ENERO 2005

1 / N.º 26

   

¡SOCORRO! ¡ME CASO EN DICIEMBRE...!

Luis Buero

 

                                                             

 

  

J

amás dudaría de mi decisión de casarme con Vero, el ser más dulce que existe. Mi espanto proviene por haber descubierto (y sin pretender emular a un Rousseau) que la vida es simple, pero el ser humano la complica.

Esta historia comienza días atrás, una tarde en un banco de plaza, frente a los lagos de Palermo, momento solemne en el que le pregunté a mi novia si quería casarse conmigo. Gracias a Dios ella me respondió con un “¡sí!”, y, mientras me besaba, yo me vi parado frente a un juez de Paz, con mi único saco sport azul, recibiendo de su mano la libreta roja.

Sabía que el trámite cuesta sólo 20 pesos y, como tengo el nuevo estatus argentino (el desesperante), me dije “Luiggi, podés casarte”.

Todo lo que vino después se parece a esas películas americanas en las que el tipo aprieta un botón y desata un maremoto.

Aún no habíamos dejado ese bucólico paisaje cuando, desde su colorido teléfono celular, le contó a mi futura suegra que yo acababa de declararme. De inmediato cortó y, con una sonrisa de oreja a oreja, exclamó: “¡Mami nos regala la fiesta!” “¿La fiesta? ¿Qué fiesta? ¿Me tengo que vestir de pingüino?”, grité.

Y ella, llevándome del brazo por el pasto a toda velocidad, comenzó a enumerar: “Mi amor, no entendés nada; hay mucho que pensar: ver qué registro civil nos toca, elegir la iglesia, buscar los testigos, yo tengo que hacerme el vestido de novia, confeccionar la lista de invitados y ambos debemos decidir dónde pasaremos la noche de bodas y la luna de miel!”

“¿Todo eso? ¡Yo sólo quería casarme...!”, murmuré aterrorizado, mientras ella seguía hablándome de tarjetas, sobres, souvenires, las flores, el catering, el disk-jockey, el auto antiguo, la torta, el análisis de sangre, el certificado de bautismo, los anillos, el coiffeur, la maquilladora,  el fotógrafo, y dónde sentar a los ex maridos y ex mujeres y la gente que sabemos que se tiene bronca.

Pocas horas después estábamos sentados en un aula de parroquia, entre muchas parejas, escuchando a un médico darnos la charla obligatoria para futuros matrimonios, donde me quedó bien claro que, para tener relaciones sexuales sin anticonceptivos y no llegar al embarazo, según el método Billings, hay que esperar a que ella esté resfriada, porque tiene que largar un moco.

Desde entonces, cada vez que veo a mi amada recordar a alguien que organizar un casamiento ocasiona más estrés que la muerte de un ser querido, no hago más que recordar el final de una película que un canal porteño emite todas navidades, en la cual meten preso a un anciano porque afirma ser Papá Noel.

Casi sobre el final de ese film, una pareja se casa delante de un sacerdote, con dos testigos ocasionales que encuentran en la calle y a los que les piden el favor de presenciar la ceremonia. El párroco, sin demasiadas vueltas, les da el sacramento, ellos se besan y se van.

Y por el resto de mi ingenua existencia, me seguiré preguntando: “¿Para qué más?”

  

FIN

   

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año IV. Número 26. Enero 2005. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2005 Luis Buero. Reservados todos los derechos © 2002-2005 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España). Cualquier reproducción total o parcial debe contar con autorización expresa.

 

  

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