N.º 32

AGOSTO-SEPTIEMBRE 2005

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Cinco años y un día

Roxana Heise Venthur* 

  

     

  

PRIMER AÑO

E

sto no es Alcatraz, amor, pero se le parece; estamos atados a morir, nudo ciego, ovillo enmarañado, aire que exhalo y que aspiras sediento entre las paredes húmedas de tu prisión. Vendrás, encontrarás la manera de engañar al cancerbero de turno, llegarás a gatas si es preciso, lamiendo los pasillos, sintiéndome, loba en celo entre los altos barrotes de nuestra complicidad. Alguien mira desde afuera, camina en zig-zag su propia sombra. Disimulo, me alejo de la escuálida ventana con cierto temor. ¿Y si no vienes?, ¿si no vienes jamás?, o ¿alguien descifra aquello que murmuramos bajo las sábanas?

El enrejado de hierro parece siempre infranqueable, lo observo y me preocupa una posible fuga. No lo hubiese querido, tú tampoco, lo sé, pero hay delincuentes afuera y estamos nosotros,  ajenos a los ajenos que tanto nos conocen porque actúan del mismo modo y con la misma pasión. La pasión que te obliga a traspasar las barreras y encontrarme en secreto por enésima vez: tus pupilas brincan mi cuerpo jugando a las escondidas, reímos, nos deslizamos anguilas silenciosas, por las mismas paredes hasta el mismo rincón, así olvidamos el mundo que ayer nos olvidó.

Ven, siénteme tuya, gato de mil tejados resbalosos, experto domador de fieras, campeón de salto alto y tantas cosas, que es preferible reír en atadura a respirar los vientos de la libertad.

  

SEGUNDO AÑO

T

e espero y tejo como hacía mi abuela, tejo esperanzas verdes en punto cruz para los condenados a presidio perpetuo y todos los que olvidaron la luz del sol. Miro sus rostros y te veo, condenado mío, mercenario de riñas callejeras, capitán de un puerto sin nombre en donde me encontraste un día escuchando caracolas de mar, toda desgreñada, apodada “la loca”, con un pan robado en los bolsillos y el filo de un cuchillo en la mirada.

Ya había echado a andar a esa alturas, abandoné a mis padres por placer, sólo bastabas tú sobre el asfalto caliente, sobre la arena movediza de mis sueños, sobre el barro, sólo bastabas tú sobre mi cuerpo y toda tu artillería pesada oprimiendo mi instinto criminal, para volverme aquella que encontraste metida entre mi redoblada personalidad. Cómo no agradecerle al Dios de mis plegarias crucificado en el templo de la desolación. Dejo el tejido y veo el calendario sobre la pared adormecida; las horas corren la maratón del tiempo recordándome lo ajeno que estás últimamente. Temes venir, el miedo a la sanción parece un maleficio del grupo de reclusos que sueles amedrentar. Ya sé, fui como ellos, pero ¡cuánta diferencia!, la droga es sólo droga y el resto es lo demás. Recuerdas nuestro pacto; puedo sentir tus manos enlazando las mías hasta hacerme llorar. No quisiera imaginarte delirando entre las garras inmundas de alguna aprovechada. Sacudo mi cabeza para no arañar mi rostro, camino de  esquina a esquina sólo para aturdirme. ¿En qué estaba?, no lo olvido, me acomodo sobre el suelo en el mejor almohadón y sigo tejiendo esperanzas verdes en punto cruz..., mañana tal vez firmes aquel libro y consigas permiso para venir hasta mí.

  

TERCER AÑO

M

i mameluco a rayas posee la elegancia de quien duerme la mona tumbado en las esquinas. Friego los pisos, qué quieres. Enhebro tu pantalón, aspiro su hedor a riña y perfume de burdel. Has dejado de verme, no vienes en semanas y cuando llegas me buscas el hombro para llorar. Basta de lamentaciones; la comida es mejor en tu cocinería, tienes suerte en cierto modo, mucho más suerte que yo. Seríamos tan felices contigo pan y cebolla, no estoy llorando, ¡no grites! Baja el tono, por favor. Yo era la  niña de papi hasta que caí en picada..., me estrellé contra mis sueños. ¿Y tus sueños? Tú sabrás. Mira mis manos, mi rostro, mi cabello despeinado, la sombra del pensamiento que quiso aferrarse a ti. Poco importa, Dios lo sabe, pude morir mil veces, no me amas como antes, eso es más fuerte que yo. Estás inquieto, es muy tarde, debes volver a lo tuyo, el metro cuadrado en que existes tiene tu numeración. Es el destino, la suerte, la voluntad de los dioses, si tuvieras vida propia volverías a reír. Deja tu ropa, tus quejas, deja todo alborotado y cuando vuelvas, si puedo, me encontrarás para ti.

  

CUARTO AÑO

S

in quererlo, comienzo a olvidarte, a inventar nuevas historias en donde tú no existes. Cierro las cortinas, el ambiente carcelero aún me agobia. Respiro, sabiendo que alguien más respira desde el fondo de mi abismo y se cubre el rostro con las manos como espantando los males, luego palpita una y otra vez hasta que su ritmo me lleva al pequeño océano en donde navega, despacio, despacito, sin saber de gritos ni motines. Y ocurrir justo ahora que te daba por muerto y me había acostumbrado a dormir con mis fantasmas, a restregar mis deseos en sus espaldas ficticias. A veces te lloro, cuando pienso que  has cambiado hasta adoptar un nuevo estado, infrahumano tal vez. No es mi culpa, tampoco es mi Karma de traficante arrepentida o algo así; es el amor que se escapó por la celosía un día cualquiera en busca de libertad, dejándome unos latidos en tu nombre, sólo para fastidiar.

  

QUINTO AÑO

E

l centinela no sabe que lo miro, miro su mirada de perro amaestrado, el negro de su arma, el uniforme gris. Hasta percibo el miedo que le provocan las fugas, las manos empuñadas y su fragilidad. De pronto siento piedad. Hace ya tanto tiempo que recorro su imagen desde el salón de esta casa colindante al penal. Lo veo entre las rejas que cruzan las ventanas y siento que mi alma deambula junto a él.

Vivo en tu ausencia, no vienes, quizá nunca regreses. Alguien desconocido se apoderó de ti. El centinela lo sabe, es ajeno a este mundo, ajeno como el niño que juega en el jardín y se refugia en mi vientre marchito de promesas, vacío del amor que encontramos ayer. El centinela intuye mis pensamientos, las palabras emergen desde el fondo del fin, ni el beso de la tarde sobre su piel dormida despertará la estrella que habita su interior. Juntos emprendimos un camino sin retorno; el centinela respira mi dolor, el centinela eres tú.

  

UN DÍA

T

u vida, la mía, un niño jugando sobre una cuerda floja, los sueños fugitivos que jamás capturamos, deambulan para siempre en la estratosfera al ritmo de una música espectral.

Nos miramos de reojo en la oficina gris como tu uniforme del penal, un juez nos apresura, tiene prisa, es hora de firmar el divorcio de una vez. Cojo el bolígrafo vigorosamente, escribo a ojos cerrados. Haces lo mismo sin dudar. Luego nos vamos, por distintos caminos, tras la ninfa indómita de la libertad.

  

  

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*Roxana Heise Venthur (Victoria, Chile, 1964) es enfermera. Su afición por las letras le lleva a cultivar preferentemente el cuento y la novela. En 2001 obtuvo la “Mención de Honor” en el concurso de cuentos breves «Alfred Hitchcock» con su relato El Nene. Entre sus obras figura la novela Frenético Sosiego (Cyberletras, 2002) y su colección de cuentos breves Imágenes Prosaicas (Ediciones El Salvaje Refinado). Actualmente forma parte de la antología de nuevos cuentistas hispanos “Los magos del cuento”. Su relato Destino resultó finalista en el concurso “Civilia 2004, Todos somos diferentes” y forma parte de la antología Libertad bajo palabras.

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año IV. Número 32. Agosto-Septiembre 2005. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2005 Roxana Heise Venthur. Reservados todos los derechos © 2002-2005 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España).

  

  

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