N.? 28

MARZO 2005

2

  

  
  

A MEJOR VIDA

Camila M閚dez Burgos

  

F

abi醤 se despert?extra馻do. Nunca se hab韆 sentido as? Raro, peque駉 y sin voz. Pens?que todo era una pesadilla. Un sue駉 deplorable. Era peludo y ve韆 en grises. No distingu韆 con claridad las im醙enes, aunque el olor a basura lo apreci?r醦idamente. Se vio las u馻s que surg韆n escondidas entre las monta馻s de pelo: eran delgadas, filudas y arqueadas como garras. Intent?hablar. Alcanz?a escuchar, dentro de las profundidades de su cuerpo, un diminuto ronquido animal.

縃ab韆 sido un ladrido? ?/span>pens?span style="mso-char-type: symbol; mso-symbol-font-family: Symbol; font-family: Symbol; mso-ascii-font-family: Garamond; mso-hansi-font-family: Garamond">?/span>. 縋or qu?no me despierto? Quiso gritar de nuevo, y sus o韉os desarrollados se concienciaron de la realidad. Ya no era m醩 閘.

Tuvo miedo y desesperaci髇. Record?la noche anterior. Hab韆 ido al bar como todos los mi閞coles. Tom?whisky hasta el cansancio y el efecto fue mortal. Tuvo un ataque de ansiedad, se sinti?intranquilo y triste, y decidi? salir a mojarse en la llovizna desolada de las tres de la ma馻na. Sab韆 que le har韆 da駉 el contacto irascible con el roc韔, pero no importaba nada en ese instante, m醩 fuerte era el agobio de su vida. Se sent?en los basurales y prendi?un cigarrillo, y, entre el humo y la lluvia, su memoria se nubl? como si esos fragmentos de la existencia se deshicieran sin dejar una prueba irrefutable de que se vivieron y sin motivos, ni  anuncios: sin una explicaci髇 previa, se hab韆 reencarnado en un can.

Qu? es esto?? renegaba para s? No quer韆 escuchar esos chillidos desconocidos para su boca. Maldijo su existencia. Se movi? enloquecido para ver si alguna reacci髇 nueva le devolv韆 su cuerpo. Le dio hambre y sed, tambi閚 le rascaba su pata trasera y no pod韆 frotarse, y hasta lleg?a preguntarse por qu? ten韆 que pensar si los animales no lo hacen. Quer韆 morirse de una vez por todas. No pod韆 comprender por qu?le hab韆n enviado ese castigo. Gimi?como un desesperado, sin que nada surgiera. Trat?de gru駃r con ese sonsonete aguerrido y taciturno que emiten los de su especie cuando un sonido que s髄o ellos oyen los perturba, y tampoco hubo respuesta. Se vio asimismo como un ser 韓grimo que guardado desde una caja aislada busca una salida imposible.

Era distinto caminar con cuatro patas. Se sent韆 m醩 liviano, m醩 醙il, aunque el mundo no tuviera colores y los olores lo contagiaran en su esencia, revueltos, pestilentes o provocativos, como ese pan fresco que posaba en la vitrina. 緾髆o hacer para obtenerlo? La angustia se apoder?otra vez de 閘. Deseaba devorarlo y saciar el hambre incontrolable, pero su mismo conflicto interior no lo dejaba actuar, y la orden que escuch?alguna vez de un veterinario de que los perros s髄o deben comer dos veces al d韆, fue la excusa ideal para no desfallecer.

El aroma de los 醨boles, confundido con el polvo y sus rastros en la calle, le indicaron un lugar. Su casa. Odiaba tener esa habilidad monstruosa de reconocer por medio del olfato pasos, orines de otros animales y el humor entra馻ble de su esposa. Estaba tan cerca. La puerta blanca y la fachada moderna se impon韆n en el conjunto de viviendas escuetas, como un barco sobresale en la lejan韆 del mar. Vio las ventanas abiertas, el jard韓 rebosante y las flores moradas. Jam醩 hab韆 sentido ese olor tan profundo. 獳ntes todo era m醩 fugaz? pens?

Tem韆 entrar. Quer韆 demostrarles que era Fabi醤.

?/span>S骳rates, as vuelto!

 No tuvo tiempo de reaccionar cuando se vio sacudido y alzado por Sangela y su hijo.

!Qu? gran recibimiento! Quer韆 llorar, sus sentimientos se revolvieron. No pod韆 contarles que estaba ah? Ni gritar. Y sus ladridos no dir韆n nada. 縌u?hab韆 pasado con todo? 縉o exist韆 la l骻ica en ninguna parte?, indagaba, d醤dole paso a sus l醙rimas perdidas que sal韆n despacio. Abri?el hocico y jug? con su nueva lengua para poder probarlas. Eran saladas, eran humanas. 玍閍nme. Soy yo. Tengo mis ojos. A鷑 los tengo. M韗enme? suplicaba para sus adentros, y un aullido lamentoso surgi?de sus entra馻s. 玈oy yo? La familia se sorprendi? Pablo le dijo a su madre que S骳rates lloraba, que no lo hab韆 visto tan alterado. Ella toc?sus mejillas para comprobarlo. Fabi醤 crey?que le hab韆n entendido.

?/span>Es s髄o la emoci髇 de regresar a casa ?/span>dijo su esposa.

?/span>Y no mueve la cola ?/span>le insisti?Pablo.

?/span>Por eso mismo.

Sangela permaneci?en silencio porque not?aquella singular diferencia. Le mir?fijamente a los ojos con cuidado, mientras su marido quer韆 meterse en los suyos y hacerle saber que era 閘, quer韆 decirle con su mirada peque馻 todo lo que hab韆 pasado para que lo ayudara, pero ella no vio m醩 que unos ojos de perro. Le mir?la piel, ten韆 el lunar caf?entre su pelaje blanco. Le revis?los dientes, y ese colmillo dem醩 que no se le hab韆 ca韉o continuaba en su puesto.

?/span>Es 閘 ?/span>asegur? tranquila?/span>. Hay que ba馻rlo y darle de comer. 緿髇de hab韆s estado, chiquito? He estado busc醤dote. 縋or qu?te escapaste? No vuelvas a hacernos esto ?/span>dec韆 con palabras tiernas, mientras le daba besos y lo cargaba como un beb?

獷stoy perdido.?/font>

Pasaron meses antes de que Fabi醤 descubriera que hab韆 muerto. En su mente canina, s髄o cab韆 el olvido y la enso馻ci髇, que fueron un beneficio para no desesperarse, ni caer en traumas sicol骻icos que lo acabar韆n. Ese d韆 entendi?resignado que no se sabr韆 que 閘 segu韆 vivo y reencarnado en S骳rates, el adorable French Poodle que hab韆 comprado Sangela para Pablo y que su esposo s髄o estimaba por apariencias frente a su hijo, porque, en realidad, no le agradaban los animales y mucho menos ese 憄errito de abuelitas y homosexuales que daba verg黣nza sacar a pasear?

Ad髇de se hab韆 ido el alma de S骳rates, si es que ten韆?? se preguntaba inquieto en su propio entierro, mientras llegaban sus parientes y compa馿ros de trabajo, que contemplaban su descenso indiferentes o intrigados por saber cu醠 ser韆 el futuro de la empresa y de la viuda.

Tras las gafas oscuras de Sonia, su amante, no se iluminaba llanto como el difunto esper?ver. Para ella era s髄o una despedida a la adrenalina de lo prohibido, a los encuentros imprevistos y a los viajes y detalles glamorosos que recib韆 de su relaci髇 f鷗il. Sangela siempre sospech?que la frialdad de su esposo se deb韆 a la infidelidad. Inicialmente, se entristeci?y busc?la forma de arreglar su matrimonio, hasta que le gan?la impaciencia y opt?por aceptar las insinuaciones de su primo segundo, con quien forj?una relaci髇 estable y madura que los llev?al matrimonio.

Sentado en el amplio sof?de la sala, el perro examinaba la soledad de su vida humana. Nadie lloraba su muerte, ni se notaba triste. Ninguno de los presentes lo hab韆 estimado de verdad, y 閘 tampoco sent韆 por ellos lo que imaginaba era el cari駉 real. Qu?farsa! Todo fue una farsa.?/font>

Tres asaltantes acabaron con su vida. Le dispararon sin respiros para robarle la billetera. Su cuerpo hab韆 sido encontrado en el callej髇 donde amaneci?transformado y donde estuvo deambulando por horas, hasta que los olores lo convencieron de la realidad.

Pensaba en los ratos ef韒eros en que crey?ser feliz. Cuando realiz?ese viaje al exterior, cuando se enamor?y se cas? cuando su padre le dej?a cargo el pr髎pero negocio familiar, sus encuentros furtivos con Sonia, el d韆 en que recibi?el premio por su gran labor de empresario, y hasta la tarde lejana en que prob?ese delicioso vino franc閟 que ahora necesitaba para liberarse del estr閟 y el abatimiento.

No pod韆 ladrar, ni morder al nuevo c髇yuge, sab韆 que saldr韆 perdiendo. Mejor aprovechaba que a veces pod韆 dormir con su esposa, aunque no a su lado, sino en el borde de sus piernas y sintiendo la respiraci髇 asm醫ica del intruso, pero, por lo menos, estaba a sus pies. Descubri?entonces que su nueva condici髇 no era un obst醕ulo para disfrutar a la familia. Borrar韆 para siempre su nombre e intentar韆 entender que s髄o cuando pronunciaran S骳rates, podr韆 integrarse a la vida, salir del encierro a trav閟 de sus ojos y buscar la manera de llegar a las sombras olorosas que demostraban presencias.

No se separaba de Sangela y 閟ta tampoco se hastiaba por tenerlo a su lado. Lo sacaba a pasear en el carro, le daba agua fresca de su mano, le acariciaba la barriga y, ante la m醩 min鷖cula insinuaci髇 de llanto, se desviv韆 para complacerlo. Lo 鷑ico que le molestaba era el vestidito de lana azul con que lo disfrazaban en las ocasiones especiales: le produc韆 calor y era incomodo para su ego masculino, que a鷑 sobreviv韆.

Adem醩 del apego mutuo y los grandes momentos, su ama tambi閚 compart韆 con 閘 intimidades. Ella no imaginaba que su antiguo esposo se iba a enterar de la tristeza interior que manten韆, la insatisfacci髇 en el amor y hasta la necesidad de volverlo a ver y recuperar lo que alguna vez fue perfecto. Fabi醤 intentaba acercarse, quer韆 darle un abrazo, decirle que lo perdonara o trasmitirle, con alguna expresi髇 tierna, que no se sintiera sola. Llegaba a ser tal el desahogo que no sab韆 qu?hacer, mov韆 su cola hasta que la conmov韆 y la hac韆 sonre韗. Tambi閚 descubri?la profundidad de su relaci髇 con Roberto. Ella se extend韆 en mon髄ogos para hablarle de las discusiones que ten韆n con frecuencia, los defectos intolerables y los reproches o secretos que 閘 desconoc韆 y que no podr韆n ser divulgados nunca por ese perro sin alma, que, como un objeto m醩 de la casa, desconoce la realidad de sus habitantes.

Con Pablo, todo fue m醩 f醕il. A pesar de ser un ni駉 retra韉o, que se refugiaba en la televisi髇 y los dulces para remediar su soledad, Fabi醤 logr?conquistarlo con rapidez. Entraba a su habitaci髇 en silencio, se sub韆 a la cama y le daba un par de leng黣tazos para demostrarle afecto de alguna forma.

Al principio, su hijo se asombr?de ver a S骳rates en esa actitud tan efusiva, antes s髄o se dejaba corretear o jugaban con los mu馿cos sin otras innovaciones. Pod韆 admitir que as?era mejor. Ahora iban al parque en plena libertad, sin que su Poodle cometiera las imprudencias de una mascota no adiestrada. Ten韆 conciencia de los peligros, sab韆 cu醤do cruzar la calle sin necesidad de estar atado a un collar y no ten韆 problemas con otros canes, porque 閟tos tampoco se met韆n con 閘. 玈eguramente es mi mirada. Ellos saben que soy algo humano? supon韆.

Se volvieron c髆plices. Pablo le daba comida porque sospech?que ya no le gustaba el concentrado. Prefer韆 el pollo, el sabor del hueso se le hac韆 cada vez m醩 tentador, y la capacidad para cortarlo con su dentadura afilada era una sensaci髇 inefable. El olor lo enloquec韆, haciendo que se desesperara y que aprendiera a gemir como una criatura desconsolada, alterando al servicio, que deb韆 acelerar en sus quehaceres para servirle al animal. Fue dif韈il tener que alimentarse sin la ayuda de las manos, pero despu閟 se dej? llevar por unos instintos crecientes que empezaban a manejarlo cada vez con mayor frecuencia. Era como una energ韆 adherida a su cerebro que cubr韆 las emisiones de pensamiento que todav韆 generaba y que le permit韆 actuar sin cordura o prevenci髇 en ese tipo de situaciones o despreocuparse frente a otras. No sufr韆 por dinero, ni por buscar el poder o mantenerse en 閟te. Las crisis financieras, la situaci髇 pol韙ica, la guerra o el futuro incierto, eran temas en los que no ten韆 que profundizar, ni analizar, ni dedicarles un espacio peque駉. Todo lo que otrora fue de su inter閟, luc韆 ahora banal desde su mundo. No pod韆 evitarlo. La enso馻ci髇 lo nublaba y sus reflexiones se dilu韆n como una lectura ef韒era de la que no queda ni el recuerdo. 獿as palabras se pierden con el tiempo y no dejan sino vac韔s; por eso, somos el consuelo de los hombres. Tenemos la grandiosa facultad del silencio? dec韆, mientras aceptaba con entereza a su especie muda y se percataba de un presente sin reparos.

Era agradable sentarse sobre Sangela, acurrucado y roncando, cobijado con ternura, o sentir c髆o en los amaneceres lluviosos Roberto deb韆 levantarse para trabajar, mientras 閘 se quedaba durmiendo, sin problemas que lo atormentaran. Ir韆 a vivir con Pablo, a rebuscar entre la esencia de la naturaleza con sus sentidos despiertos o revolcarse en la tierra fresca, escuchando los sonidos lejanos que los dem醩 no detallan y oliendo sosegado lo que le trae el viento, cuando mueve en los arrebatos de la tarde sus orejas largas y distrae su vida pasiva hasta que el tiempo lo ayuda adaptarse, como a los hombres, a ser un animal de costumbres.

  

  

  

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*Camila M閚dez Burgos (Monter韆, C髍doba, Colombia, 1979) est?graduada en Comunicaci髇 Social y Periodismo por la Universidad Sergio Arboleda. Desde comienzos del 2002, ejerce como corresponsal de temas diversos (inmigraci髇, comunidad, cine, arte y cultura, entre otros) en diversas revistas y colabora en varios diarios. Actualmente escribe para la revista Libros & Letras. Coordina y dirige la p醙ina web Revista Literaria Azul (www.revistaazul.tk).

  

GIBRALFARO. Revista de Creaci髇 Literaria y Humanidades. A駉 IV. N鷐ero 28. Marzo 2005. Director: Jos? Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright ?2005 Camila M閚dez Burgos. Reservados todos los derechos ?2002-2005 EdiJambia & Departamento de Did醕tica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educaci髇. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de M醠aga. 29071 M醠aga (Espa馻). Cualquier reproducci髇 total o parcial debe contar con autorizaci髇 expresa.

  

  

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