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N.º 28

MARZO 2005

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LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA

Marta Cepas González* 

 

  

               

               

  

P

ara comprender el significado de lo que supuso para España la batalla de las Navas de Tolosa, se hace necesario contextualizarla históricamente, así sabremos de qué hablamos cuando nos centremos específicamente en este acontecimiento histórico de capital importancia en el devenir de la España cristina.

Allá por el año 600 de nuestra era, Mahoma, profeta del Islam, que había nacido en La Meca (Arabia) unas décadas antes, consiguió unir a centenares de tribus árabes nómadas para empezar una época de expansión que llevaría el Islam y la creencia en Alá a los confines del mundo. A todos aquellos pueblos que decidieron seguir las creencias del profeta se les llamó ‘musulmanes’, que significa «los que se someten a Dios, los que se someten a Alá».

La llegada del Islam a la Península Ibérica se explica por la dinámica de conquista musulmana hacia Occidente iniciada en tiempos de Umar I, logrando que dominios del nuevo imperio se extendieran desde Egipto (639) hasta Marruecos (hacia el año 700). Desde allí, por el estrecho de Gibraltar, dan el salto hacia la Península, en la que el reino visigodo agotaba la última etapa de su existencia entre guerras civiles y traiciones. Los pueblos, tribus o etnias que se topaban con los musulmanes y cuyas creencias religiosas no estaban muy definidas, entraban a formar parte del pueblo musulmán, así que, para la época de la conquista de España, el Islam se había difundido ya desde Arabia a todo el Norte de África, por Occidente, y el lago Aral y el río Indo, por Oriente, constituyendo una civilización poderosa.

En un principio, al extinguirse todos los parientes de Mahoma al frente del califato (llamado el Califato Perfecto), se entroniza la dinastía de los Omeyas (el Califato Omeya), bajo cuyo dominio el imperio alcanza su máximo esplendor. Moavia, su creador, traslada la capital de Medina a Damasco (Siria) y hace hereditario el trono. Las cuantiosas riquezas de la conquista ocasionaron la corrupción de costumbres y el consiguiente recelo entre las otras familias nobles, y, a mediados de siglo VIII, los Omeyas son destronados y exterminados por Abul-Abas, perteneciente a los Abasíes, que implanta una nueva dinastía al frente del imperio (el llamado Califato Abasida). Los Abasíes trasladaron el centro de poder a Bagdad (Irak).

  

La España musulmana

La historia de la España musulmana comienza en el año 711. A finales de abril de ese año, Tariq ibn Ziad, a la cabeza de un ejército de siete mil hombres, cruza el estrecho para desembarcar en la Península Ibérica. En un intento de paliar lo irremediable, el rey godo don Rodrigo le sale al frente, resultando derrotado y muerto a las orillas del río Guadalete. Despejado el camino de cualquier obstáculo, los ejércitos musulmanes dispusieron proseguir la campaña de conquista, y, en unos cuatro años, sin apenas oposición, el poderío árabe se extendía, prácticamente, por todo el territorio peninsular, al que denominaron Al-Andalus. En su irrefrenable avance, atraviesan los Pirineos y penetran en el reino de los francos, donde Carlos Martel les pone freno en la batalla de Poitiers (732), cuando emprenden su camino de vuelta a la Península, ya sometida casi en toda su extensión.

Los musulmanes manifestaron un profundo respeto hacia los cristianos, lo que contribuyó a que las ciudades y poblados españoles se sometiesen sin oponerse demasiado a la nueva cultura invasora. Durante siglos, cristianos y musulmanes convivieron pacíficamente, discrepando en muchos aspectos, pero aceptándose por lo general, y, a pesar de las grandes diferencias religiosas y culturales, se logró una tolerancia excepcional.

Como es lógico, los musulmanes, aun dominando prácticamente la totalidad de la Península, tuvieron más influencia y más poder en el Sur, el sitio de su invasión inicial. Los pueblos del Norte de España, tan pronto como les fue posible, iniciaron una rebelión contra los invasores, y, en un lento proceso reconquistador, fueron empujando a los árabes cada vez más al Sur.

Desde el 714 hasta el 756, la Península Ibérica constituyó una provincia del Islam bajo la soberanía de los califas Omeyas. La capital, inicialmente situada en Sevilla, se estableció definitivamente en Córdoba.

De la matanza de los Omeyas, logró escapar el príncipe Abd al-Rahman, que, fugitivo por tierras de Siria y África, llega a España, donde, ayudado por la nobleza partidaria de su familia, derrota al emir Yusuf, dependiente de Damasco, y crea un nuevo Estado árabe con sede en Córdoba, conocido como Emirato Independiente (756). Abd al-Rahman (756-788) adquiere el título de Emir y desarrolla una política independiente de Bagdad. Ocho emires se sucedieron del 756 al 929, en una época oscurecida con diversos levantamientos muladíes (cristianos convertidos al Islam) y mozárabes (cristianos que no llegaron a negar sus creencias como lo hicieron los muladíes), que Abd al-Rahman I reprimió drásticamente. Le cabe la gloria de la construcción de la Mezquita de Córdoba.

  

Del Califato de Córdoba a los Reinos de Taifas

Abd al-Rahman III (912-961), último emir del Emirato Independiente, consideró que, al ser descendiente de los antiguos califas Omeyas de Damasco, podía fundar un califato, y, de esta forma, independizarse totalmente de los califas Abasíes de Bagdad. Así lo hizo cuando corría el año 929.

En el año 976, Hisam II deja el ejercicio del poder en manos de su lugarteniente Almanzor, que organiza un gran ejército y guerrillea continuamente con los cristianos, sobre todo por la zona del valle de Duero, consiguiendo numerosos triunfos, pero unidos los ejércitos de Castilla, León y Navarra, es derrotado y muerto en Calatañazor (Soria), en el año 1002. La muerte de Almazor fue la señal del fin del esplendoroso Califato de Córdoba, que culminará en 1031 con su disolución y la formación de minúsculos Estados, llamados Reinos de Taifas.

Todas las grandes familias musulmanas quisieron hacerse con el mando del territorio andalusí o, al menos, de su ciudad, y así fue como surgieron una veintena de pequeños Estados independientes llamados Taifas, que fueron grandes centros de cultura, en franco contraste con su gran debilidad militar. Es un periodo de reyes débiles con cortes fastuosas. Granada, Sevilla, Toledo, Badajoz y Valencia fueron algunos de los Taifas más destacados.

Estos débiles reinos taifas intentan sobrevivir como pueden frente a la creciente presión cristiana. En 1085, Alfonso VI (rey de León y Castilla) conquista el reino taifa de Toledo. Alarmados ante el peligro de ser totalmente sometidos (además, son los años del mítico Cid Campeador...), los reyezuelos de los Taifas decidieron solicitar la ayuda de los almorávides, tribu musulmana muy guerrera, integrista e intolerante, que ya habían formado un imperio poderoso por todo el Norte de África. Los almorávides enviaron un ejército, que, al mando de su emperador Yusuf ibn Tasufin, derrotó a los cristianos en Sagrajas (1086) y luego en Uclés (1108).

Después ocurrió lo que los soberanos taifas se temían: aunque frenaron el avance cristiano y recuperaron territorios que sus hermanos andalusíes habían perdido, pronto los almorávides expulsaron del poder a los distintos reyezuelos, unificaron Al-Andalus incorporándola a su imperio.

Sin embargo, los almorávides apenas estuvieron en el poder sesenta años ya que se encontraban presionados desde tres frentes: por los propios musulmanes andalusíes, en contra de un gobierno muy estricto tanto en aspectos económicos como culturales; por las hostilidades del rey navarro-aragonés Alfonso I el Batallador, que los expulsa del valle del Ebro (1118); y por constante amenaza de invasión por parte de una nueva secta musulmana, los almohades, que había logrado imponerse en todo el Norte de África. La incidencia de estas circunstancias ocasiona que el reino almorávid-andalusí se desintegre otra vez en unos efímeros segundos reinos de Taifas (1145), gobernados por los líderes almorávides, que terminan por ser sometidos por los almohades.

  

Alfonso VIII de Castilla

  

La invasión almohade y Alfonso VIII “el de las Navas”

Los almohades, tras sublevarse contra los almorávides, se habían apoderado de todo el Norte de África hacia 1130, dando fin al Imperio Almorávid, que fue sustituido por el Imperio Almohade. Victoriosos en África, los almohades emprenden la invasión de Al-Andalus (1146), y, después de cruentas luchas, logran someter a todos los reinos o núcleos independientes: la España musulmana queda de nuevo unificada y el centro de poder pasa de nuevo a Sevilla. Sin embargo, tampoco llegaron a gobernar durante un periodo de tiempo extenso (apenas 65 años). Éstos se encontraron con el principal problema de la Reconquista cristiana, que nunca pudieron frenarla realmente. No obstante, en 1197 conciertan una tregua con los reinos cristianos, que dura algo más de una década.

A comienzos del siglo XIII, la Península Ibérica se dividía territorialmente en los siguientes dominios: la mitad norte se fraccionaba en los cinco reinos cristianos de Portugal, León, Castilla, Navarra y Aragón, y el Sur y Levante estaban bajo dominio almohade; entre ambas zonas, a modo de frontera, existía un extenso territorio casi sin población en el que los almohades levantaron un gran número de fortalezas defensivas para frenar el avance cristiano.

Durante esta época, el reino cristino que más combatió contra los almohades fue Castilla, cuyo rey, Alfonso VIII (1158-1214) decidió convertirse en abanderado de la causa reconquistadora,  que se había paralizado tras la tregua de 1197, batallando en varias ocasiones con los musulmanes-almohades. Sintiéndose suficientemente fuerte, tuvo la audacia de presentar él solo batalla a los norteafricanos, pero su inexperiencia le costó la estrepitosa derrota de Alarcos y la pérdida de Calatrava (Ciudad Real, 1195).

  

Un pastor de cabras indicó a Alfonso VIII un paso por el que, sin riesgo alguno, llegó el ejército a un sitio ventajoso para la batalla.

  

La Navas de Tolosa

Fue por entonces cuando se empieza a hablar de una gran batalla entre el bando cristiano y el musulmán, que decidiría gran parte del futuro de la Península. La confrontación parecía tan inevitable como necesaria, y ambos bandos empezaron a prepararse la batalla.

Alfonso VIII no vivía para otra cosa que para tomarse la revancha de Alarcos y propiciar a los musulmanes un golpe de tal envergadura que no pudieran volver a levantarse. Para ello necesitaría un ejército imponente, y él no lo tenía. Además, sólo contaba con la amistad del reino de Aragón y temía que León y Navarra, recelosos del poderío que estaba alcanzando Castilla,  atacaran su reino si se marchaba con todo su ejército hacia el Sur para luchar contra los almohades. Por ello solicitó ayuda al papa Inocencio III, y éste accedió sin muchas vacilaciones.

El Papa proclamó una cruzada contra los musulmanes, y prometió conceder ‘indulgencia plenaria’ a quienes acudiesen a la Península a luchar junto a los cristianos de la zona. Solicitó a los reyes de Navarra y de León que aplazasen para otro momento sus disputas personales con Alfonso VIII y se unieran a los castellanos en favor de la causa común. Les advirtió que, en caso de aprovechar la guerra para invadir Castilla, serían excomulgados.

Desde toda Europa, pero sobre todo desde Francia, se dirigieron hacia España miles de personas pertenecientes a todas las clases sociales: nobles, hidalgos, caballeros, villanos... Del ámbito peninsular, Navarra, Aragón y Portugal accedieron a combatir junto a Castilla, pero Alfonso IX de León decidió no formar parte del ejército cristiano, aunque sí se comprometió a respetar el territorio castellano.

El punto de partida era Toledo. Allí se concentraron en la primavera de 1212 todos los ejércitos cristianos: Alfonso VIII de Castilla, Alfonso II de Portugal, Pedro II de Aragón, Sancho VII de Navarra y los cruzados europeos, todos dispuestos a partir hacia el Sur y derrotar a los nuevos invasores. En el camino hacia Andalucía conquistaron diversos sitios y fortalezas almohades, entre las que cabe destacar la gran fortaleza de Calatrava. En la conquista de la esta fortaleza, Alfonso VIII dejó retirarse sin ningún castigo a muchos de los musulmanes que la custodiaban, lo cual suscitó el descontento de un gran número de cruzados, que, debido a esto y a que venían agotados por la escasez de alimentos y por el calor del verano peninsular, decidieron volver a sus países de origen, reduciendo significativamente los efectivos del ejército cristiano.

 El día 13 de julio de 1212, el ejército cristiano se encontraba muy cerca de donde se llevaría a cabo la batalla final, y separado del ejército rival por el desfiladero o paso de la Losa (Sierra Morena), fuertemente custodiado y estudiado por los almohades. El desfiladero era un lugar tan angosto que un regimiento de pocos efectivos con pleno conocimiento de la zona podría derrotar a cualquier ejército de la época que se atreviese a cruzarlo. La alianza cristiana tenía dos opciones: avanzar por aquel estrecho paso, lo que a ciencia cierta provocaría infinidad de pérdidas, o retroceder las líneas, bajar Sierra Morena e intentar buscar otra ruta que no estuviera custodiada por los enemigos. Después de muchas discusiones, Alfonso VIII, como dirigente del ejército cristiano, dijo las siguientes palabras ante sus cabecillas: “Retirarnos supondrá agotar y desalentar a nuestras tropas; además, seguramente no exista otro paso que no esté custodiado por el enemigo, y, confío en no sufrir demasiadas pérdidas, por lo que decido proseguir nuestro camino por el paso de la Losa”. El ejército sabía lo que esta decisión podría suponer, pero, armados de valor y convencidos de la necesidad de abatir la amenaza almohade, decidieron seguir las órdenes de su general.

  

El rey de Navarra Sancho VII rompe las cadenas que defienden al rey almohade.

  

En las crónicas cristianas se cuenta que lo que ocurrió varias horas después de tomar tan importante decisión, fue un milagro obra del propio Dios. Afirma la tradición que un pastor de cabras se presentó ante Alfonso VIII señalándole un camino que aseguraba no estar vigilado por los almohades. Alfonso VIII confió en el pastor y envió a una cuadrilla de soldados liderados por el gran general castellano Don Diego López de Haro a comprobar tal sendero. Acreditaron que el pastor llevaba razón. Al día siguiente, el ejército cristiano levantó el campamento y se puso en camino hasta llegar a una meseta (Mesa del Rey), donde acamparon por última vez antes de la gran batalla.

La mañana del 16 de julio de 1212 tuvo lugar la batalla en un llano llamado “Navas de Tolosa” o “Navas de la Losa”, cerca de la mesa del Rey y del paso de la Losa, enclaves donde un par de días antes se encontraban frente a frente los cristianos y los almohades, respectivamente. Actualmente existe en el mismo lugar de la contienda una aldea que lleva el mismo nombre que el llano y que daría nombre a la batalla; cerca de este lugar también se encuentran los municipios jienenses de La Carolina y Santa Elena.

El ejército cristiano, formado por unos 70.000 hombres, se colocó en formación de ataque estructurado en tres columnas. En la columna central se encontraban los castellanos y los cruzados europeos que quedaban después de la espantada general que tuvo lugar tras el asedio de Calatrava, a la izquierda se encontraban los aragoneses y a la derecha los navarros. A su vez, cada columna estaba dividida en tres líneas: vanguardia, media y retaguardia.

Las tropas musulmanas las constituían unos 150.000 soldados, dispuestos en cuatro líneas, una tras de otra: la primera línea estaba formada por andalusíes del pueblo llano; la segunda, por árabes y beréberes (etnias musulmanas que vinieron a Al-Andalus con la invasión almohade); la tercera, por el grueso del ejército almohade, y, por último, la guardia personal de Mohamed al-Nasir, el rey almohade, constituida por 10.000 negros que formaban con sus picas un verdadero muro de hierro en torno a la tienda real, sólidamente protegida por gruesas cadenas de hierro.

Fue Don Diego López de Haro, al mando de la vanguardia castellana, quien empezó el ataque cristiano. Con la ayuda de la línea media castellana y la vanguardia y parte central aragonesa consiguió doblar las dos primeras líneas del ejército musulmán. Nadie se explica hoy cómo pudo conseguir tal hazaña, ya que la diferencia de hombres en ese primer choque era abismal. Fue entonces cuando intervinieron los almohades, provocando un duro golpe a López de Haro y los que habían quedado con vida.

Al notar el retroceso de los cristianos, Alfonso VIII se coloca al frente de sus caballeros e infantes e inicia una carga decisiva junto con los reyes de Aragón y Navarra que, a su vez, cargan a una contra los flancos del ejercito musulmán. Este acto de los reyes y caballeros infunde nuevos bríos en el resto de las tropas y es decisivo para el resultado de la contienda. En un frenético empuje, los cristianos hacen retroceder a los almohades hasta el mismo punto donde se encontraba el rey al-Nasir, que vio cómo sus tropas eran derrotadas de forma abrumadora, provocando la desbandada total de los soldados. En este punto, cuenta la tradición que el rey Sancho de Navarra atravesó sus últimas defensas y rompió el férreo cerco de cadenas que rodeaba la tienda. Al ver el giro que tomaba la contienda, al-Nasir ordena tocar retirada y huye precipitadamente hacia Jaén. Se dice que fue tal el desastre, que el rey almohade tuvo que utilizar un burro para poder escapar de la muerte.

Los ejércitos cristianos, agotados por la batalla, decidieron volver a sus territorios respectivos, desaprovechando las ventajas que les brindaba una victoria así. El objetivo de la campaña, abatir para siempre el sistema defensivo musulmán, ya estaba conseguido, al tiempo que quedó afirmado como frontera cristiana el borde de Sierra Morena, de manera que la presencia musulmana en la Península quedaba reducida, prácticamente, a lo que hoy es Andalucía.

  

Alfonso VIII de Castilla, victorioso sobre sus enemigos en la batalla de las Navas de Tolosa.

  

De la Navas de Tolosa a Granada

La batalla de las Navas de Tolosa contribuyó nuevamente al desmembramiento de Al-Andalus en reinos de Taifas, lo que favoreció que fuesen cayendo uno tras otro ante el empuje cristiano, hasta quedar como último vestigio musulmán el reino de Granada (Granada, Málaga y Almería), gobernado por la dinastía nazarí. El reino sobreviviría precariamente hasta que Boabdil “el Chico”, último rey musulmán español, entregó las llaves del reino a los Reyes Católicos y se retiró a África. Era el 2 de febrero de 1492.

  

BIBLIOGRAFÍA FUNDAMENTAL

www.ahl-ul-bait.org/Espanol/maqalat/history/es_h_de_al-andalus/es_h_de_al-andalus(6).htm

www.ahl-ul-bait.org/Espanol/maqalat/history/es_h_de_al-andalus/es_h_de_al-andalus(2).htm

www.alandalus-siglo21.org/pages/imper.html

www.andalucia.cc/adn/0997nar.htm

www.fortunecity.es/losqueamamos/pieza/272/tolosa.htm

www.promojaen.es/despe%C3%B1aperros/batalla.htm

ROSADO LLAMAS, M.ª Dolores y Manuel Gabriel LÓPEZ PAYER (2001): La batalla de las Navas de Tolosa. Historia y Mito. 1.ª ed., Caja Rural Jaén, Jaén.

VICENS VIVES, Jaume (1953): Aproximación a la Historia de España. 9.ª ed., Ed. Vicens-Vives, Barcelona.

VV. AA. (1991): Crónica de España. Edición especial para ‘Diario 16’, Plaza y Janés, Madrid.

  

  

  

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*Marta Cepas González (Málaga, 1982) estudia 3.º de Magisterio, especialidad de Maestro en Audición y Lenguaje, en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga. Curso académico 2003-04.

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año IV. Número 28. Marzo 2005. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2005 Marta Cepas González. Reservados todos los derechos © 2002-2005 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España).

  

  

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