N.º 35

DICIEMBRE 2005

1

  

  
  

El vuelo de la avioneta

Antonia de J. Corrales  

  

  

«Muéstrame la eternidad y te mostraré el recuerdo.»

EMILY DICKINSON

  

  

C

uando llegué al lugar del accidente, la policía tenía acordonada la zona. Los restos del aeroplano estaban esparcidos en un radio de varios metros.

—¿Dónde está? Dígame donde está —exigí angustiado.

—Será mejor que se aleje. ¿Es usted familiar? —preguntó uno de los agentes de la policía local sujetando mi antebrazo y separándome del cordón policial.

—Soy su amigo. No tiene familia.

—Bien. En ese caso, no puede acercarse. Acompáñeme...

Aquel accidente fue considerado por todos como la hazaña de un viejo loco que, de haber sucedido a otra hora, habría tenido consecuencias aún más graves. Sin embargo, para mí era un suceso que rozaba lo novelesco y que necesitaba, llevado por los acontecimientos pasados, aclarar.

El viejo marinero me dijo, un día antes de producirse, el lugar y la hora exacta del accidente. Pero esto, aun siendo relevante y curioso, no era lo que en realidad reconcomía mi raciocinio, sino el hecho probado de que él no sabía ni podía pilotar, y que aquella antigualla llevaba demasiados años expuesta en el hangar. Por ello, dos días después del accidente, volví a la playa. Deseaba encontrar algo que evidenciara una explicación lógica, racional, de lo sucedido. Anduve durante horas. Recorrí, sin éxito, palmo a palmo el lugar donde cayó la avioneta. Entrado el atardecer, me tumbé boca abajo y dejé que el agua de las olas mojara mi ropa, recordando cómo el viejo decía dejarse abrazar por el mar. Fue entonces cuando en la arena vi un trozo del fuselaje. Me incorporé y, antes de recogerlo, tomé la cámara y cambié el objetivo. Fueron doce las fotografías que le hice al trozo de metal, de las cuales, sólo salió una. En ella  se veían los ojos de una mujer dibujados sobre un fondo rojo, el resto del carrete estaba velado. Pensé que eran los de Adriana. Así la llamaba el viejo, aunque su verdadero nombre era otro, aquel con el que fue enterrada.

  

Tres días antes del accidente

—¿Qué anda buscando? Aquí no hay nada de interés, a no ser que sea usted periodista de la prensa del corazón  —dijo el viejo sentándose a mi lado.

—¡Qué va! —contesté casi en una carcajada—. Busco una buena puesta de sol. Un puñadito de este sitio que me quepa en el bolsillo. Estoy de vacaciones —contesté mirando los pies descalzos del viejo, sus largas uñas me hicieron reír  sin ningún tipo de recato.

—Imagino que, como todos, se ríe de mis uñas. Verá jovencito, no tengo a nadie para que me las corte. Hace demasiado tiempo que se fue. Nunca supe cortarme las uñas solo. ¡Es de estúpidos! Pensará que es de tontos y que soy un cochino, pero no es así, no es lo que parece. Llevo años intentando aprender y, cada vez que me pongo, cometo un desaguisado. He decidido que moriré con estas garras de marinero solitario. Tendrán que hacerme la caja más grande. Ya ve la de estragos que hace la soledad. Y usted, ¿tiene a alguien?

—¿Para cortarme las uñas? —pregunté contrariado.

—No me refiero a eso. Quiero decir que si está solo. Tengo mojama. ¡Tome! Verá qué bien sabe mezclada con la humedad del viento marino. El sabor de las cosas depende del lugar donde se coman y de con quien se compartan. ¡Tome! —insistió rozándome los labios—. ¿Ve aquella pequeña casa? —dijo señalando la bahía—. Aquella que está decaída, inclinada, es la mía. Si alguna vez tiene tiempo venga a verme. Nos haremos compañía.

Yo no hablaba, intentaba, quería no tener que probar aquel pedazo de pescado cuyo añejo olor cabalgaba por mis intestinos antes de haber rozado mi paladar, produciendo en ellos un peristaltismo que me hizo encoger, pero el viejo me miraba fijamente.

—¡Qué! Huele bien. Ella me enseñó a prepararlo. Era un alma perfecta. Le gustaba escribir. Escribir y volar. ¿Le estoy aburriendo? Si le aburre mi conversación, no tiene más que decirlo y callaré. Sé guardar silencio.

—No. No se preocupe. Estoy acostumbrado a escuchar a los demás. Soy psicoanalista. Me gano la vida escuchando.

—Es curioso que le paguen por escuchar. Yo no tengo nada con lo que pagarle. Será mejor que deje de molestarle con mis viejas historias.

—¡Por Dios! No he querido decir que me molesta y, mucho menos, insinuar que debe pagarme —exclamé, al tiempo que, con disimulo, metía la mojama dentro de la funda de la máquina de fotos y movía los maxilares imitando la masticación.

—Yo sólo puedo pagarle con mis oídos. ¿Por qué no me cuenta algo de usted? Así estaríamos en paz.

—Creo que mi vida no tiene nada de peculiar, menos de interesante. Quizá mi gusto por lo antiguo. Y dígame, ¿quién es ella?

—Se  llamaba como usted, Adriana. Ella fue quien me dijo que le encontraría aquí, en la playa.

—Creo que se equivoca, no me llamo Adrián —contesté sonriendo.

—¿Está usted seguro de ello?

—Por supuesto. Me llamo Fernando.

—Quizá me haya vuelto a equivocar. El año pasado me sucedió lo mismo. De todas formas algún día él vendrá.

—No entiendo —dije intrigado, al tiempo que pensaba que aquel viejo marinero estaba perturbado—. ¿Quién tiene que venir? ¿Dónde está ella?

—Adriana murió hace años.

—Entonces, ¿a quién espera? —pregunté convencido del estado senil del anciano.

—A usted, yo creía que era usted, huele como ella, a hierba fresca recién cortada. Es como juntar el mar y la montaña, el mismo olor a vida —sonreí—. Piensa que estoy loco. Todos lo creen. ¡Qué más da! Es posible que estén en lo cierto. Su amor me enloqueció. Nos enloqueció a los dos. Pero estar loco es hermoso, sólo los locos podemos ver más allá de este mundo. ¿Querría acompañarme a casa?

—Sólo si me cuenta algo más sobre Adriana.

—¡Por supuesto! Será un placer.

Caminamos por la playa hasta llegar a la bahía. Frente al desvencijado caserón, el viejo, Raúl, sacó una llave de ojo ancho del bolsillo y deslizó su mano izquierda por la superficie del portón buscando con las yemas de sus dedos la hendidura donde introdujo la tija. En aquel momento fue cuando percibí su ceguera. Antes de abrir la puerta se giró y dijo:

—Bien Fernando, aquí tiene su casa. Venga a verme, estaré poco tiempo en la bahía. Me gustaría conocerle un poco mejor. ¿Querrá venir? Aun sabiendo que no puedo pagar sus servicios y que estoy un poco perdido, ¿vendrá a verme?

—Lo intentaré. ¡Hasta  pronto! —contesté sonriendo.

—¡Fernando!

—Sí —respondí dándome la vuelta.

—Le importaría devolverme la mojama que metió en la funda de su máquina. Verá, no está bien tirar la comida. Me servirá de cena. No tengo muchos posibles.

Contrariado, metí la mano en la funda y le devolví la maloliente tajada. Avergonzado por no haber manifestado mi poco gusto por el pescado a la salazón, le pedí disculpas:

—Lo siento. Creo que he actuado como un chiquillo. Lo cierto es que no soy amante de ningún tipo de pescado o carne que previamente haya sido puesto a salar. Puedo invitarle a cenar. ¿Quiere usted venir conmigo? Podría explicarme cómo ha sabido que metí la mojama en la funda. Estaba seguro de que no me había visto.

—No le vi. Como ya sabrá, soy ciego. Le agradezco su amabilidad, pero prefiero posponer la invitación. Si tiene deseos de volver a hablar conmigo, venga a verme. Le estaré esperando.  Me gusta su olor a hierba fresca. ¡Buenas noches, Fernando! ¿Está seguro de que se llama así? —dijo sonriente llevándose el pedazo de mojama a los labios.

—¡Por supuesto! —contesté.

—Extraño, con ese olor debería llamarse Adrián —concluyó entrando en la casa.

  

Hacía varios años que viajaba por las playas del Mediterráneo. Cada verano me establecía en una zona costera diferente. Éste era el último pueblo del litoral  que me quedaba por visitar, y aquél, el penúltimo día de estancia. Debía volver a Madrid, pero la historia del viejo hizo que pospusiera mi regreso, ya que el objetivo prioritario de mis viajes, desde hacía tres años, era encontrar una avioneta roja. Tras despedir al viejo pensé que tal vez fuese aquella en la que Adriana volaba. Aquello no dejaba de ser una intuición que no quise compartir con Raúl intentando no alterar, aún más de lo que ya estaba, su estado de demencia. Pero no era sólo la posibilidad de haber encontrado, al fin, aquella avioneta lo que hizo que retrasara mi vuelta, más bien fue la manifestación que el viejo marinero hizo sobre mi olor, aquel olor a hierba recién cortada que desde hacía un tiempo me perseguía sin saber a qué era debido. Ambas cosas fueron las que me llevaron a posponer mi regreso y volver a la casa del ciego.

  

    

Sobre una mesa apolillada estaba la fotografía de la avioneta que yo le había regalado.

  

Esa misma mañana, con un puñado de churros unidos por un junco y la mejor de mis expresiones, llamé al portón. Desayunamos en el mismo lugar de nuestro  primer encuentro. Allí, frente al mar, me contó cómo la conoció, cómo la voz de ella fue introduciéndose poco a poco en su corazón. Adriana estaba casada. Era demasiado hermosa para ser la amante de un pobre pescador. Un ciego incapaz de cortarse las uñas. Adriana le enseñaba a escribir y leer en braille. En realidad, así de sencillos e inocentes fueron los comienzos. Pero Raúl se enamoró y ella dejó que su cuerpo sintiese algo que, hasta entonces, no conocía. De las palabras pasaron al roce superfluo y contenido de las manos, a la caricia dulce y sensual de sus labios, al deseo de ambos vientres por fundirse uno con el otro. Adriana quedó preñada, nueve meses más tarde murió. Tenía veintisiete años. El viejo treinta y dos.

—Siempre fui un lobo solitario. Ella, en principio, sólo quería compañía,  pero como usted la otra tarde, sin saberlo me buscaba y yo la necesitaba, también sin saberlo. El destino está en nuestra puerta, cerca de nosotros, rozándonos la frente, pero no lo sabemos hasta que nos topamos con él de golpe. Me enseñó todo lo que sé. Incluso a recorrer la playa. Hizo que me sintiera  importante. Cuando él se enteró, le quitó la avioneta y la llevó a la zona vieja del hangar. Adriana era como un pájaro, necesitaba volar. Eso a él no le importaba, porque lo único que quería era apartarla de mí. Pasados los tres primeros días de ausencia, di por hecho que no volvería a verla. Cogí la barca y me eché a la mar. Deseaba perderme, pero oí el ruido de los motores y su voz, aquella maravillosa voz que me llamaba desde el cielo. Una vez más volvimos a volar. Aquel fue nuestro último viaje. Ese día me dijo que esperaba un hijo, nuestro hijo. Nos hicimos una foto en el aeródromo. Después de aquello, no volvió. El marido vino una semana más tarde, dijo que Adriana había decidido no volver a verme. Si yo intentaba verla, me denunciaría por no dejarla en paz. Nunca más volví a escuchar el vuelo de la avioneta. No la busqué, no dije nada a nadie de lo nuestro, ella me lo había pedido. Me pidió que por el bien de nuestro hijo guardara silencio. Fui un cobarde, lo sé, pero yo era un pobre ciego. Un loco al que nadie escuchaba. En el pueblo me conocían por el pobre infeliz que recibía los favores culturales de una señora de bien. Siempre inspiré compasión. Únicamente compasión.

—¿Sabe usted el color que tenía la avioneta? —le pregunté.

—Es roja. Está en el aeródromo, aparcada en la entrada. Cuando ella murió, el marido la donó al Ayuntamiento, y  éste la dejó en su lugar de origen, el hangar, donde siempre estuvo. Un gitano vino a verme meses después de su muerte. Dijo que ella, antes de morir de tuberculosis, le pidió que me dijera que nuestro hijo había muerto en el parto, pero que yo no debería saberlo  hasta que  ella y su marido hubieran fallecido. Adriana tenía miedo, su marido podía hacerme daño y por ello le dijo al gitano que guardara silencio hasta entonces. El gitano así lo hizo. Y yo he guardado silencio hasta hoy. Ella había muerto. Nada podía hacer. Nadie, excepto usted, sabe lo acontecido. Hace unos tres años volví a verla, era una noche como la de ayer, llena de luz. Tal vez sólo fue un sueño, pero eso es lo de menos, lo importante es que volví a estar con ella y me dijo que usted vendría. Desde entonces, conmemoro la fecha de su muerte sentándome en el viejo cacharro. Es como si volviera a estar junto a mí. Si quiere ir a echarle una mirada, le llevaré. Jacinto, uno de los empleados de mantenimiento, es amigo. No tendrá reparo en que usted comparta conmigo mis recuerdos.

—¿Podríamos ir ahora?

—¡Por supuesto! Veo que comienza a sentir curiosidad. ¿No estará ocultándome algo? —preguntó esbozando una sonrisa cargada de ironía.

—Todos ocultamos algo, ¿no cree?

—Cierto, pero sepa que yo no puedo verle porque mi ceguera me lo impide, pero sí puedo sentir sus emociones. Ahora está usted demasiado nervioso.

Conduje hasta llegar al aeródromo. Una vez en las instalaciones, el viejo me llevó hasta Jacinto que efusivamente se abrazó al pescador.

—Estaba esperándote, rozamos el día. Nunca faltas a la cita. Tengo tu vehículo preparado. ¿Quién es el joven? —preguntó mirándome.

—Un nuevo amigo. Le encontré en la playa, tomando fotos del cielo. Se llama Fernando.

—Encantado —dijo tendiéndome la mano.

—Lo mismo —contesté.

Anduvimos unos cuantos metros hasta llegar al edificio donde estaba aparcada la avioneta, frente a la entrada de pasajeros.

—Bien, ya pueden subirse. Es toda suya. No tema —dijo dirigiéndose a mí—. Creo que no puede volar. Como podrá comprobar, es una reliquia. El viejo tiene sus recuerdos prendidos en el interior del cacharro.

Saqué de mi cartera la fotografía, aquella que encontré en un asiento del tren de cercanías en mi localidad natal. Desde su hallazgo, sentía un extraño deseo por buscar la avioneta roja que aparecía en ella. Por fin la había encontrado, estaba frente a mí. No podía creer lo que estaba viendo. Intenté ocultar mi excitación y subí con el viejo al aparato.

—Si le digo que tengo una fotografía de esta avioneta, ¿me creería? —le pregunté temeroso.

—Claro. Es la que huele a hierba recién cortada. Aquella que nos hicimos juntos, de la que le he hablado. Déjeme que la vea, déjemela.

Le acerqué la fotografía y él acarició el papel.

—Ve, estaba embarazada. Yo tenía mi mano sobre su vientre. ¡Cuánto la echo de menos!

En la foto no había ninguna persona, ni en el exterior del aparato ni en el interior. No quise decirle al viejo que ni él ni Adriana aparecían en la fotografía. Lo cierto era que yo estaba, al igual que él, un poco perdido.

—¿Podría hacerme un favor? —preguntó en una súplica.

—¡Por supuesto!

—Podría regalármela.

—Es suya —dije sonriendo, al tiempo que pensaba que aquella foto, por alguna extraña razón, me había llevado hasta él.

Desde que entregué la fotografía a Raúl, mi desasosiego desapareció. Por ello, pensé que todo formaba parte del destino, la casualidad, o quién sabe si del último deseo de aquella mujer que el viejo llamaba Adriana.

Un día antes del accidente, el viejo me dijo:

—Marcho mañana. Adriana vendrá a buscarme. Al fin él podrá volver con nosotros. Ya no me queda más por hacer aquí que darle las gracias. La avioneta caerá sobre la playa a las cuatro de la madrugada. No se vaya sin llevarse nuestra foto. Siempre le ha pertenecido. La verdad no puede ser escondida y usted es el único que puede darle luz.

Aquella fue la última vez que le vi con vida.

  

Después del accidente y de revelar aquella foto donde se veían los ojos de una mujer, me dirigí a la casa del viejo. Sobre una mesa apolillada estaba la fotografía de la avioneta que yo le había regalado. En ella se podía ver, con una nitidez escalofriante, al ciego acariciando el vientre de la mujer. Los ojos de Adriana eran los mismos que salieron en la foto de aquel pedazo de fuselaje rojo, tal como yo había supuesto. Tardé un tiempo en reponerme de aquella historia. Un día, cuando ya creía haber superado aquella extraña experiencia, deambulando por uno de tantos desembalajes que se hacen en Madrid, compré un diario. Las  tapas  eran de plata. Sus hojas estaban escritas en braille y olía a hierba fresca. Después de lo vivido, no sabía si aquel olor era una simple coincidencia, o más bien el producto de la impresión que me causó la muerte del viejo, junto con la aparición de él y Adriana en aquella foto; por ello, decidí comprobar si aquella vivencia me había perturbado y llevé el valioso objeto a traducir.

Una vez leídas las últimas páginas de aquel cuaderno en el que alguien había  escrito gran parte de su vida, supe a quién pertenecía. Su nombre era  Adriana.

  

»Miércoles, diez de agosto de 1949

»Raúl, sé que él desea que nuestro hijo muera. Lo veo en sus ojos. Es su manera de mirarme, tiene una frialdad que no había visto antes. No puedo entender cómo ha podido llegar a ser tan inhumano. No entiende nuestro amor. Pescador... ¡te quiero! Estoy encerrada en el sótano. No me dejará salir hasta que nuestro hijo nazca, dice que es el hijo de la vergüenza. Aquí, todos saben que nuestro matrimonio es estéril; por eso, tiene miedo de lo que puedan pensar los demás. Cuando nuestro hijo nazca, todos supondrán que no es suyo. No he ido a verte porque enfermé dos días después del último vuelo. No me encuentro muy bien, se lo he dicho, pero no quiere llamar a un médico, dice que él sabe todo lo necesario. Nadie de la casa puede bajar. Asegura que tengo tuberculosis y que es una enfermedad demasiado contagiosa. Lo cierto es que la tos no me abandona, sobre todo por las noches. Llevo así varios días. Tengo miedo, mucho miedo. Raúl, no quiero que nuestro hijo muera. Temo no volver a verte. Escribo por las noches, cuando está dormido.

  

»Lunes, veinte de marzo de 1950

»Ayer nació nuestro pequeño. Me dijo que estaba muerto. No quiero pensar que lo ha matado. ¡No! No podría perdonármelo. Le oí llorar, aún tengo su llanto clavado en mi alma. Le pregunté cuándo había muerto. Me dijo que antes de nacer, pero yo le oí llorar. Dice que estoy loca, que imagino cosas, que la fiebre me perturba. Creo que ha perdido la razón. Le ha enterrado en el jardín, ni siquiera le dio cristiana sepultura. Debí quedarme contigo. Me dejé llevar por el miedo. Dijo que si le dejaba, nos mataría a los dos, sentí pánico, después enfermé. Dice que Dios me ha castigado por  adultera.

   
  

    

Un día, cuando ya creía haber superado aquella extraña experiencia, deambulando por uno de tantos desembalajes que se hacen en Madrid, compré un diario.

  

Son ya muchos los meses que llevo recluida. La tos cada día es más fuerte, apenas duermo. No quiere darme nada, ni siquiera algo que calme estos espasmos que me dejan sin fuerza. Si no consigo salir de aquí, moriré. Antes de que muera, quiero que sepas que mi verdadero nombre es Alma. Te dije que me llamaba Adriana porque así quise llamarme. Ya ves, mi vida siempre ha sido un deseo sin cumplir. Soñé que nuestro bebé era una niña. Lo soñé antes de quedarme encinta, pensé ponerle de nombre Adriana, ¿recuerdas? Tú dijiste que sería un niño y que se llamaría Adrián. No quiso decirme el sexo del bebé.

  

»Jueves, 23 de marzo de 1950

»Quiero que rompas tu silencio. Sé que voy a morir y antes de irme quiero verte. Ayer noche vi al gitano, el que me vendía los cascabeles, esos que tanto te gustan. Estaba husmeando en las cocheras. Lo único que hago con fuerza es toser, así que tosí fuerte, tanto que creí perder la conciencia. La tos le llevó hasta la pequeña ventana, la única que hay aquí, apenas me cabe la mano en ella. Esta noche le daré este diario. Ha prometido hacértelo llegar. También te mando nuestra fotografía, ¿recuerdas? Nos la hicimos a bordo de la avioneta. Dentro del sobre que contiene la foto está mi medalla de oro, quiero que te la pongas. Al gitano le daré cien duros. Le pareció poco por lo arriesgado de tener que volver, pero, tras explicarle que estaba recluida por mi enfermedad y que no tenía más, accedió. Me dio su palabra. Dijo que te haría llegar todo. Quiero que lleves el diario a las autoridades. Diles que yo te lo he dado y que vengan a comprobar el estado en el que me hallo. Aún sigo sin entender cómo he cogido esta tuberculosis. Tu amada Adriana.

  

Después de leer aquellos textos, llegué a la conclusión de que Raúl nunca tuvo conocimiento de lo sucedido. Aquel gitano, aprovechando la enfermedad de Adriana, ya en estado terminal, se quedó con la medalla de oro, con el valioso diario encuadernado en plata y con la foto.

Conociendo el valor actual de aquel objeto, deduje que el gitano, en aquellos tiempos, al igual que el marchante que me lo había vendido, también le sacó un buen precio al lote.

Tras la muerte de Adriana, el gitano, quién sabe si llevado por el remordimiento o por la búsqueda de una recompensa del pobre pescador, fue a cumplir, en parte, su promesa. Le dio al ciego un mensaje tardío, adulterado y falto de lo más importante; la llamada de auxilio de Adriana. Todos habían muerto. Nadie conocía la existencia de aquel encuentro; el calé nada tenía que perder. Raúl sólo tuvo conocimiento de la muerte de su hijo y del fallecimiento de Alma semanas más tarde. Llevado por la desazón que me produjo lo acontecido, quise cumplir parte del deseo de Adriana: que su  amor por Raúl, la muerte del hijo de ambos y su reclusión se diese a conocer.

Después de entregar el manuscrito a las autoridades, tardé varios meses en conseguir una orden judicial para  proceder a la excavación en los jardines de la finca, que en la actualidad formaban parte del patrimonio municipal. De aquella mansión sólo quedaba en pie la fuente que coronó el centro de lo que fue la parte trasera del jardín. Allí, junto a su pilar, donde el olor a hierba recién cortada era tan fuerte que se hacía insoportable, estaba enterrado el pequeño cuerpo del hijo del viejo pescador y de su amante Alma, Adriana.

Tres horas después de ser encontrado, el juez ordenó el levantamiento de los restos, que, según se hizo constar en el sumario dos meses más tarde, pertenecían a un recién nacido, de sexo hembra. Nada podía hacerse. Sólo me restaba pedirle a Dios por su eterno descanso. La tristeza me embargó. Lleno de rabia y de impotencia, miré el hueco donde habían permanecido aquellos restos. Cuando me disponía a marchar, el ruido del motor de una aeronave me hizo levantar la cabeza; entonces vi cómo una avioneta roja sobrevolaba en circulo el cielo del jardín. En ella iban tres personas, una mujer, un hombre viejo y un bebé. Saqué la cámara y enfoqué el objetivo, el flash se disparó.

—¿No será usted periodista? —preguntó uno de los miembros de la policía científica.

—¡Qué va! Ando buscando un trocito de cielo que me quepa en el bolsillo. Allá, donde vivo, no puedo ver estos cielos. Tampoco el vuelo de las avionetas. Quiero decir que  las avionetas no se ven con tanta regularidad.

—¿Qué avioneta? —preguntó el policía mirando con extrañeza hacia arriba.

  

  

  

  

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Antonia de J. Corrales Fernández (Madrid), administrativa de profesión, comenzó a escribir en 1989 como colaboradora en una revista profesional con artículos y viñetas humorísticas. En 2000 inicia su labor colabora en la sección de opinión del periódico comarcal ‘El telégrafo’. Ha sido galardonada con el primer premio del ‘Concurso de cuentos Ciudad de Marbella’ Internacional (2001) y ha resultado finalista en varias convocatorias como el VII Certamen Internacional ‘Santoña... La Mar’ de narrativa corta (2002), IV Certamen Internacional de Relato Hiperbreve ‘Acumán’ (2003), Certamen Internacional de narrativa corta ‘Las quinientas’, Colombia (2004), Certamen Internacional de narrativa breve ‘Don Manuel Alonso’, Moralzarzal, Madrid, entre otras. En 2003, su relato Las lágrimas del mar es seleccionado en el I Certamen Internacional de relato breve convocado por ‘La lectora impaciente’ y publicado en la antología del certamen. Autora de tres novelas, dos intimistas y una de suspense, ha publicado recientemente Epitafio de un asesino (Editorial Titania, Barcelona, 2005), su última novela, que se inscribe en la línea más genuina del género de intriga.

  

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año IV. Número 35. Diciembre 2005. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2005 Antonia de J. Corrales Fernández. Reservados todos los derechos © 2002-2005 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España).

  

  

  

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