Click here to send us your inquires or call (852) 36130518

PINCELADAS A LA HISTORIA DE LA IDEA DE EUROPA.

VISIÓN DE UN EUROPEÍSTA

Alfonso Diestro Fernández

Doctorando en Pedagogía

Universidad Pontificia de Salamanca

 

   Para saber más del autor, pulsar =

 

  

Podríamos decir que hay tantas ideas de Europa como ciudadanos europeos, pero el logro más representativo de la sociedad europea del nuevo milenio sería establecer una idea común e inherente a todos. En este momento crucial, hemos de exponer aquellos motivos que justifican la existencia de la idea de Europa mucho antes de 1957. Así podremos asimilar mejor el proceso constructivo en el que nos hallamos inmersos.

  

  

C

onsideramos que, para poder establecer una idea general del concepto de Europa —tarea mucho más compleja que la que aquí se propone—, hemos de remontarnos a sus orígenes y revisar su historia. Pero no a la historia que narran los materiales didácticos que suelen centrar su atención en las batallas y las luchas de poder —evidentemente con claros tintes nacionalistas—, sino a la historia de la formación de la idea de Europa, el sueño utópico de unos pocos, aunque con matices muy diferenciados, finalmente realizado legal e institucionalmente por necesidades económicas en 1957.

  

1. Mitología y orígenes

Alcanzar la comprensión de la idea de Europa resulta un objetivo bastante complejo, incluso podemos asegurar que, ante la presentación de las ideas y datos que a continuación vamos a exponer, se pueden extraer diferentes conclusiones de lo que Europa puede representar.

Las leyendas mitológicas cuentan que Europa fue el nombre dado por Fénix y Perimeda a una hija suya, por cuyo amor Júpiter se convirtió en toro, y, cargándola sobre sus espaldas, la llevó a través del mar hasta Creta, donde ella le dio tres hijos. Más tarde, Europa tuvo como esposo a Asterió, hijo del rey de Creta, el cual educó a sus hijos y les cedió el dominio de la isla, en la que Europa recibió los honores de diosa, teniendo incluso una fiesta propia. Desde la Antigüedad, los artistas del Viejo Continente han utilizado esta representación —la mujer a lomos del toro— como icono para representar a Europa. Se sabe de la existencia de un relieve que procede de las ruinas del templo dórico de Selinonte, en Sicilia, construido el año 628 a. C. y derruido posteriormente en 409-408 por los cartagineses, en el que aparece dicha representación.

Herodoto (485? - 425 a. C.) utiliza el término Europa para referirse a las guerras de Maratón, Termópilas y Salamina, en las que unos pocos hombres de la naciente Grecia se rebelaban y vencían al imperio asiático personificado por los persas. El propio Herodoto sitúa Europa en el límite desde Grecia hasta el Norte de los países del Mediterráneo, en contraposición con los países situados al Este del mismo mar, los cuales representarían el mundo oriental o continente asiático. Posteriormente, se identifica con el límite de Asia en el mar de Azof y el río Don. Pero la situación geográfica de Europa varió mucho en los orígenes, sobre todo desde que empiezan a configurarse los primeros estados e imperios nacientes.

Durante el Imperio Romano, Europa era similar al Imperium romanun, de tal manera que la expansión de uno implicaba el crecimiento de la otra. En el periodo de la dominación de Carlomagno (742-814), se entendía Europa como el territorio perteneciente al monarca, quien fue llamado Rex Pater Europae por el Papa León III en el 799. A partir de este momento, se consideró Europa al espacio de tierra habitado por los cristianos. Con ello, varió el contenido espiritual del significado de Europa, sobre todo porque, a partir de la época carolingia, los valores cristianos empiezan a conjugarse con la idea de Europa (Scheneider, 1963: 11-13). Europa se llega a confundir con la cristiandad latina.

  

2. Europa como respuesta a las invasiones orientales

  

Conde de Saint-Simon (1760-1825)

        

Los terrenos francos de Carlomagno se configuran en el s. IX como un imperio —el Imperio Cristiano-europeo— ante la necesidad de respuesta antagónica al Imperio Bizantino de Oriente. Europa se hace Europa ante las invasiones de los orientales y africanos. Los hunos primero, con Atila al frente, irrumpiendo desde Asia a mediados del s. V, y los árabes después, liderados por Abderramán, entrando por África hasta Poitiers a comienzos del s. VIII, intentan derrocar el poder del Imperio Europeo-cristiano, pero la derrota de ambos conatos en sendas batallas pone de manifiesto la supremacía y vitalidad del nuevo Imperio, ayudando así a la consolidación del sentido de la idea de Europa. Pero éstos no serán los únicos intentos de inclusión oriental en territorio europeo. Posteriormente, será Mohamed II, al frente de los turcos otomanos, quien protagonice un nuevo intento de abatir Europa. Constantinopla, capital y último bastión del Imperio Bizantino, cae en 1453, pero los ataques turcos contra Occidente continuarán sucediéndose hasta el s. XVII, cuando son derrotados por el ejército polaco-alemán del rey Juan II Sobieski, el duque Carlos von Lothringen en Viena y el príncipe Eugenio en las batallas de Zenta y de Belgrado a finales del s. XVII (AA. VV., 1997: 7).

La idea de Europa salió reforzada de las luchas producidas en las Cruzadas (ss. XI-XIII), las cuales han sido consideradas por diferentes autores a lo largo de la historia como «la más vigorosa manifestación de solidaridad europea». Aunque este hecho es muy discutible en cuanto a las razones solidarias, las Cruzadas pretendían liberar del yugo asiático los Santos Lugares y la zona mediterránea. Los principales estados del continente europeo se aliaron en la defensa de los valores cristianos —europeos—, reafirmándose así en la personalidad europea frente a las pretensiones y amenazas bárbaras de los pueblos orientales.

En este contexto, Pierre Dubois, jurista real de Felipe el Hermoso, rey de Francia, escribe en 1303 la obra De recuperatione Terrae Sanctae, en la cual propone la institución de una liga europea bajo la presidencia del soberano más poderoso de Europa, con el fin de asegurar una paz duradera en el seno de la cristiandad y reunir las fuerzas armadas para la reconquista de las Tierra Santa y el Mediterráneo. Dubois ve en Europa una federación y pide para ella un concilio de príncipes y un tribunal de arbitraje.

En una línea similar aparece una serie de autores, intelectuales, pensadores, etc. que intentaron mantener vivo el espíritu de la idea de Europa, aunque con diferentes propuestas. Así, Dante (De Monarchia, 1303) defiende una soberanía universal a manos del emperador grecorromano. Erasmo de Rotterdam (1467-1536) defiende la paz como valor de la Europa unida. En la misma línea de pensamiento se sitúa Leibnitz, William Penn, J. Bellers, Juan Luis Vives —en forma de comunidad de defensa— y el abate Saint-Pierre. El proyecto de este último es digno de mencionar, ya que propone un carácter federalista —liga de naciones—, basado en la idea de que a la guerra le seguirán nuevas guerras en tanto que Europa no sea una comunidad de derecho amparada por una organización internacional que vele por asegurar permanentemente el cumplimiento de las leyes entre las diferentes naciones europeas que participan de una cierta comunidad cultural e ideológica. Estas ideas llamaron la atención de personajes tan relevantes como Rousseau, Kant, Montesquieu, Leibniz y d´Alembert (Rodríguez Carrajo, 1997: 16-18).

«Si los profesores reconocieran que estando Europa en peligro, las mismas fuerzas que, separadas, no habrían podido ofrecer una respuesta eficaz, unidas, en cambio, aplastaron el enemigo… se sentirían inclinados a inculcar en la enseñanza de la historia occidental, la absoluta necesidad de la unión de los pueblos europeos ante la actual amenaza de Europa procedente de Oriente» (Schneider, 1963: 14).

  

3. Intentos contemporáneos unionistas

  

     

Giuseppe Mazzini (1805-1872)

  

La Revolución Francesa (1789) va a provocar un cambio brusco en las sociedades europeas. Se produce un cambio de régimen estamental que deriva en el desarrollo de una alternativa política, económica y social, basada en la libertad, la igualdad, la defensa de la propiedad, la seguridad personal y la ley como expresión de la voluntad general y la regulación de los derechos y deberes de los ciudadanos de cada Estado. Paradójicamente, Napoleón Bonaparte (1769-1821) realiza el primer intento contemporáneo de agrupación europea. Nombrándose emperador —recurriendo a la tradición romana—, Napoleón intenta conquistar las tierras del Viejo Continente y erigirse como el soberano de los territorios europeos, tarea en la cual fracasa, como es bien sabido.

Poco después, en 1814, se establece la Liga de la Santa Alianza, surgida del Congreso de Paz celebrado en Viena tras la primera abdicación de Napoleón, presidida por Metternich e inspirada por el zar Alejandro I, el emperador Francisco I y el rey Federico Guillermo III. La Santa Alianza tenía como principales fundamentos conseguir una Europa unida, con un gobierno basado en los principios religiosos del cristianismo, contrario a las guerras y a las revoluciones: «Había de garantizar la comprensión y la paz entre los pueblos y conseguir que todo en Europa fuese un edificio de estabilidad, de santa legitimidad y de un gobierno de estado y de estados basados en los principios cristianos» (Schneider, 1963: 18). Pero los emperadores de la Santa Alianza «se reparten Europa sin el menor respeto por las aspiraciones de los pueblos» (AA. VV., 1997, 7).

En ese mismo año de 1814, el Conde de Saint-Simon escribe De la réorganisation de la societé europeenne ou de la necessité de rassembler las peuples d´Europe en un seule corps, en el que se muestra partidario de una economía europea planificada, la supresión de las fronteras, el mercado común, la política exterior y el sueño de una idea, los Estados Unidos de Europa (Rodríguez Carrajo, 1997: 18).

Dos décadas después se produce un nuevo intento de organización paneuropea con el nacimiento de la Joven Europa fundada en 1834 por el revolucionario Giuseppe Mazzini. Persigue la reorganización de una única Europa sobre una base democrática y nacional, conjugando la reunión de todos los movimientos revolucionarios presentes en Europa. La idea de Mazzini se viene abajo en 1848. Las revoluciones industriales, el despertar de los nacionalismos y las guerras entre algunos estados europeos, como la guerra franco-alemana (1870-1871), impidieron nuevos intentos y realizaciones coherentes de unión de los estados europeos durante el s. XIX.

Después de las victorias alemanas sobre Austria y Francia, el Congreso de Berlín, de donde surgió el Tratado de Berlín (1878), reconoce la independencia de Rumanía, Serbia y Montenegro, Macedonia, Bulgaria y Rumelia, imponiendo los criterios del canciller alemán Otto von Bismark en toda Centroeuropa. Éste es el principio de la confusión Balcánica y del cisma posterior que en este territorio se va a avecinar. Ello representa el proceso nacionalista de los países pertenecientes a la órbita europea.

El desarrollo de los nacionalismos, la expansión colonial, los movimientos políticos y religiosos, las disputas por la supremacía industrial y colonial y la competencia internacional por la supremacía estuvieron a punto de concluir con una guerra al final del s. XIX, pero los sistemas de alianzas entre las principales potencias europeas (Inglaterra, Rusia, Alemania, Austria-Hungría, Francia e Italia) evitaron el temible conflicto, aunque sólo temporalmente. El intento de unificación europea fue aletargado por una calma prebélica basada en los sistemas de alianzas entre las potencias, aunque nunca tuvieron el ideal europeo de fondo. Las relaciones entre las potencias europeas se centraban en acuerdos bilaterales —algunos de ellos secretos como el pacto de política de amistad firmado por Italia y Francia, en el que Italia, a pesar de la Triple Alianza, promete neutralidad ilimitada en caso de guerra franco-alemana—, acuerdos triangulares de defensa mutua en caso de ataque de otro estado como fue la creación de la Santa Alianza —Alemania, Austria e Italia—, o compromisos como el Tratado del Mediterráneo (1887 a 1896) —un acuerdo colonial en el que Inglaterra e Italia se comprometen a sostener recíprocamente sus políticas respectivas en Egipto y Libia contra Francia—.

«Habiéndose empezado por tratar de humanizar la guerra, pronto debería manifestarse necesariamente una corriente de opinión para suprimirla enteramente. Dejamos por demasiado remotos los esfuerzos que realizaron pensadores aislados durante la Edad Media, para convertir las armas en arados, pero no podemos dejar de mencionar el libro Proyecto sobre la paz universal del gran filósofo alemán Kant, publicado en 1785… El primer grito de guerra a la guerra fue el libro de la baronesa austriaca Bertha von Suttner titulado ¡Abajo las armas! Aparecido en 1889… Durante los diez años que siguieron al de su publicación se formaron varios grupos para intensificar la campaña contra la guerra y se adhirieron a la cruzada escritores como V. Hugo, Tolstoi, Björnson, Stringberg, Renan, Sécrétan y otros». (AA. VV., 1999: XVI, 145-146).

  

4. Paneuropa, un movimiento en respuesta al primer gran desastre mundial

Esta escena del internacionalismo estratégico europeo tuvo inevitablemente el desencadenante de la devastadora I Gran Guerra y de la Revolución Rusa. Este periodo de conflicto y confusión internacional concluye con el Tratado de Versalles (enero de 1919), donde se consolida el triunfo de las nacionalidades a la vez que se hace patente el soterramiento de la idea de Europa, que ha perecido sumida en un mar de sangre, dolor, muerte y destrucción. La I Guerra Mundial hizo ver a la humanidad que debía evitarse en el futuro la repetición de otro capítulo tan nefasto para la historia como lo fue aquél. Por ello se creó la Sociedad de Naciones con la finalidad de reunir bajo su amparo a todos los gobiernos de la tierra. Pero la idea, a pesar de noble, fracaso por la renuncia de Estados Unidos a pertenecer a ésta para evitar el peligro de verse envuelto en los conflictos internos europeos.

  
     

Richard Coudenhove-Kalergi (1894-1972)
  

La Sociedad de Naciones provocó que la idea de Europa quedase en un segundo plano en aras de un ideal mucho mayor. No obstante, surgieron voces que creían en la dualidad de ambos ideales, siendo Richard Coudenhove-Kalergi el principal defensor de la idea de una Europa unida reuniendo las veintiséis democracias existentes en el Viejo Continente en la soñada Paneuropa. Para Coudenhove-Kalergi, Paneuropa representaba una federación de las democracias europeas unidas como una vía única para conservar la paz y la autonomía frente al creciente poder de las potencias mundiales no europeas: «Una Europa dividida conduce a la guerra, a la opresión, a la miseria; una Europa unida, a la paz y a la prosperidad». El empeño casi utópico de Coudenhove le lleva en 1923 a la publicación de su gran obra Paneuropa, dedicado a la juventud europea (Coudenhove-Kalergi, 2002).

En el seno de la Sociedad de Naciones no se vio con buenos ojos la idea de Paneuropa, pero pronto recibió el respaldo de importantes pensadores y estadistas. El más representativo de ellos fue Winston Churchill, quien en 1925 admitió la posibilidad de ambas organizaciones. El proyecto cobró mucha más fuerza cuando los Estados Unidos de América apoyaron la idea de Coudenhove. El sueño impetuoso de Coudenhove se hace realidad en octubre de 1926 en Viena, donde se celebra el Primer Congreso Paneuropeo, con la asistencia de más de dos mil delegados de veinticuatro países. Allí se aclama y nombra a Coudenhove presidente del Consejo Central, quien, el año siguiente, gana para el proyecto al ministro francés del Exterior, Aristide Brian, el estadista más popular de la Europa de la época.

Estos hechos producen el renacimiento de la idea de Europa, de la unión de estados europeos. Pero este renacimiento nació herido de muerte. A pesar de la buena acogida general al movimiento paneuropeo y de los esfuerzos por su desarrollo, cae en vía muerta a finales de la década de los años 20.

«Mas todas las esperanzas puestas en la ayuda que los círculos económicos prestarían a Paneuropa se vieron rotas por la irrupción de la crisis económica internacional ocasionada por el viernes negro de la bolsa neoyorquina, que indujo a las naciones a pensar en la salvación de su propia economía y no en una unión económica europea» (Schneider, 1963: 27).