FEBRERO 2005

1 / N.º 27

   

CUANDO PIENSO EN TI, AMIGA

Almudena Romero Sánchez*

                                                       

 

  

C

ruzamos la plaza a paso más bien ligero, con la cabeza gacha y los hombros muy juntos. El  reloj del Ayuntamiento marcaba las cinco de la tarde y temblaron los bronces del convento de las Mínimas. Mantuvimos la mirada pegada al suelo para no pisar los charcos y nuestras manos se asieron con fuerza al único paraguas que se nos ocurrió coger al salir de casa.

Había empezado a llover, y, de una forma tan escandalosa, que casi ya no nos veíamos los zapatos debajo de tanta agua al subir la calle Buendía. Pero nosotras, jadeando por el esfuerzo de la cuesta y tanta prisa, nos reíamos. No dejamos de reírnos hasta que María atrancó el portalón de la calle y nos sacudimos todo el cuerpo como dos perrillos empapados antes de entrar en casa. Y reímos aún con más fuerza, y nuestra enorme carcajada retumbó en el hueco de la entrada, devolviendo un eco vivo frente al silencio ronco de aquella húmeda tarde de otoño.

Con el índice en los labios y lágrimas en los ojos, supliqué silencio, y nuestras risas, derramadas como un alegre cacareo, fueron extinguiéndose lentamente. Se tornaron risitas saltarinas, murmullos contenidos que nos hincharon las mejillas coloradas cosquilleando en la garganta.

Allí, en el silencio, un lejano “Mamá, ya estamos aquí, pero nos vamos arriba” llenó la fría sala abandonada cruzando hacia la acogedora cocina. Entre la penumbra creciente de aquellas horas cortas, se distinguían los bultos opacos de unos pocos muebles, y, en un claro difuso, el brillo de la cerámica de antaño detrás de los visillos de la vieja alacena devolvía los recuerdos añejos de un ayer cercano. Dejamos los zapatos junto a la escalera y, con los pies desnudos, de puntillas, para no contagiarnos con frío del suelo, subimos a su cuarto.

María descorrió las cortinas acercando la cara a la ventana. Sus dedos largos y delicados dibujaron un corazón sobre el vaho que formó el vapor que exhalaba todo su cuerpo lleno de emociones. Yo me senté en la cama y no dejé de mirarla mientras la luz de la pequeña lámpara llenó con un fulgor instantáneo la bella escena de aquel momento.

Entonces pude verlo. Me di cuenta de lo hermoso de un instante, de la eternidad y la belleza de un todo compartido. Ella volvió su rostro hacia mí y sus ojos cristalinos me abrazaron, y quedaron para siempre grabados en la memoria el lienzo que formaba su figura junto al marco de la ventana, y aquella cortina de agua emborronando los cristales,  tiernamente salpicados por la luz mortecina que espiraba otoño.

  

  

  

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*Almudena Romero Sánchez (Málaga, 1976) estudia 3.º de Magisterio, especialidad de Maestro en Lengua Extranjera (Inglés), en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga. Curso académico 2004-2005.

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año IV. Número 27. Febrero 2005. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2005 Almudena Romero Sánchez. Reservados todos los derechos © 2002-2005 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España). Cualquier reproducción total o parcial debe contar con autorización expresa.

  

  

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