N.º 33

OCTUBRE 2005

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Campanilla

Begoña Rueda Colmenero* 

  

 “Vuelto a la mujer dijo: Multiplicaré los trabajos

de tus preñeces. Con dolor parirás tus hijos...”

GÉNESIS, v. 16. 

  

  

M

enos mal que la Iglesia no es la encargada del paritorio. Vamos, como si el dolor de parto lo repartieran a dedo; no creo yo que Dios esté para esas tonterías.

—A ver, tú que eres más mala que un “rajón” y además eres atea, tú vas a tener cinco hijos, y vas a sufrir lo que no está escrito. ¡Ah!, pero tú que eres muy buena, vas a misa todos los domingos y fiestas de guardar y dejas dinerillo en la canastilla, tú no, tú no vas a sufrir nada.

Pues también sufren las que van a la iglesia todos los domingos, así que aquí hay algún fallo. Si fuese como dice el cura, la “epidural” sería como hacerle trampas al Divino. Entonces, las mujeres que no sufran los dolores del parto, nunca podrán sentarse a la diestra de Dios Padre, ni ocupar un destacado lugar en cielo. ¡Con lo que tiene que costar conseguir ese puesto tan anhelado!. Lo tenemos “jodido”: por una parte, por ser mujeres (ya se sabe que a la mujer le cuesta más estar cerca de Dios, ya que no hay ninguna que está tan cerca como para ser Papa o Cardenal, o Mama o Cardenala, o lo que sea), y, por otra parte, por parir sin dolor. Lo tenemos claro para la Iglesia. Tendremos que hacerle algunas trampillas al Divino, o, mejor dicho, a la divina Iglesia.

...   ...   ...

Por fin la paz. Ya no noto ningún dolor. ¡Qué maravilla, Dios mío! Estoy viajando y siento que voy camino del paraíso. Cada vez estoy mas “flipada”, pero que “agustito” estoy. A lo peor es que me he muerto y estoy volando, volando, volando... Claro, como si yo fuera Campanilla acompañando a Peter Pan en busca del País de Nunca Jamás. Lo único que le falta a este escenario surrealista que me estoy montando es que suene alguna musiquilla; como esa melodía de trompetas y violines que acompaña a las películas religiosas; esa musiquilla que suena de fondo siempre que se produce un milagro. ¡Qué bonito sería ver a los angelitos con sus alitas blancas revoloteando a mi alrededor, blanditos y sonrojaditos... ¡Qué lindo es todo!. ¡Qué paz siento... Paz, paz, paz...

¡Anda, si veo una luz...! ¡Qué maravilla! Es como la que dicen que se ve en el túnel cuando abandonas este mundo. ¡Que luz tan bonita! Es cálida, no sé de qué color, pero es deliciosa y confortable...

Pero, ¿realmente donde estoy? Bueno, y qué más da. A mí ya no me duele nada y... Pero, claro, a mí me dolía porque estaba en el paritorio. ¿Y qué pasa con mi hijita? ¡Ay, Dios mío, yo quiero despertarme ya y verla! Voy a abrir con fuerza los ojos y me despierto. No puedo. ¡Qué angustia! Ya no me importa la musiquilla de los “jodidos angelotes”. Lo que yo quiero es despertarme, pero no puedo.

¡Quiero despertarme aunque sienta dolor!

¿Pero qué estoy diciendo yo? Despertar, “sí”; dolor, “no”, aunque sea una pecadora a los ojos del cura de mi pueblo. A mí qué más me da lo que diga el párroco. Claro, como él nunca va a parir, ni con dolor ni sin él... ¡Qué sabrá él lo que sufre una en esos momentos! Lo que yo quiero es que esto pase rápido, estar en mi casa con mi niñita, y dejar de vivir estas sensaciones tan raras. Ya no me gusta esto de volar por el espacio al lado del ese repelente niño con pantuflas. Me da miedo volar. Quiero andar con los pies en el suelo, como he hecho siempre, y despertarme, despertarme, aunque me duela algo, lo que sea.

Pipi, piiiii, pipipipipi. Piiii. ¿Qué es ese sonido? Será que me estoy despertando ya. Por fin. Noto algo a mi izquierda, es un bulto que parece que flota a mi lado, es un cuerpecito. ¿Será mi niña? Sí, seguro que es ella.

—Hola, mami, soy yo. Estoy a punto de nacer. No sabes las ganas que tenía ya de ser parida. ¡Tanto tiempo de ahogo y de apretujones...! Pero todo esto ya va a terminar, y tú no te preocupes de nada y disfruta de lo que te queda de la anestesia, que yo te espero ahí fuera. Dame un besito, que me tengo que ir. Adiós, mama, no tardes.

  

Pero todo esto ya va a terminar, y tú no te preocupes de nada y disfruta de lo que te queda de la anestesia, que yo te espero ahí fuera.

  

  

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*Begoña Rueda Colmenero (Durango, Vizcaya, 1965) es antes que nada docente vocacional, aunque en los pocos ratos que su quehacer diario se lo permite, deja que cabalgue su pluma sobre la albura del papel. Reside en Málaga y ha sido alumna de la Universidad de su ciudad adoptiva, en cuya Facultad de Ciencias de la Educación, ha cursado los estudios de las diplomaturas de Maestro en Educación Infantil y Maestro en Educación Primaria. Actualmente ejerce como maestra.

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año IV. Número 33. Octubre 2005. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2005 Begoña Rueda Colmenero. Reservados todos los derechos © 2002-2005 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España).

  

  

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