N.º 35

DICIEMBRE 2005

3

  

  
  

Victoria final

Ignacio Burgaleta Vicente 

 

  

S

i por la más remota casualidad de la vida llegara a tener la inmensa suerte que tú posees, puedes jurar que la amaría con la mayor fuerza jamás existente. La abrazaría y acariciaría tras besarla con el más efusivo fervor.

Jamás la habrán tratado de igual manera, pues nunca habrá sentido tal magnitud de pasión dirigida hacia la que hasta entonces fue su propia persona, y digo hasta entonces porque fue en ese escaso y diminuto espacio de tiempo cuando realmente comenzó a vivir una nueva vida, una vida sentida bajo el influjo de su amor, mi amor. Ese que, sin buscarlo ni esperarlo, le llegó como a aquel que le llega una estrella mientras observa el resplandor de la menguante luna; como a aquel que le llega la chispa para poder encender la llama de su interior y ese que llega como a aquel que, sin pretenderlo, genera una soberbia influencia  sobre el que carece de la más mínima personalidad.

La trataría de la más dulce manera y con la sencillez de conocer la más absoluta complejidad de su corazón, llevándola a lugares insospechados en los que el edén de la felicidad acaba perdiéndose entre los bosques de cariño, amor y afecto mutuos de los dos. De esta forma, crearía para ella lo que, a mi modo de ver la ideología de la vida, es mi paraíso, su paraíso, nuestro paraíso.

  
     

¡Qué dulce y bonito se vería ella y yo sintiendo, viviendo y disfrutando una vida creada única y exclusivamente para el disfrute de los dos...! Yo, disfrutando de su compañía, y ella, envuelta en la mía. Los dos hechos uno. Uno solo hecho de dos.

  

¡Qué dulce y bonito se vería ella y yo sintiendo, viviendo y disfrutando una vida creada única y exclusivamente para el disfrute de los dos...! Yo, disfrutando de su compañía, y ella, envuelta en la mía. Los dos hechos uno. Uno solo hecho de dos. Una fusión  constante y verdadera en la que ambos nos daríamos todo cuanto estuviera a nuestro alcance para el goce y disfrute de la obra expuesta en el escenario de nuestros sentimientos, pensamientos e ignorancias. Ignorancias de conocimiento mutuo, de esperanzas entre ambos e ideologías futuras que viviríamos los dos en un tiempo no muy lejano, esperado y deseado por mí y, por qué no decirlo, tal vez por ella. Pero no sabiendo que soy yo quien le complementa, sino sintiendo esa intriga irrefutable hacia alguien que naturalmente no conoce pero que, afortunada o desafortunadamente, arde en deseos de conocer. Conocer y amar hasta dejar su corazón seco de pasión, sin sangre que bombear, ya que toda ella la derramó anteriormente por el que creía que era su amor.

¡Eso deseo!, ser capaz de hacer renacer ese corazoncito muerto de fatiga para que comience a bombear de nuevo toda esa lujuria y desenfreno que no expulsó con anterioridad. Pero eso sí, siendo yo ahora quien tenga la oportunidad de saborear todo lo que, en su momento, degustó otro en mi lugar. Y sobretodo, ser capaz de que amanezca tras una noche de lindos sueños y lo primero que se le venga a la mente sea mi propia persona y todo el amor que emana por mí.

Sin embargo, pueden llamarme ególatra por esto, pero duermo con la tranquilidad de saber que sólo lo harían todos aquellos ignorantes que desconocen mis sentimientos por ella. Sentimientos que hacen que todo lo que pueda desear de ella lo haya pasado yo con anterioridad, habiendo comprobado lo feliz y realizado que se siente uno cuando lo que siente es tan puro y real como la vida misma. Una vida que, sin su compañía, no tiene ni pies ni cabeza; una vida incoherente con mis sentimientos; y una vida en constante e íntima relación con esa escalofriante y tan odiada soledad.

¡Ay, amiga soledad...!, tan presente y continua acechando como un buitre que presiente la muerte ajena. Desgracia que te quita seguridad y te da temor, que te roba júbilo y te regala temor, que te arranca vida y te impone muerte... ¿Por qué así, de esa manera y con tanta ira? ¿Por qué nos odias con tanta fuerza y maldad? O es que acaso te persigue tu propia sombra y vienes a refugiarte en nuestra compañía... esa que nos incita a estar solos, solos contigo, soledad.

Pero ahora no me preocupo por ti, pues, aunque duerma contigo, confío y espero que sea ella, tu mayor rival, quien venga a mí para comenzar una nueva vida llena de todo aquello que tú ansías tener e intentas robar, pero que, afortunadamente para mí, no conseguirás quitarme nunca; eso que no lograrás arrebatarnos jamás, nuestro amor. Ese que combatirá y luchará diaria y constantemente para que sigamos uno al lado del otro, uno en el otro, formando una unión imposible de romper, invencible para ti. Lo siento, soledad, pero es ahora cuando me compadezco de ti al conocer la dura y difícil vida que llevas.

Grábatelo bien: nunca más volverás a tenerme, pues mi alma tiene un nuevo y único dueño, ella.

  

  

  

  

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Ignacio Burgaleta Vicente (San Cristóbal de la Laguna, Santa Cruz de Tenerife, 1982) cursó los estudios primarios en Málaga y el Bachillerato Tecnológico en el I.E.S. Mare Nostrum, también en Málaga. En el momento de la entrega de este relato para su publicación, cursa 1.º de Maestro en Audición y Lenguaje en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga. Curso académico 2001-2002.

  

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año IV. Número 35. Diciembre 2005. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2005 Ignacio Burgaleta Vicente. Reservados todos los derechos © 2002-2005 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España). Cualquier reproducción total o parcial debe contar con la autorización expresa del editor o de los autores.

  

  

  

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