N.º 33

OCTUBRE 2005

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Recuerdo a una abuela

Ana Beatriz Ariza Núñez* 

 

  

M

ariquita ‘la de Nieves’ había nacido en Torrox a principios del siglo pasado y era la única niña de una familia en la que sus tres hermanos y su hermana mayor la adoraban. Y, aunque se casó joven y derrochaba ilusión, según contaba a veces a los más allegados, pronto dejó de ser feliz en su matrimonio, amparándose en su madre, en Nieves, mientras le vivió. Y en sus hijos, años después. Era como si intentara llenar, con el cariño de todos ellos un hueco que le resultaba demasiado grande.

Mariquita era una gran conversadora y, en cuanto podía, “pegaba la hebra”. Por ello le encantaba la tienda, su tienda, la tienda que antes había sido de su madre, donde se movía como pez en el agua y donde tenía para toda la clientela, con independencia de edad, sexo y condición, más que la palabra justa, el párrafo justo, pues poseía una rara habilidad para convertir los diálogos en larguísimos monólogos que parecían no tener fin. La gente que habitualmente iba a comprar a la tienda había llegado a conocerla tan bien que, el día que sólo le salían monosílabos de su boca, le preguntaban qué era lo que le dolía. Y no es que Mariquita fuese una mujer triste, sino que tal vez la sabia naturaleza le había impuesto como contrapartida al mucho hablar, el que nunca cantase ni se riese a carcajadas.

La cara de Mariquita parecía haber atrapado de forma permanente y definitiva la juventud, pues corrían los años, y las arrugas pasaban de largo, sin detenerse en un rostro siempre terso, fresco, siempre resistente a los arañazos del tiempo.

Ella tenía una forma muy peculiar de ingerir las comidas caldosas: tras colocar el plato sobre la palma de su mano izquierda, que ahuecaba a la vez que arqueaba los cinco dedos para aprisionarlo dulcemente, lo levantaba a la altura de la barbilla, como si intentase disminuir el recorrido que debía efectuar la cuchara desde el recipiente  a la boca. Aunque quizá lo más singular de este asunto, lo que más extrañeza causaba a propios y extraños, era que esta rara peculiaridad la hubiese heredado algunos de sus antecesores.

  

      

Mariquita con su segundo hijo, Antonio, en la playa de “El Faro”, situada en Torrox Costa (Málaga).

  

Mariquita era enormemente trabajadora y no paraba ni un momento, yendo siempre de aquí para allá. Aunque, posiblemente, fuera así no por gusto, sino casi por fuerza. Porque ¿qué otra forma podía haber de sacar adelante con sólo dos manos, la tienda, un par de hermanos solteros, un marido, cuatro pequeños y una madre ciega? Por ello no era de extrañar que, cuando empezaba a oscurecer y casi antes de que llegara la noche, estuviese tan rendida que se quedaba dormida en cuanto se sentaba. Pero Mariquita era tan discreta, tan incapaz de ofender a nadie que, aunque estuviese dormitando, ponía la cara de tal forma que parecía que estaba pendiente de todos, que estaba atenta de lo que le decían, de unas palabras que no escuchaba, ya porque el sueño la había transportado a otro mundo maravilloso en el que, seguramente, sólo habría ventura y dicha sin fin, algo por lo que siempre había estado suspirando.

Todo el mundo decía en el pueblo que Mariquita era una buena persona, condición que, al parecer, había heredado de su madre. Y la gente, sobre todo la gente humilde del pueblo, pensaba de esta manera, hacía estos comentarios, porque Mariquita era una mujer sencilla que irradiaba bondad y que repartía el bien silenciosamente, como si no quisiera llamar la atención, casi haciendo realidad, día a día, la sentencia evangélica de que su mano derecha no supiese lo que daba la izquierda.

Nieves, la madre de Mariquita, debía de haber sido una real hembra en su juventud, pues, ya entrada en años, aún tenía y retenía mucho de la lozanía de sus años mozos.

El recuerdo que se guarda de ella está íntimamente ligado a una silla, una silla baja, con el asiento de anea, en la que permanecía sentada horas y horas. Porque Nieves, había quedado ciega como consecuencia de dos desafortunadas operaciones que le habían practicado unos prestigiosos especialistas de Granada, cuya fama en poco se correspondió con los resultados obtenidos.

Mi madre, es decir, su nieta, se acuerda de sus ojos, unos ojos muertos, unos ojos sin vida, que destacaban de forma desgarrada en una cara blanca como la porcelana por falta de sol. Y de sus manos, unas manos grandes, de dedos muy largos que casi sin tocar reconocían a cualquiera. Y de su voz, una voz dulce que acariciaba al hablar.

Y sobre todo recuerda sus cuentos, unos cuentos larguísimos que contaba, que casi siempre eran versiones actualizadas por ella misma de los de las “Mil y una noches”, cuyos finales cambiaba muchas veces según su estado de ánimo. Unos cuentos fantásticos que eran en más de una ocasión, que en muchas ocasiones, fueron como un bálsamo milagroso que hizo cicatrizar algunas de las heridas infantiles de sus nietos. Unos cuentos que en más de una ocasión, que en muchas ocasiones, adentraban a un maravilloso mundo utópico haciendo a los demás tocar la felicidad con manos de niño.

  

  

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*Ana Beatriz Ariza Núñez (Torrox, Málaga, 1985) cursó los estudios primarios, secundarios y de Bachillerato (sección: Humanidades) en su localidad de nacimiento. Actualmente estudia 2.º de Magisterio (especialidad: Maestro en Lengua Extranjera) en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga. Curso académico 2004-2005.

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año IV. Número 33. Octubre 2005. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2005 Ana Beatriz Ariza Núñez. Reservados todos los derechos © 2002-2005 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España).

  

  

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