Click here to send us your inquires or call (852) 36130518
     

EL «PUENTE DE LOS ALEMANES» DE MÁLAGA

José Antonio Molero

 

   

 

  

U

n trágico suceso ensombreció las vísperas navideñas en Málaga el 16 de diciembre de 1900. La fragata de guerra alemana Gneisenau, de 2843 toneladas de peso, con 14 cañones, una tripulación de 19 oficiales, 51 guardiamarinas, 186 marineros y 210 grumetes, y comandada por el capitán de navío Kretschmann, se estrelló contra las rocas del rompeolas del muelle portuario arrastrada irremediablemente por un terrible vendaval que se desató aquella mañana, saldándose la tragedia con un número de muertos hasta entonces desconocido en estas costas.

  
      

La fragata alemana Gneisenau

  

El naufragio de la fragata Gneisenau

Tras un largo periplo, la Gneisenau había arribado al puerto de Málaga la mañana del 15 de noviembre y venía a esta ciudad con órdenes de intervenir militarmente en Marruecos en caso de que se hiciese necesario defender los intereses alemanes si se complicaba la turbulenta situación interna que atravesaba este país árabe norteafricano.

Aprovechando su estancia en Málaga, los guardiamarinas efectuarían ejercicios de tiro y, durante los 14 días que el navío estuvo fondeado en el puerto, la tripulación, en sus días de descanso, hizo excursiones de carácter instructivo a Granada y a los bellos pueblos de la comarca, y se relacionó con la colonia alemana que habitaba en esta ciudad. Para los malagueños, la presencia de la tripulación alemana en las calles de Málaga había llegado a ser muy familiar. El servicio diplomático oficial se había realizado a entera satisfacción de España y Alemania, con recepciones a bordo y en el Ayuntamiento de las autoridades locales y los alemanes, e intercambio de discursos y obsequios.

Para dejar espacio a otros barcos, la Gneisenau había fondeado en el muelle Este con dos anclas por la proa y con la popa sujeta a los amarres del muelle, pero con motivo de llevar a efecto los ejercicios de tiro que estaban previstos, el navío salió a principios de diciembre fuera del muelle y había anclado en la bahía, a unos 800 metros de distancia del espigón del muelle.

La mañana del 15 de diciembre se había presentado desapacible y todo hacía presagiar un empeoramiento del tiempo. Al amanecer del día siguiente, un fuerte temporal proveniente de Levante aconsejó a las autoridades de Marina españolas recomendar al oficial alemán que volviese a fondear la nave en el interior del puerto.

Pero el comandante Kretschmann, desatendiendo el consejo, da órdenes de de internarse mar adentro para así afrontar mejor el temporal que se avecinaba. A las 10.42 horas, el primer oficial le pide al comandante levar el ancla y dar el aparejo de velas para poder alejarse lo más rápidamente posible de la bahía con ayuda también del motor. El teniente de navío Berninghaus hace subir la tripulación por la jarcia hacia las vergas: los guardiamarinas a la velas mayores y los grumetes a los velachos y juanetes, pero tienen que bajar de nuevo, porque la operación de largar las velas requeriría mucho tiempo para desenfundarlas de la protección que se le había puesto para evitar la suciedad del polvo y el agua de la lluvia. El comandante ordena entonces levar anclas, izar los tres foques y hacerse a la mar con las máquinas a bajo vapor, lo más rápido que sea posible.

Hasta las 10.50 horas, todo parece salir bien, pero enseguida comienza a descender el vapor en la máquina, las revoluciones se reducen y se ralentiza la velocidad. Por otra parte, el buque no puede ser gobernado a causa de la enorme fuerza del viento, que empuja inexorablemente al navío hacia la costa. Al percatarse de que todo esfuerzo resulta inútil, el comandante decide arriar las tres velas de foques y ordena a toda la tripulación que esté en cubierta, lista para actuar a las órdenes del oficial al mando.

Cinco minutos antes de las 11 horas, el vendaval arrecia su ímpetu cada vez más de forma ensordecedora. Los fogoneros intentan desesperadamente atizar las calderas para aumentar su presión, pero, al cabo de unos pocos minutos, la máquina se para completamente, y el buque, ya sin gobierno, se ve arrastrado a gran velocidad hacia el mortal rompeolas. El comandante ordena con urgencia arriar el anclaje, pero las anclas no agarran, garrean por el fondo rocoso. La distancia al espigón del muelle se hace temerosamente más y más pequeña hasta que todo resulta ya inútil. El comandante ordena cerrar portillos y se oye finalmente su voz angustiada que grita desde el puente de mando el abandono de buque, y la Gneisenau se estrella contra el muelle, cuyas rocas penetran en el casco del buque ocasionando grandes vías de agua, que empieza a inundar su interior y a sumergirla lentamente: el navío está perdido irremisiblemente. Son las 11.05 de aquella mañana decembrina.

Aunque el violento golpe de choque con el casco hace temblar todo el navío sacudiendo sus mástiles, no se produce pánico en la tripulación, que se emplea en llevar a los enfermos a cubierta y en liberar a los arrestados. Para evitar explosiones, los fogoneros, con el agua hasta las rodillas, sacan las últimas brasas del interior de los hornos, mientras las calderas se apagan por las vías de agua que se han producido.

Lo primero que tropieza contra el muelle es la banda de estribor, lo que es aprovechado por una treintena de miembros para saltar por la borda hacia las rocas y salvar sus vidas. Mientras la nave gira su popa para quedar en paralelo al muelle, se echan varias amarras por donde se salva la mayor parte de la tripulación, aunque unos veinte de ellos mueren en el intento. No resulta nada fácil esta vía de salvación, ya que la inclinación de los bandazos del navío hace que las amarras de lino y de cáñamo se sumerjan en un arco ahogándose sin remedio los que permanezcan bajo ellas.

  

      

El capitán de navío Kretschmann, comandante de la Gneisenau

  

Cuando son las 11.25 horas, la Gneisenau se hunde en un principio hasta la borda, más tarde lentamente hasta las vergas mayores, quedando al aire los velachos y juanetes a donde los marineros suben por la jarcia e intentan salvarse por las amarras dadas al muelle. La fuerza del oleaje arranca la caseta de derrota, y el comandante, el primer oficial y el ingeniero son arrebatados por las olas mar afuera. Pocos minutos después, el comandante y el ingeniero desaparecen a lo lejos engullidos por el oleaje. El primer oficial puede agarrarse a unos maderos; sin embargo, después de dos horas y media, y a una distancia de unos 100 metros del barco, también desaparece.

Los botes volcaban y la mayoría de sus tripulantes se hundían en las profundidades o eran precipitados letalmente por el mar contra las rocas del puerto. Aquellos que saltan al agua, tienen muchas dificultades para salvarse. Entre el buque y el muelle han caído una gran cantidad de maderos, jarcias partidas, trozos de bancos, puertas arrancadas y objetos flotantes, que el fuerte oleaje lanza contra los náufragos golpeándoles hasta la muerte. Ocurre más de una hazaña de camaradería en la que se ve cómo unos, apoyando a otros, consiguen salvarlos de una muerte segura a costa de poner en peligro sus propias vidas.

En uno de los botes salvavidas del navío se han refugiado 18 hombres: casi todos son tripulantes sin experiencia náutica, algunos fogoneros, cocineros, artesanos, junto con unos pocos marineros y grumetes, pero al poco tiempo se atraviesa a la mar, vuelca y todos los náufragos menos uno, un marinero, mueren, golpeados por la embarcación o ahogados en el temible rompiente.

  

Málaga se lanza al rescate de la tripulación

Un insistente repique de campanas procedente de las torres catedralicias y de las espadañas de las iglesias de San Juan, del Carmen, de los Mártires y de Santiago anuncia a la población que algún drama está ocurriendo en algún lugar de la ciudad. Los ciudadanos, desafiando a la lluvia torrencial y a los fuertes vientos, se echaron a la calle a ver qué ocurría y, una vez orientados, acudieron al espigón, donde pudieron ver el espectáculo dantesco que ofrecía la fragata a merced de la tormenta, que la hacía chocar una y otra vez contra la escollera del muelle. Los marineros se refugiaban en lo más alto de los palos y mástiles, y allí comenzó una espera dramática de la que pocos lograron salir con vida.

Desde la Comandancia Militar de Marina se ordenaron los más urgentes auxilios, pero los intentos de llegar hasta el lugar del siniestro resultaron infructuosos una y otra vez. Los gritos de los malagueños y de los propios náufragos no cesaban, pero eran acallados de inmediato por el rugido de aquel descomunal oleaje.

Hubo que esperar a que amainase la tormenta para poder acercarse desde tierra a quienes había logrado sobrevivir aferrándose como pudieron a los palos y mástiles que aún flotaban sobre aquellas amenazadoras aguas. Muchos cadáveres fueron emergiendo tras la calma, algunos incluso aparecieron en redes de pescadores días más tarde. Fue tal el desastre que no se pudo hacer una relación completa de las víctimas hasta pasados varios días.

La tripulación que logró salvarse fue alojada en cuarteles, en el propio Ayuntamiento e incluso en casas particulares que muchos malagueños ofrecieron desinteresadamente. Los heridos fueron llevados al Hospital Noble para su atención médica. Durante el rescate murieron ahogados cuarenta y dos marineros alemanes, entre ellos el comandante, y doce malagueños de aquellos que habían acudido en ayuda de la tripulación.

Se realizaron multitudinarias exequias en honor y recuerdo de los marinos alemanes desaparecidos de forma trágica, y el entierro de las víctimas, que se llevó a cabo en el cementerio inglés de la ciudad, congregó, prácticamente, a todos los malagueños, que, con respetuoso silencio, presenciaron el paso del cortejo fúnebre a lo largo de todo el recorrido.

Los marineros recuperados de sus heridas regresaron a casa a bordo del vapor Andalucía, no sin antes recibir un emotivo homenaje por parte de los miembros de la colonia alemana en la ciudad y de los malagueños en una brillante ceremonia de despedida en las instalaciones del puerto.

El recuerdo de la ayuda que recibieron, las atenciones que les dispensaron y la simpatía y la cordialidad que les mostraron los malagueños hizo que se crearan fuertes lazos de amistad entre unos y otros. Tan profunda fue la hermandad que se originó que algunos de aquellos marineros volverían luego para quedarse definitivamente.

La prensa nacional e internacional se hizo eco del desastre y describieron a Málaga y a los malagueños como paladines de la solidaridad, el socorrismo, la atención hacia los náufragos y, fundamentalmente, como generosos ciudadanos que pusieron su vida en peligro y otros la dieron por salvar la de unos semejantes.

Sólo por este gesto, la reina María Cristina, en nombre de su hijo Alfonso XIII, concedió a la ciudad de Málaga el título de «Muy hospitalaria», que desde entonces campea en su escudo.

  

Histórica instantánea del hundimiento del navío alemán

  

Málaga sufre los efectos de una inundación

Un trágico suceso acaeció en Málaga la noche del 23 al 24 de septiembre de 1907. Las campanas de la catedral, siempre celosos heraldos de cualquier evento, comenzaron a sonar a la una de la madrugada -algo no habitual- para advertir al vecindario de que el río Guadalmedina traía tan enorme crecida que había desbordado los paredones que jalonaban su cauce, y una avalancha de agua enlodada empezaba a inundar las partes bajas de la ciudad, incidiendo peligrosamente en los barrios del Perchel y la Trinidad.

Debido a la fuerza arrolladora del agua, el puente de la Aurora fue arrastrado por la corriente y sus restos fueron a chocar violentamente contra el de Santo Domingo, situado aguas abajo, quedando obstruidos los vanos de éste. Así, a causa de la presión que ejercían los restos del puente de la Aurora y la gran cantidad de agua, el puente de Santo Domingo también cedió, llegando sus restos hasta el puente de Tetuán, que probó su solidez sirviendo de presa a las aguas, que, desbordadas, tomaron camino por la Alameda Principal y, desde allí, encontraron salida hacia el mar por el nuevo puerto, dejando tras de sí 21 víctimas y numerosos heridos e incalculables destrozos materiales.

La noticia de la catástrofe acaecida en Málaga llegó también a Alemania. La colonia alemana de esta ciudad, que no podía olvidar cómo los hijos de Málaga rivalizaron en solicitud y heroísmo aquel infausto 16 de diciembre de 1900 para el salvamento de sus hermanos los náufragos, recogiendo el deseo de sus compatriotas de mostrar alguna forma de agradecimiento al pueblo malagueño por su solidaridad con la catástrofe de la fragata Gneisenau, abrió, 24 horas después de ocurrida la inundación, una suscripción popular, que encabezó el propio emperador Guillermo II con una respetable suma, y secundada por ministros, ayuntamientos, cámaras de comercio y otros centros oficiales y particulares de Alemania. Los fondos recaudados se destinaron a la construcción de un puente en el lugar donde antes estuvo el de Santo Domingo.

El proyecto fue redactado por los alemanes y se encargó su ejecución a la Sociedad Constructora Martos y Compañía, la cual lo presentó al Ayuntamiento para su aprobación, que la mereció en su sesión del día 12 de agosto de 1908. También se acordó en dicha sesión expresar a la colonia alemana la gratitud más profunda del municipio.

Un año más tarde, el 31 de agosto de 1909, se empezó a montar la estructura, cuyo trabajo quedó concluido trece meses después. Las pruebas de resistencia se realizaron el 11 de diciembre, resultando satisfactorias. Ese mismo mes, el cónsul alemán ofrecía la obra al pueblo de Málaga, a través de su Ayuntamiento.

Desde entonces está la pasarela de hierro de Santo Domingo dando paso a los peatones sobre el río Guadalmedina, desde el Pasillo de Santa Isabel a la Iglesia de Santo Domingo. La gente la conoce como “Puente de Santo Domingo” o, más cariñosamente, como “Puente de los Alemanes”.

En uno de los dos arcos que le sirven de riostra cuelga una lápida de piedra enmarcada en hierro que literalmente dice:

«Alemania donó a Málaga este puente agradecida al heroico auxilio que la ciudad prestó a los náufragos de la fragata de guerra Gneisenau. MCM - MCMIX.»

Con el paso de los años, la pasarela sufrió los efectos de la corrosión en parte de su estructura, lo que hizo necesario llevar a cabo unas obras de reparación, que culminarían en 1984, y una vez más se hizo patente el agradecimiento de un pueblo: la antigua República Federal de Alemania se brindó voluntariamente a sufragar los costes que supuso la reparación.

  

El puente de Santo Domingo, más conocido en Málaga como "Puente de los Alemanes"

  

Un siglo más tarde

La ciudad de Málaga rememoró el centenario del naufragio de la fragata Gneisenau con diversos actos conmemorativos, entre los que destacó un emotivo homenaje a los 42 alemanes fallecidos durante la tragedia. Conferencias, exposiciones, una ofrenda floral y un concierto del trío alemán Listz centraron los actos conmemorativos organizados por el Ayuntamiento, que culminaron el día 16 de diciembre, fecha exacta del hundimiento de la fragata. Asimismo, como símbolo de agradecimiento, se efectuaron donaciones de instrumentos quirúrgicos al Hospital Noble, en el que fueron atendidos la mayoría de los alemanes heridos durante el naufragio.

 

Para el recuerdo

Entre las anécdotas que rodean esta historia pueden destacarse el que uno de los fundadores de la industria cervecera Heineken guardaba relación familiar con uno de los marineros del naufragio y que el compositor malagueño Emilio Lehmberg Ruiz descendía de uno de los supervivientes de esta tragedia, que se instaló en Málaga de forma definitiva y contrajo matrimonio con una malagueña.

Hoy se sabe incluso que uno de los malagueños que se lanzaron al agua para intentar el rescate de aquellos desdichados marinos se llamaba Enrique Caballero, a la sazón conserje del Banco de España en Málaga. Como dato curioso puede añadirse que ahora Pablo Caballero, su nieto, quiere rescatar la hazaña de aquellos muchos malagueños anónimos e inmortalizarla en una coproducción cinematográfica hispano-alemana, a cuyo efecto ya tiene escrito un guión cuyo argumento se inspira en la tragedia del barco alemán.

  

La fragata Gneisenau, fondeada en el puerto de Málaga. Pintura de Esteban Arriaga

 

   

   

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año III. Número 23. Septiembre-Octubre 2004. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2004 José Antonio Molero Benavides. Todos los derechos reservados © 2002-2004 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga.