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N.º 32

AGOSTO-SEPTIEMBRE 2005

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El infierno de un «Rey» llamado Clark Gable

José Antonio Molero  

  

A

      

Clark Gable, un «Rey» venerado por las mujeres y modelo para los hombres.

  

unque no fue mi actor favorito, confieso que estuvo entre mis preferidos. John Wayne, Kirk Douglas, Gary Cooper y Clark Gable constituían, por este orden, mi póquer de ases en el mundo estelar de la gran pantalla. Hubo otros (Humphrey Bogart, Richard Widmark, James Stewart, Charlton Heston), pero ésos eran los primeros. No voy a detenerme en explicar ahora por qué me acompañaban en mis estudios de Bachillerato, desplegados en la pared de mi habitación. No interesaría a nadie por personal. Sí confesaré ahora que Clark Gable ocupó un lugar destacado en los entresijos de mis fabulaciones por una sola de sus películas, por su papel en Más allá del Missouri, película que, como todas las del Oeste, encandilaba mis ojos de adolescente con sus encarnizadas peleas contra los indios, disparos a mansalva, carreras de caballos y paisajes exóticos. Sólo esta película le hacía merecedor de figurar entre los grandes de mi cinemateca particular. Ni siquiera Lo que el viento se llevó influyó en mi personal querencia. Ahora, pasados ya muchos años de aquello, creo que no soy capaz de dar una explicación razonable de aquella decisión mía de encumbrar a un actor por una sola de sus películas.

Por lo que recuerdo, Gable levantaba pasiones en todos los espectadores de ambos sexos, y, para ver muchas de sus películas, había que formar largas colas a las puertas de los cines. Parecía ser el galán de los galanes, el actor de los actores. Esto lo observaba en las encendidas pupilas de las chicas de mi edad con las que algunas veces formábamos pandilla para ir al cine, y la verdad es que no me explicaba la razón, con la salvedad de mi película favorita. En muchos de sus papeles se me mostraba prepotente, cínico, diabólico, cruel, egocéntrico o seductor impenitente. Estas características de su personalidad me resultaban inaguantables. El tipo de hombre que a mí me hubiese gustado ser no era, desde luego, Clark Gable. Por contra, mis jóvenes amigas parecían tener una venda moral en los ojos cuando aparecía en la pantalla la bizarra figura de Gable. 

Hoy, más crítico por los años, reconozco en él otros valores que amplían la perspectiva de mi afición estelar. Clark Gable fue, indiscutiblemente, un gran actor, un excelente actor. Y mi devoción por el Séptimo Arte me ha llevado a darles sentido a estos calurosos días de verano, entregándome a la lectura de una biografía suya: Clark Gable. La corona del Rey, salida de la pluma de Joan Benavent y puesta en las librerías por T&B Editores.

En su aproximación a la vida de este mítico actor, Joan Benavent ha querido alejarse de esas biografías simplistas orientadas a abundar en unos valores que todos conocemos, y profundiza en la vida del protagonista como un astro de la gran pantalla que destacó por su físico y por su talento ante las cámaras, venerado por las mujeres y modelo para los hombres, pero también como un hombre con defectos, insuficiencias y debilidades, como un ser emocionalmente inestable, adicto a la bebida y compulsivo consumidor de sexo.

Nace un mito

La narración biográfica recorre la vida de un Clark Gable desde que nace a las cinco de la mañana del 1 de febrero de 1901 en Cadiz, un pueblecito de Ohio, EE UU, hasta el momento mismo de su fallecimiento. Hijo de William H. Gable, un granjero de ascendencia alemana que también trabajaba en una refinería de petróleo, y de su primera esposa, Adeline Hershelman, William Clark Gable fue el único vástago de la familia, y su infancia estuvo marcada por un padre tiránico. Su madre muere cuando el niño contaba tan sólo siete años de edad. Poco después, el padre contrae segundas nupcias con Jennie Dunlap, una mujer sensible y apocada, que el niño tenía idealizada y a la que siempre adoró. El nuevo enlace del padre hace que Clark se traslade a Hopedale, Ohio, con sus  abuelos maternos, que se hacen cargo del pequeño.

Clark Gable y su afición por el teatro

      

Clark Gable y Joan Crawford.

  

Poco aficionado a los estudios y a la disciplina académica, el joven abandona el instituto a los 16 años e intenta ganarse la vida trabajando en una fábrica de neumáticos de Akron, Ohio. El tiempo libre que le permite su empleo lo pasa el joven Gable viendo obras de teatro, la gran pasión de su vida. Con la vista puesta en los escenarios, el joven Gable se traslada a Nueva York con una compañía de aficionados, donde la necesidad le obliga a trabajar en diversos empleos, que compagina con representaciones teatrales sin importancia hasta que logra debutar en Broadway. Continúa ejerciendo todo tipo de oficios hasta que la suerte le cruza con Josephine Dillon, actriz y directora de arte dramático. No obstante ser 17 años mayor que él, Gable contrae matrimonio con Josephine en 1924 y se enrola en la compañía teatral que ésta dirigía.

Primeras películas

Pero en nada satisfacen a su talento natural de intérprete estos primeros papeles en los escenarios neoyorquinos. Aconsejado por Josephine, comienza a trabajar para el cine, a mediados de los años veinte, en pequeños papeles cinematográficos, interviniendo en varias películas como La frivolidad de una dama (1924), La viuda alegre (1925), La época plástica (1925) o La estrella del Norte (1926), entre otras, en todas ellas con interpretaciones como extra o con un papel insignificante que no contentan sus inquietudes, lo que motiva que Gable retorne a las bambalinas de Broadway.

Por estos años, es el teatro el que le proporciona los primeros triunfos. No obstante, el final de la década de los 20 sólo le ha aportado a Gable un bagaje de trabajos teatrales de poco relieve y una imagen interpretativa no de galán latino estilo Rodolfo Valentino―, que entonces causaba furor entre el público anglosajón, sino de un tipo rudo que, paradójicamente, dejaba prendadas a las mujeres, pero que, como advierte Benavent, «no era captado como rival, sino como modelo por los hombres». En 1930, Clark y Josephine se divorcian.

Primeros éxitos cinematográficos

La década de los años 30 va a ser la etapa de mayor gloria estelar para Clark Gable, particularmente a partir de un segundo matrimonio, que contrae en 1931, con la acaudalada Rhea Langham, también mayor que él. Este nuevo matrimonio le ofrece una perspectiva rica en oportunidades, que Gable no está dispuesto a dejar pasar.

Pieza clave de su entrada al estrellado es su amistad con Lionel Barrymore, que había conocido a Gable en una de sus interpretaciones y que había quedado entusiasmado por las grandes posibilidades que intuía en aquel joven actor. En cuanto Barrymore regresa a Los Ángeles, se pone en contacto con Irving Thalberg, uno de los dirigentes más importantes de la Metro-Goldwyn-Mayer, a quien pone al tanto del talento de Gable.

En unos momentos en que el cine sonoro expulsa a grandes mitos fuera del paraíso del celuloide, la voz matizada de que está dotado le vale un largo contrato con la MGM, entre 1931 y 1954, durante el periodo conocido por la crítica como «los años dorados del cine», en el que, como recuerda Benavent, Mayer, dueño de los estudios, crea unas estrellas a las que exigía «capacidad de trabajo, talento y sumisión».

En efecto, el Hollywood de esa época obliga a Gable a participar en películas de gángsteres y del Oeste a destajo, llegando a protagonizar 11 películas en 1931, hasta que fue emparejado con explosivas actrices como Joan Crawford, con quien rueda Amor en venta (1931), o Jean Harlow, con quien protagoniza Tierra de pasión (1932), película que funda «la realeza mítica de Gable», situándolo en la lista de los diez galanes más taquilleros de la época, palmarés que ya no abandona hasta mediados de los 40. Significativas también para su carrera fueron sus intervenciones en Susan Lenox, de 1931, en la que trabaja junto a Greta Garbo, a partir de la cual su imagen se aparta definitivamente de hombre duro del hampa, y con la que consolida su posición entre los grandes valores cinematográficos.

La Columbia y un Oscar para Gable

  
      

Carole Lombard y Clark Gable en uno de sus primeros encuentros. Una vez casados, fueron conocidos como el matrimonio más perfecto de Hollywood. El idilio termina con la trágica muerte de Carole en un accidente de avión.

  

En 1934, Clark Gable fue cedido a la Columbia, entonces una «mansión de estrellas caídas», pero que contaba entre sus filas con el cineasta Frank Capra, a cuyas órdenes rueda Sucedió una noche, ganadora de cinco Oscars, uno de los cuales, el de «mejor actor», le fue otorgado el único que logra en su carreraa Gable, galardón que fue a recoger visiblemente borracho, algo que Benavent interpreta como un síntoma de la vida «sin rumbo» que el actor había emprendido ya.

En los años siguientes, Clark Gable incorpora a su repertorio papeles con un perfil de aventurero que no le abandonará. Así, interviene en Saratoga (1936); San Francisco (1937) y Piloto de pruebas (1938), entre otras, que constituyen otros tantos éxitos que preludian para este actor la que será el gran éxito de toda su vida, Lo que el viento se llevó, película que se rueda en 1939 y a la que la Academia otorga diez Orcars en su ceremonia de 1940, todo un récord de éxitos que sólo se verá superado por Ben-Hur, diecinueve años más tarde. Sin embargo, Gable, que había sido nominado para el «mejor actor», no logra en esta ocasión la apreciada estatuilla, que va a manos de Robert Donat.

El matrimonio más perfecto del Hollywood

En 1932, durante el rodaje de la película Casada por azar, Gable había conocido a la que años después se convertiría en el gran amor de su vida, una bellísima mujer rubia llamada Carole Lombard, una actriz «con instinto de mujer y los hábitos de un hombre», a cuya presencia él reacciona «con cariño y todo el respeto del que podía ser capaz un adicto al sexo en cura intensiva», tal como comenta Joan Benavent. Desde esa fecha mantuvieron flirteos que culminan oficialmente en matrimonio, un mes más tarde de que Gable consiguiera el divorcio de su segunda esposa, la millonaria Rhea Langham.

El 20 de marzo de 1939, Gable contrae matrimonio con ella, pero Lombard resulta ser una mujer celosa en extremo. Así lo evidencia el sillón de mimbre que ensarta un día en la cabeza de Gable, cuando Joan Crawford intentaba persuadir con besos al actor para obtener el papel de Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, y que, sorprendentemente, lo interpretaría de manera magistral la poco conocida actriz australina Vivien Leigh. Todo acaba el 15 de enero de 1942 con la trágica muerte de Carole en un accidente de aviación, después de una campaña de venta de bonos de guerra, culminado así el que había sido calificado como «el matrimonio más perfecto de Hollywood. Según relata el autor, «para Gable comenzó su particular infierno. El infierno de vivir sin ella el resto del tiempo y el de vagar solo siendo el Rey de todos y de nadie».

«¡Viva el Rey!»

  
      

Rhett Butler (Clark Gable) y Scarlett O'Hara (Vivien Leigh), una gran escena de Lo que el viento se llevó, película dirigida por Victor Fleming en 1939 para la Metro-Goldwyn-Mayer. 

  

A Clark Gable se le conoce como «El Rey», apodo con el que empezó a llamársele a partir de 1938, a raíz de un hecho que merece ser conocido. Un día, cuando Spencer Tracy se dirigía a los estudios de la MGM, una multitud de fans rodeaba el coche de Gable impidiéndole la entrada. Tracy, con ese sentido del humor que le caracterizaba, gritó «¡Viva el Rey! Y ahora, por favor, déjenme entrar para ir a trabajar». La anécdota se extendió por todo el estudio y, poco después, en una farsa de ceremonia de coronación celebrada en el mismo, el actor irlandés impuso a Gable una corona. Sería el comentarista y crítico de cine Ed Sullivan quien popularizó el apodo que acompañaría a Gable toda su vida.

Sus años grises

Hundido en una profunda depresión por la trágica muerte de su esposa, Gable abandona el cine y se alista, ese mismo año, en la Fuerza Aérea con la graduación de comandante. Tras licenciarse en 1944, vuelve a Hollywood como viudo inconsolable, con una tristeza que era tan patente como su envejecimiento. «Un patente abotargamiento de su cara, junto a cierto temblor que ya empezaba a manifestarse en cabeza y manos, a causa de las pastillas de dexedrina utilizadas para no engordar», retrata Benavent al actor en su libro.

Gable reemprende de nuevo su carrera, pero sus películas de posguerra, aunque de cierto valor estético, son muy pocas, hasta el punto de que, a la hora de renovar su contrato con la MGM, «El Rey» tropieza con el desinterés de la productora. Nada tiene, pues, de extraño que el autor escriba que Clark Gable era «un alcohólico sin vida afectiva ni fuerza para emprenderla». «Su corona valía más de lo que creían, aunque algo menos de lo que él pensaba» y se encontró sin contrato y con el ego dañado. A pesar de ello, rueda películas como Los vendedores (1947), Sublime decisión (1948) y ¡Hagan juego! (1949).

La década de los 50, entre luces y sombras

El comienzo de los años 50 supuso una sensible recuperación de Gable en lo profesional. Deseando rehacer su vida, en 1949 había contraído su cuarto matrimonio con Sylvia Ashley, a su vez ex esposa de Douglas Fairbanks, que resulta un retundo fracaso; en 1952, el matrimonio termina en un nuevo divorcio, que hubo de empeorar la ya maltrecha psicología del actor. No obstante, aparece en películas como No me abandones (1953), Mogambo (1953) y Brumas traición (1954).

En 1954, la Metro se niega a renovarle más el contrato. No obstante, el prestigio de «El Rey» se mantenía en la memoria de los espectadores. «No soy un actor. Lo que la gente que va al cine quiere ver no es un actor. Es a mí», declaraba por entonces a la prensa. Y tenía razón, «El Rey» sigue trabajando fuera del estudio de la MGM gracias a su amistad con los directores Wellman y, sobre todo, con Raoul Walsh, que le proporciona grandes papeles, entre ellos los que interpreta en Cita en Hong Kong (1955) y Los implacables (1955) para la 20th Century-Fox, y, sobre todo, en La esclava libre (1957) para la Warner Brothers, que le permiten demostrar que su talento y bien hacer ante las cámaras permanecían intactos. En 1958 rueda para la United Artists Torpedo, apasionante relato de aventuras que sienta las bases para las posteriores películas de submarinos.

Durante estos años, los últimos de su vida, Gable rueda varias películas en las que revalida un título que nadie había podido arrebatarle: Enséñame a querer (1958), No soy para ti (1959), Capri (1960) y Vidas rebeldes (estrenada el 4 de febrero de 1961), su última película, que comparte con Marilyn Monroe.

Muere «El Rey»

Gable había vuelto a contraer un quinto matrimonio con Kay Spreckles en 1955, con la que tuvo su único hijo, John Clark Gable, y existen fundados rumores de que era padre también de Judy Lewis, hija de Loretta Young, con quien el actor había mantenido un tórrido romance.

Agotado por su últimas intervenciones, «El Rey» moría el 16 de agosto de 1960 en Hollywood de un ataque al corazón, dos semanas después de acabar el rodaje de Vidas rebeldes, sin haber podido leer los merecidos elogios que había merecido de parte de la crítica de todo el mundo. Dejaba a su viuda esperando al que sería su hijo póstumo. Por expreso deseo, fue enterrado al lado de Carole Lombard, el gran amor de su vida.

  

Versión española del cartel de «Lo que el viento se llevó», de 1939, merecedora con razón de diez Oscars, si bien Gable, nominado como "mejor actor", no obtuvo ninguno.

  

BIBLIOGRAFÍA FUNDAMENTAL

  • BENAVENT, Joan (2002): Clark Gable. La corona del Rey. Prólogo de María-Rosa Puig. T&B Editores, Madrid.

  

  

 

  

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José Antonio Molero Benavides (Cuevas de San Marcos, Málaga) ha cursado los estudios de Magisterio y Filología Románica en la Universidad de Málaga, en donde ejerce en la actualidad como profesor de Lengua, Literatura y sus Didácticas. Desde hace ya casi cuatro años está al frente de la dirección de GIBRALFARO, revista digital de publicación mensual patrocinada por el Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universidad de Málaga.

  

   

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año V. Número 32. Agosto-Septiembre 2005. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2005 José Antonio Molero Benavides. Reservados todos los derechos © 2002-2005 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España).

  

  

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