ENERO 2005

3 / N.º 26

   

CENTELLAS DE LIBERTAD

Beatriz Bonilla Cortés*

                                                       

 

  

C

aminó cabizbajo durante toda la mañana. Daba vueltas de un lado para el otro del patio. Se detenía ante cualquier mínimo estímulo, lo miraba con los ojos entrecerrados, alejaba su vista y volvía a mirarlo. Luego, hacía como si no lo estuviera mirando, pero ¡sí que lo estaba haciendo!

Hubo un instante en que se detuvo peligrosamente ante una superhormiga. Nunca había visto una tan grande. Fue tan mayúscula su sorpresa que casi se le desencaja la boca de tanto que la abrió al exclamar:

¾¡Jo, qué grande es!

La cogió y la metió dentro de una cajita que su hermana le había regalado por su cumpleaños. ¡Ya tenía 100! Todo lo que deseaba era encontrar cuantas más mejor. Sabía que ellas eran su única salvación. Eran el barco que tanto necesitaba dentro de ese gran naufragio que era su vida.

Era ya demasiado el tiempo que llevaba a punto de explotar, estaba rabioso, no podía soportarlo más; como se suele decir, estaba como agua para chocolate.

Durante toda la semana estuvo bastante contento, comía deprisa para poder estar el mayor tiempo posible en el patio en busca de sus queridas amigas, las hormigas. En un acto de desesperación por conseguir el mayor número posible de ellas, pidió ayuda a su amigo, pero éste consideró su idea una locura.

¾¡Ja!, ¿una locura? ¿Pero tú eres tonto o qué? Somos locos, por eso estamos aquí. Es que a veces no piensas, ¿eh?. Además, ni yo, ni tú, ni nadie de los que estamos aquí somos más locos que los que están fuera. Si oyéramos los pensamientos de la gente, pocos se escaparían de estar encerrados.

¾No pienso aguantar tus sermones de loco que se hace pasar por cuerdo.

¾No me hago pasar por ningún cuerdo, que me maten si lo hago. Lo que quiero decirte es que vosotros no tenéis ningún afán de superación. ¿Pesáis estar metidos aquí siempre? Pues yo no; pienso salir y crear una familia como Dios manda, con mujer e hijos y todo eso. De hecho... ¡la mujer ya la tengo buscada...!

¾¡Sí, ya!, tú y tus paranoias. Otra vez soñando con esa estúpida estatua. ¿No te das cuenta de que es de locos enamorarse de una estatua?

¾¿Ahora quién es el que se hace pasar por cuerdo?

¾No me líes, no me líes... Sabes de sobra que es una tremenda estupidez estar enamorado de una estatua. Sé un poco decente y asume la realidad.

¾¿Qué significa ser decente para ti? ¿Negar lo que se quiere de verdad? Pues vale, no soy decente, soy ¡indecente!, y además estoy ¡loco!. Te doy toda la razón; culpable de todas las acusaciones, señoría.

¾ De verdad que estás para que te encierren...

¾ ¿Y no lo estoy ya? ¡Ja, ja, ja!

¾ ¡Me pones de los nervios!

¾ Bueno, ¿quieres ayudarme a capturar hormigas, sí o no?

¾¡Vale! Te ayudare, pero sólo porque no tengo otra cosa mejor que hacer, aunque sigo sin entender para qué las quieres.

¾ ¡Eso ya lo verás!

¾ Miedo me das.

Era un plan maravilloso. Hasta él mismo se sorprendió de haberlo ideado sin ayuda de nadie. ¡Realmente era un gran plan! Lo único que tenía que hacer era esparcir todas aquellas hormigas que tan cuidadosamente había ido capturando a lo largo de las últimas semanas dentro de la bata que la enfermera se ponía cada mañana. De esta forma, el griterío que iba a formarse distraería la atención de todos y podría escapar. Lo único que había que hacer era esperar el momento adecuado...

Su mirada, que cuan daltónico había sido siempre confusa, se volvió clara y luminosa. Estaba dispuesto a comerse aquella ciudad, ¡su ciudad!, aquella que él sentía como propia, aunque nunca le había pertenecido. Era nueva para él, como lo pudiera haber sido cualquier otra, pero significaba su libertad, la libertad con la que él mismo había soñado tantas veces. De la misma forma en que el invierno entró duramente en su cuerpo al ingresar en esa odiosa institución, al salir de ella, resurgió de lo más profundo de su alma una primavera rebosante de alegría que llenó todo su cuerpo.

No podía más, no podía aguantar por más tiempo el no verla. La imagen de aquella estatua le perseguía incansablemente como cañonazos dentro de su cerebro. Pero, claro, necesitaba algo, ¿verdad? No podía presentarse delante de ella con las manos vacías... En las películas, todos los chicos llevan siempre algún regalo (por pequeño que sea) a su chica, y él pensaba:

¾Yo no voy a ser menos. Pero... este corazón pintado en un papel que hice en clase de dibujo... pues... tal vez sea poco, ¿no? Aunque me dijeron que estaba muy bien conseguido... ¡Pues que se conforme! No, no. No puedo ser así..., la tengo que enamorar, y así no se enamora a una chica. ¡Ay!, pero yo no tengo la culpa de no saber nada de estas cosas, ¿eh? Lo poco que sé lo sé porque... porque... ¡pues porque soy muy listo! ¡Hala! Bueno... vale... lo confieso. ¡Me he tragado todas las películas cursis que nos ponían. Pero... ¿y qué? No sé qué hacer... ¡Ya lo tengo!

Trataba de pasar desapercibido por aquel gran centro comercial, pero era imposible hacerlo. Estaba tan asombrado de la grandilocuencia del edificio, que sus gestos simulaban en todo momento a los de un niño asombrado de percibir tantas cosas en tan poco tiempo. Pero ya había conseguido lo que quería. Ya tenía en su poder el anillo que le regalaría a su estatua preferida. Le costó conseguirlo, pero ya lo tenía, ¡era el regalo perfecto!

Caminaba diligentemente por la calle al encuentro de su amada. Ya se la divisaba desde lejos. No podía creerlo, ¡la estaba viendo! Los latidos de su corazón se tornaron poderosos. Después de tanto tiempo, volvía a verla. Fue su sueño hecho realidad.

Ahora ya sólo faltaba que su cuerpo siguiera los deseos de su mente, porque, sin saber el motivo, se quedó petrificado ante ella, en un gesto que a él le dio hasta risa, ya que intentaba impasiblemente colocarle el anillo.

Quizás su cuerpo actuó de la mejor forma imaginada, procurando parecerse lo más posible a la estatua. No sabía lo que le estaba ocurriendo, pero cada vez sentía cómo su cuerpo se hacía más y más duro. Por el contrario su corazón cada vez se hacía más blando. Tanto que se volvió polvo. Polvo de estrellas, fundiéndose con el de la estatua; y lloraron de alegría por estar juntos; pero lloraron en seco, que dicen que duele más.

Todos le tacharon del más loco del manicomio cuando comentó su pasión por aquella maravillosa estatua; sin embargo, ese rechazo de los demás le hizo ser más fuerte, y, en su locura, pudo encontrar la libertad y la seguridad que da el que no te entiendan, ya que el que lo hagan, hace que te esclavices en cierto modo.

Se encontraba muy raro, pero se sentía bien; no podía moverse, pero estaba junto a su amada. La gente que pasaba por la calle pudo ver cómo millones de centelleantes ráfagas iluminaban el cuerpo de estas dos estatuas que cada vez se fueron haciendo más compactas de aspecto (quizá como irónica metáfora de la fragilidad de sus almas), hasta convertirse en una dura escultura de mármol que juntas lucían resplandecientes. Y así fue, y sigue siendo hasta hoy, que los dos siguen luciendo espléndidos en el centro de la ciudad para disfrute de todos los ciudadanos y goce de ellos mismos.

Mientras, los demás no paran de hacerse preguntas lógicas sobre lo que pudo haber sucedido aquella calurosa tarde de verano, sin saber que la realidad que vivieron era la pura fantasía de un loco de amor.

  

FIN

  

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*Beatriz Bonilla Cortés es alumna del curso 1.º de Magisterio en la especialidad de Maestro en Educación Primaria, en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga. Curso académico 2002-2003.

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año IV. Número 26. Enero 2005. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2005 Beatriz Bonilla Cortés. Reservados todos los derechos © 2002-2005 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España). Cualquier reproducción total o parcial debe contar con autorización expresa.

 

  

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