N.º 34

NOVIEMBRE 2005

2

  

  
  

Purgatorio

Camila Méndez Burgos  

  

N

o había túneles. No había jardines. No había nada. Tampoco se sentía esa paz especial que se cree acompañar a quienes fallecen y ni siquiera se escuchaban esas voces celestiales que pensó lo trasladarían al estado de los muertos. Miguel no fue a ninguna parte.

  
      

Exento de agonías porque sus sentimientos de pertenencia se habían desvanecido y ya no extrañaba a sus padres, ni sentía nostalgia por dejar la vida o miedo por presentir lo que le sucedería.

  

Sostenido en la penumbra, lejos de la Tierra y de la vida, llegó, sin visiones ni preludios sublimes, a ese momento. El cáncer lo trajo. Luego de años de padecimientos, quimioterapias y dolores irremediables, la muerte era su única esperanza, aunque no tuvo que esperar demasiado para entender que no lo era.

Se sentía liviano y enrarecido, con el cuerpo transparente y deshecho, que revelaba brillos efímeros, mientras iba formando, a través de su movimiento, un vaho grasoso que lo perseguía con las huellas de su paso transitorio. Llegó a pensar que iba a entrar al túnel. Que muy pronto lo vería. Seguro que era eso. Ese instante, sin caminos ni encierros. Así debía ser. Todo negro. Menos él y la luz resplandeciente que se asomaría, para recordarle que iba a estar salvado, que encontraría el cielo, con ángeles gigantes y la paz eterna sería suficiente para explicar el origen del hombre. Ya no indagaría sobre nada, si los precipicios se extinguían.

No ocurrió. Miguel se iba, impulsado por una corriente triste, a un lugar impensable en las cabezas de los creyentes que rezaban abajo por él. No era el paraíso. Ni tampoco el infierno. Era quietud y mortificación.

Irritado por la sospecha, se preguntaba dónde quedaron todas las cosas que siempre esperó por ver: la mano divina que lo llamaría, su castigo, su arrepentimiento, su recuento de una vida inmoral y pecadora, o dónde estaría su descanso, su espíritu libre y sin vestidos. ¿Todas esas historias eran falsas?

―Abuela, ¿no vas a aparecer para guiarme? ―dijo temblando por escuchar sólo su voz interna.

En medio del desespero, alcanzó a llorar. Pidió perdón y rogó por que la incertidumbre terminara.

Después se bloqueó y dejó de pensar. Siguió volando solo, taciturno y arrastrado por el silencio. Exento de agonías porque sus sentimientos de pertenencia se habían desvanecido y ya no extrañaba a sus padres, ni sentía nostalgia por dejar la vida o miedo por presentir lo que le sucedería. Estaba claro que no iría a ninguna parte, que no habría rastro de su existencia y que, como todos los que habían muerto, sería arrojado lejos de lo que fue, al final de un universo sin bordes, donde las almas desaparecen.

  

  

_______________

Camila Méndez Burgos (Montería, Córdoba, Colombia, 1979) está graduada en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad Sergio Arboleda. Desde comienzos del 2002 ejerce como corresponsal de temas diversos (inmigración, comunidad, cine, arte y cultura, entre otros) en diversas revistas y colabora en varios diarios y revistas. Actualmente escribe para las revistas ‘Libros & Letras’, en la que forma parte también de la agencia de noticias culturales que diariamente maneja información literaria. Coordina y dirige la página web ‘Revista Literaria Azul’ (www.revistaazul.tk). Ha escrito cuentos y poemas, muchos de los cuales ha publicado ya nuestra revista.

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año IV. Número 34. Noviembre 2005. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2005 Camila Méndez Burgos. Reservados todos los derechos © 2002-2005 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España). Prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización expresa del editor o de los autores.

  

  

    Nedstat Basic - Web site estadísticas gratuito
El contador para sitios web particulares