EL DESCUBRIMIENTO

Susana Rita Luna

 

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L

lego a la tienda tras una larga jornada en la que todo se confabula para suceder en contra de lo que había planeado. Creí que mi trabajo de búsqueda arqueológica iba a darme más beneficios.

A diferencia de otros mortales que piensan y creen que las piedras son mudas, los hombres no dejamos de leer en ellas el pasado misterioso que se despliega.

¡Pero esta expedición...! Ningún hallazgo ilumina mis ojos. Mi cuaderno se encuentra en blanco... ¿Cómo llegaré a sobrevivir si no descubro una; tan sólo una muestra de vestigio egipcio? Mañana vence el plazo que me otorgó Mister Chirc (responsable de asuntos egipcios en el British Museum) y tengo que entregar algún hallazgo... De lo contrario, adiós a la expedición y al futuro de inmersión del pasado.

Mañana... ¡tan cerca y tan amplia!

  
       

La piedra de Rosetta

Losa de basalto negro, de 75 cm de ancho por 95 de alto, descubierta por las tropas de Napoleón en 1799 cerca de Rosetta.

  

Decido no abatir la esperanza; sí, con sólo una muestra, mi futuro se verá cambiado.

Comienza el día... sí, el último, en el que, a final de la tarde, he de presentar a Mister Chirc los hallazgos que serán la llave de la travesía al valle del Nilo donde las momias junto a Osiris descansan.

Mi expedición ha sido numerosa (en cuanto a la cantidad de obreros que en ella trabajan). ¿Tal vez por ser la menos productiva? Pues hemos de luchar con los mitos y leyendas de los que abren el desierto para perturbar las almas.

Amaneció. Me dispongo a trabajar con más ansias. Siento, mientras desayuno, un malestar en la boca del estomago... ¿Nervios? ¿Temor? Pero alejo los pensamientos y simplemente me encamino a la excavación.

Ya ha sido cubierta toda la hectárea, sólo resta una décima por excavar, y allí me dirijo con pico y pala. El sol del equinoccio llega al cenit y, justo a las doce, mi pico roza un tablón de arenisca roja. Quedo perplejo.

—¿Qué sucede? —pregunta el capataz de la cuadrilla.

—No sé, creo que me he topado con algo...

—¿Sí?

—Es una laja de arenisca... ¡Tiene inscripciones! ¡Cuidado!... ¡Ayúdame a limpiarla!

Inmediatamente tomo el cepillo con hebras de pincel y comienzo a limpiar esta laja naranja y descubro ante mí jeroglíficos que se asoman, que nacen a la vida nuevamente... ¡No puedo dar crédito a lo que ven mis ojos!

El capataz me devuelve a la realidad y me advierte que Mister Chirc está en la tienda de campaña leyendo el cuaderno (ese que no tiene ninguna inscripción de descubrimiento impreso).

Comienzo a reír a carcajadas y con ello llamo su atención y le obligo a acercarse.

Llega a mi lado justo en el instante en que termino de limpiar el último signo, cuando descubro que esa piedra tiene el lenguaje y misterio de la humanidad completa.

Pasados ya los años, me transformo en el experto egiptólogo del British Museum gracias a mi único descubrimiento, esa piedra muda, la de Rosetta, que permitió que los hombres no enmudezcan, aunque las arenas entierren pasado y esperanzas.

En mi cuaderno de campaña, aquel día y como única anotación, cite: “Las piedras son mudas, los hombres no pueden dejar de leer en ellas la historia que narran”.

  

FIN

   

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año III. Número 21. Junio 2004. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2004 Susana Rita Luna. © 2004 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga.