N.º 34

NOVIEMBRE 2005

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Luna de Miel

Carolina Fernández Pérez  

  

E

staban muy contentos. Cumplían veinticinco años de casados, las llamadas Bodas de Plata, y, puesto que habían celebrado una segunda boda, les correspondía vivir una segunda Luna de Miel. La idea la tuvieron sus hijos, quienes incluso les habían pagado el viaje a Hawai.

Las largas horas pasadas en avión fueron la parte más pesarosa del viaje, porque, en cuanto llegaron a la isla y contemplaron las maravillosas playas hawaianas, se olvidaron de todo. Era realmente un espectáculo digno de contemplar: playas de fina y blanca arena, majestuosos cocoteros, palmeras inclinándose bajo el calor del mediodía, proporcionando a quienes se cobijan bajo su sombra un gran alivio del ardiente sol tropical.

Soledad y Salvador dejaron su equipaje en el hotel y salieron a recorrer la isla, ataviados con trajes de hilo blanco y sombreros de paja, para estar más frescos; del cuello de Soledad pendía un hermosísimo y florido collar, confeccionado por las nativas de la isla; ellas mismas fueron las encargadas de obsequiarle con tan bella ornamenta nada más bajar del avión. “¡Aloha!”, gritaban las muchachas, haciéndose oír por encima del estruendo del aeropuerto. Según tenía entendido Soledad, “aloha” significa tanto “hola” como “adiós”.

Salvador y Soledad pasearon por las calles de la isla, admirándose a cada paso que daban por todo aquello que les llamaba la atención: el barrio inglés, con sus arrogantes casas coloniales de paredes blanqueadas de cal;  las casi primitivas chozas de los nativos, toscas construcciones de madera y hojas de palma, impregnadas de exotismo; el barrio de los pescadores, con sus típicas y simples embarcaciones, sus tabernuchas, los aparejos desperdigados por los suelos, su picante olor a salitre marino… incluso el sector más urbanizado de la isla tenía su atractivo: tiendas de souvenirs para comprarles regalos a familia y amigos, restaurantes de comida regional, locales de espectáculos con actuaciones de los hawaianos…

La feliz pareja almorzó en uno de aquellos restaurantes típicos de la isla y pasó el resto de la tarde en la playa. Ninguno de los dos había visto antes el mar. Siendo como eran de un pueblecito manchego, el único contacto que habían tenido con el mar había sido a través de la televisión. La primera Luna de Miel la habían vivido en Madrid, porque su ajustado presupuesto no daba para mucho más, y la curiosidad de ver el mar no había sido tanta como la de criar a sus cuatro hijos, quienes ahora les devolvían una parte de aquella dedicación regalándoles la posibilidad de ver el mayor océano del mundo, el turbulento Pacífico, con sus playas de ensueño y sus aguas cristalinas.

Bajo la sombra de una enorme palmera, Soledad y Salvador contemplaron la puesta de sol, deleitándose con la visión de los cálidos y vivos colores del cielo encendido que poco a poco se iba apagando, oscureciéndose por fin y dejando que la luna menguante se recortara vivamente sobre el firmamento. Mientras el cielo iba salpicándose de brillantes estrellas tropicales, en la playa aparecían poco a poco las hogueras de los hawaianos, que comenzaban a preparar su bailes al son de los tambores.

Soledad y Salvador se acercaron a uno de los grupos y contemplaron absortos las danzas ancestrales que ejecutaban los jóvenes nativos. Toda la isla era un hervidero de hawaianos y extranjeros disfrutando de las fiestas en la playa, en los locales y en las calles, gente alegre y despreocupada que olvidaba por una noche sus pesares para divertirse jovialmente.

Pero, en algún lugar de la isla, un grupo de científicos se echaba las manos a la cabeza y corría a dar cuanto antes la voz de alarma. No había tiempo que perder, y menos aún con la isla en plena temporada vacacional, con tantas vidas que dependían de la rapidez y efectividad con que actuaran ellos. Lo primero, hacer sonar las sirenas de emergencia. Lo segundo… salvarse.

Un sonido ensordecedor interrumpió bailes y cantos en toda la isla. Los turistas, asombrados, miraron estupefactos los rostros aterrorizados de los hawaianos. ¡Las sirenas estaban sonando! De repente, los hawaianos echaron a correr despavoridos. Muchos turistas les siguieron, la mayoría, pero otros se quedaron clavados en la arena, incapaces de dar crédito a lo que estaban viendo sus ojos.

Salvador fue uno de aquellos turistas que vio retroceder al mar. Su mujer estaba a su lado, maravillada, contemplando también el insólito espectáculo. Era como cuando baja la marea, pero sucedía muchísimo más rápido. La arena mojada destellaba a la luz de las hogueras, y un escalofrío recorrió simultáneamente las espaldas de Soledad y Salvador. Fue aquello lo que les hizo dar media vuelta y correr tierra adentro, siguiendo los pasos de los demás, y viendo por primera vez los carteles indicadores del camino a seguir en caso de emergencia. Corrieron durante lo que parecían kilómetros, y finalmente llegaron a un lugar seguro desde donde lo vieron todo.

Una ola gigantesca avanzaba impunemente en dirección a la isla. Era una visión dantesca, increíble, desproporcionada. El rugido del mar acercándose vertiginosamente a Hawai taladraba el oído y dañaba el corazón, especialmente al oír los crujidos de los primeros edificios que el mar devoró; la ola avanzó cientos de metros tierra adentro, destrozándolo todo a su paso, incluido el hotel donde Salvador y Soledad se alojaban. Tras unos minutos de furiosa invasión, el mar se fue apaciguando, hasta que por fin comenzó a retroceder lentamente. El tsunami se iba. “Aloha”, dijo Soledad.

A la mañana siguiente, Salvador y Soledad cambiaron sus billetes en el aeropuerto, cosa que hicieron casi todos los turistas, y regresaron a un alojamiento provisional en espera de abandonar la isla unas horas más tarde. Habían perdido todo su equipaje, pero al menos conservaban la vida. Porque, después de aquella experiencia, nada les parecía tan preciado como la propia vida.

Al subir al avión a última hora de la tarde, ambos sintieron que sus vacaciones no habían sido como esperaban, pero no querían guardar un mal recuerdo de ellas, pues, gracias a  aquellas vacaciones, habían aprendido una importante lección: el ser humano  no es el dueño y señor de la naturaleza, sino un animalito más a merced de los cuatro elementos que imperan sobre todas las criaturas: tierra, aire, fuego y… agua.

  

  

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Carolina Fernández Pérez (Málaga, 1983) es diplomada en Maestro en Educación Primaria por la Universidad de Málaga. Aunque aficionada a las prácticas deportivas, confiesa pasar sus mejores momentos escribiendo y, sobre todo, leyendo, en cuyo particular firmamento, Bécquer, Lorca, Machado, Verne, Stephen King, García Márquez e Isabel Allende son estrellas cuyo fulgor la tienen magnetizada. Es colaboradora distinguida de nuestra revista, en cuya sección de “Narrativa Breve”aparece con asiduidad, con una prosa madura, impecable y moderna que cautiva el interés del lector desde la primera línea.

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año IV. Número 34. Noviembre 2005. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2005 Carolina Fernández Pérez. Reservados todos los derechos © 2002-2005 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España). Prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización expresa del editor o de los autores.

  

  

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