejó.

El joven cogió su cazadora, se despidió de varias personas y se fue de allí.

  

Al lado, en el canal, pasaban góndolas remadas por universitarios entre risas y voces. Y ellos parecían invisibles.

  

Pasaron días sin saber nada el uno del otro.

David estaba destrozado. La echaba mucho de menos, pero no podía soportar la situación que tenía con ella. Si salía con ella necesitaba estar más tiempo con ella. Y ahora no podía llamarla, por orgullo.

Emilie lo estaba pasando muy mal también. Le quería como no había querido antes a otro chico. Pero nadie le podía quitar esos ratos sola, su espacio. Ni siquiera él. «Yo soy así», pensaba.

A David, la tristeza por la falta de Emilie era mayor que la alegría por los reconocimientos que estaba recibiendo por su obra.

Uno de esos días de soledad en su habitación, le apeteció de repente ver las copias de los cuadros de esa exposición. «Son buenos», pensaba David mientras los pasaba rápidamente, hasta que llegó al que pintó de Emilie y se detuvo en él. «Era tan bella...», pensaba.

Observándolo, de repente comprendió que él la había pintado en su soledad, porque eso le gustaba de ella. Precisamente eso de lo que él tanto se quejaba y que hizo romper la relación.

A él le gustaba así en realidad, con su propia independencia que le hacía interesante. No podía cambiarle eso. «Ella era así», decía David en alto, recordando lo que ella tanto repetía. Era parte de su personalidad. Probablemente, no sería tan interesante a sus ojos si no fuera así. Ya no quería cambiarle eso, porque la quería como era, tal cual.

Empezó a recordar toda su historia con ella desde el momento en que la conoció, la primera vez que la vio, cuando apretó su mano al saludarla por primera vez. Cuando se acercó un compañero de ella de clase y ella se lo presentó diciendo: «Mira, él es David, de Bellas Artes. Era la primera vez que le oyó decir su nombre... Y luego, todas las conversaciones que tuvo con ella. Sí, esa necesidad de su espacio cuadraba con su personalidad. No podía cambiárselo y él la quería así. Además, la entendía, porque a él le ocurría lo mismo muchas veces.

Quería verla, hablar con ella, pero no se sentía con el coraje suficiente para llamarla. Así que cogió la llave de casa y se fue a pasear hasta el árbol donde la pintó. Yendo para allá, David pensaba lo curiosa que es la vida a veces. Conoces a alguien, te gusta, y entonces sólo quieres conocerle más y más, sin darte cuenta de que, cuanto más le conozcas, más cosas vas a conocer de la personalidad de esa persona, que inevitablemente te hagan daño, pero la cuestión es que, a pesar de eso, quieras a esa persona como es.

Al llegar al árbol, allí estaba ella, sentada, mirando al canal.

Hola dijo David.

Hola dijo ella, sorprendida.

Quería decirte que lo siento, que te entiendo, te echo de menos y no quiero cambiarte en nada...

Chuusss...

Emilie se alzó y le tapó los labios con el dedo.

No digas nada susurró sutilmente al oído. Lo sé.

Y le besó fundiéndose con él en un abrazo, junto al árbol.

Ambos se comprendían mejor que nunca. Habían tenido tiempo para ponerse el uno en la situación del otro, y las palabras sobraban en ese momento.

Al lado, en el canal, pasaban góndolas remadas por universitarios entre risas y voces. Y ellos parecían invisibles.

  

  

  

  

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Isabel Herrero Herrero (Valladolid, España) es licenciada en Administración y Dirección de Empresas. Consumada viajera, ha vivido largas temporadas en países como Italia, Irlanda o Inglaterra. Colabora en diversas organizaciones políticas y culturales, y ha trabajado como instructora de tenis, broker o traductora, aunque la única tarea que mantiene con regularidad es la de escribir cuentos y poesía. Próximamente aparecerá publicado su primer libro de poemas.

  

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año V. Número 40.Mayo 2006. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2006 Isabel Herrero Herrero. Reservados todos los derechos © 2002-2006 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España).

  

  

  

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