N.º 16

ENERO 2004

3

  

  
  

La mirada del Solitario

Susana R. Luna  

 

  

H

ace tantos años, que ya ni se lo recuerda. La Tierra tenía su corteza intacta, con magistrales granitos acaramelados. La furia interna se transforma en magma y, de ella, se desprende, como una lanza hacia el corazón del cielo, un gigante dormido que se despereza y alcanza las estrellas.

Antes de encontrarme con él, he tenido que recorrer senderos de grava. Atravesé siete túneles (siete... ¿marca suerte o energía?), donde le hice cosquillas a la montaña. Sinuosa ruta que se eleva, y, con su paso, voy descubriendo colores que una paleta de acuarelas no podría definir con sus polícromos vocablos.

Algunas montañas están recostadas sobre sus espaldas. Otras, en cambio, sólo muestran circos y morrenas, pero, como no puedo describir aquello que se despliega ante mis ojos, retengo en la retina la inmensidad, y yo, solamente, puedo admirar sin enunciar palabra.

     

   

El pico Aconcagua está en la cordillera de los Andes, en la provincia argentina de Mendoza, y alcanza una altura aproximada de 6962 metros.

Circos glaciales se descuelgan de lo alto y, formando cascadas en sus contornos, se descubren morrenas. Cuando nieva, el circo queda sepultado esperando renacer en primavera y los glaciares producen el declive para que algunos intrépidos desafíen la naturaleza e intenten dominarla con zapatos de no atletas.

El camino nos conduce a los penitentes que claman silencio y oración a los transeúntes que por allí pasan. Es imposible no acallar las ideas ante tan fascinante formación que representa a dos monjes que cuidan la montaña desde la montaña.

De pronto, como sin notarlo, volvemos a sorprendernos con el agua. ¿Puede el agua sorprender? Hasta hoy, no lo creía, pero si usted viera lo que he visto, seguro respondería ¡sí!

El agua se ha combinado con hierro, yodo y sales. Ha taladrado la piedra y, por años, ha socavado un túnel con pasillos, galerías, estalactitas y estalagmitas. La luz se descompone en su interior formando un arco iris y la corriente salitrosa corre por canales y se arroja al lago del interior. El puente del "Inca" (así lo llaman) tiene el misterio y encierra la leyenda cuyana que da cuenta de un paso secreto desde aquí hasta Cuzco (corazón inca en Machu Pichu; sólo siete días —dicen— tardaría la travesía). Mojamos los pies en esa agua sorprendente, la sentimos cálida, y, como energía pura de montaña, penetra la piel y lleva luz a nuestra alma.

Sobre el puente, el pasto forma un colchón verde aterciopelado que invita al caminante a recostarse y a soñar con días de ancestros dinosaurios que correteaban por sus lajas. Una vivienda, sólo una, se levanta con aspecto de repostería. Convida a alejarse para disfrutarla en su magnitud. Otra cabaña pasaría desapercibida, pero ésta alcanza la composición de una postal perfecta.

El derrotero nos ubica en la ruta nuevamente. Al conductor le anuncia el gendarme del puesto que en el mirador se detenga.

Sin saberlo, cuando el auto se detiene, siento temblor por la espalda. No puedo explicarme qué sucede, pero, lentamente, voy elevando mi rostro, y allí, entre otros tantos, se distingue. No podemos dejar de verlo. Es magistral, voluptuoso, inhiesto, punzante, refinado, imponente... “Aconagua-6962 s/m”. Solamente eso reza el cartel y en él se concentra toda la geografía topográfica de la Tierra.

El silencio reinante nos pide una oración apenas audible. ¿Cómo no reconocer la fuerza de granito que nos reta?

Solamente callamos... Rezamos... ¡Admiramos...!

A sus pies, un sendero se detiene ante un lago relicto de geologías pasadas. “De los Horcones” es su nombre, pero me parece que en ese escenario “de los Halcones”, también podría ser bautizado. Mientras reflexiono sobre ello, el cielo, turquesa en exceso, proyecta una sombra a mi lado y un halcón despliega sus alas y, elevándose, apunta a la cima del gigante. ¡Tal vez es la respuesta a mi oración! ¿Será una señal?

Sentir el silencio y disfrutarlo. Dañarse los oídos con tanta calma... Como en un principio, cuando no existía nada. Volver a las raíces es la culminación de la esperanza. Volver a donde empezó la vida no sólo es un postulado filosófico, ya que aquí y ahora es el sentir de mi alma.

  

  

  

_______________

Susana Rita Luna (Buenos Aires, Argentina, 1967) es docente de profesión. En narrativa, cultiva con preferencia los cuentos, en los que aborda, generalmente, temas sociales y educativos, que la autora, inspirándose en su realidad cotidiana de docente, desarrolla magistralmente en un ambiente sórdido e infrahumano que describe con toda la crudeza de la realidad. Cultiva también la poesía, en la que nos muestra toda la sensibilidad de que es capaz un corazón que vive entregado a los demás. Conocida de todos como “Su Seño”, administra la lista “TU CASA, MI CASA” (www.elistas.net/lista/tucasa_micasa), medio del que se vale para la publicación de mensajes y textos, tanto en prosa como en poesía, de creación propia y ajena.

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año III. Número 16. Enero 2004. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2004 Susana Rita Luna. Reservados todos los derechos © 2002-2005 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España).