N.º 34

NOVIEMBRE 2005

6

  

  
  

La noche desnuda de rostro ciego

(Selección)

Manuel Lozano  

  

AMENHOPTÚ MEMNÓN

Ya miré el mar desde el desierto. ¿Cómo daré mi infancia  enterrada entre palmeras de cenizas a una infancia tan sola? Se acerca. Hijo de la luz, ya miré el mar desde el desierto.

  

Villa Santa Lucía de Syracusa, Epifanía de 2004.

    

(De su libro La Noche Desnuda de Rostro Ciego.)

  

  

  

ASÍ, UN RESPLANDOR DE JARDINES

«En la vasta concavidad de la noche cimeria.»

Marcel Schwob: Vies Imaginaires.

  

  

Llegando estoy a ese abismo, tu abismo inútil en el día inútil de las cosas fugaces.

  

¡Di tanto de mí mismo hasta quebrarme en escamas naufragadas de una antigua tapicería!

  

También el sol conspiraba. Irrasilú, el viejo, antiguo servidor de este rey, marca el eclipse.

  

¿Qué himno no contempla la sangre de tu devoción? ¿Qué néctar no te envenena? Hiciste el árbol de estiércol muy antiguo, Ascepias Acida.

  

Ahora explicas las piedras de la orilla y la expansión del diluvio.

  

La geología de azar va deformando la aurora. No está. Ya se cierra, inexplicable.

Se desfigura, insoluble. Hay una plenitud paciente de la raíz, de la zozobra, del vigía con su antorcha insomne velando los retazos de la fiesta.

  

La raza de nocturnos viajeros vaga por  el mar desmedido. ¿Y por qué debe doler el viento contra el muro de las catedrales?

  

Y hubo noche y hubo mañana y áspero principio envuelto en nubes.

  

Porque es el éxtasis, porque fuimos borrados por el viento, porque asistimos a la clara anunciación del manantial. Porque en los jardines de Azof viste la representación sonámbula del monstruo.

  

Tanta luz atizando un mínimo ritual. Se sienta sobre su féretro y lo muerde, lo está mordiendo.

  

Villa Santa Lucía de Syracusa, enero de 2004.

   

 (De su libro La Noche Desnuda de Rostro Ciego.)

  

  

  

CENA DE MÁSCARAS

Los cortejantes vienen y van por el bosque de vidrio de sus vanidades. ¿Qué verdad puede estar debajo de las plumas y los géneros bestiales de un niño disfrazado de San José de Cupertino? Con la tormenta, fosforecen los cortejantes. Despavoridos, huyen de esa ilusión que da siempre la lluvia.

  

Moran alrededor del rayo con sus bocas cosidas. Moro en una estatua que me deshabita vanamente como al seco árbol maldecido por el dios encarnado. Hágase tu voluntad en los candiles de terrible esplendor; encántame la gracia de aquel fuego azul sobre las torpes cabezas.

  

Nada oprime tanto como un zaguán de desesperación repleto de objetos minúsculos. Veo el marfil enhiesto, tatuado de las bocas futuras. Nadie se resigna a permanencia o se arrebata frente al poliedro de la noche final. ¿Son ingenuos los desechos, estos restos de cera? ¿Quién se adueña del humo que aparta y transforma las sustancias?

  

Da vueltas la ronda de peregrinos hasta desvanecer el último reflejo en las persianas. Ayer, rugía el animal de presa entre las felpas vampiras del carruaje. Dejaba su simiente. ¡Trapos veladores, impasibles, inútilmente exquisitos, desfondados!

  

Iba mi corazón latiendo por el hielo.

  

París, Place des Vosges, octubre de 2003.

(De su libro La Noche Desnuda de Rostro Ciego.)

  

  

  

EL TERCER ÁNGEL

«El  tercer ángel vació su copa sobre los ríos 

y manantiales, y se volvieron sangre.»

APOCALIPSIS, 16:4

  

  

Tras una invocación hirviente como roca sumergida en los encajes del delirio de un delirio convertido en llagas hasta donde se disuelve el error, sube el séquito entre las ilusiones de Birnam.

  

A este albergue me trae el resplandor con su cabeza inclinada hacia los hombres. De estrangulado y ardiente nácar, habré de gemir por ausentes y presentes.

  

¿Qué maná soltaste de los dedos, qué otra adivinación se quedó en la sombra dorada que despoja de velos y es torbellino y saber en las praderas?

  

Ramificado exterminio hasta el árbol de Adán, fosfórico, feraz cuando escarba entre las grietas nunca el alba de las pesadillas.

  

Son manantiales reposando en mi boca sin duelo. Son los visitadores aleonados sucumbiendo al vértigo de mi escalofrío.

  

Puedo tocar el rayo que se expande, que se arrastra.

  

Ni en las márgenes de luz de este desierto, ni en el ciego carbón aguijoneando los pies de una mendiga, dejabas de entrar.

  

Y hendir en este ascenso los racimos abiertos, la muerte ambarina de la infancia.

  

La mitad de mi rostro es la pureza arrojada al letargo de un mundo siempre ajeno, semiofrecido a los pozos del tiempo. Antorcha inclinándose por el fósil errante de la duración.

  

¿Qué follaje liba el deseo de quien cuida en secreto su cueva?

  

El temerario conjuro y sus gérmenes arrancan a esta noche los designios del mundo terrenal. El dolor arde en las bocas. He de amar la espuma de ese cielo.

  

Ruego por mis abandonados al borde de los precipicios, por los solitarios, por el balbuceo de mi lengua en enigma, por mi hermosa crueldad, fogón de todos los deslumbramientos.

  

Inféstense arpías y bosques, alabarderos y esclavos, pócimas y calderas emponzoñadas, nieve lloviendo sobre las tumbas, consejas del escarabajo a la hierba que muere. Los guardianes portan coronas de gloria y estás, sin embargo, en el infierno.

  

Deseo de precipitarme en las rebeldías del juego, de balancearme en la casa del dios desconocido.

  

¿Qué se despoja del prisionero apenas cierra los ojos para donar a la sombra su lastimadura?

  

Perseveran revelaciones como ecos en las grutas que nombran tus ojos. Con solo mirar, fundas un mundo hecho para el sol y las serpientes. Por eso bailabas frenéticamente el disfraz de una magnolia, las máscaras que eluden el sudario donde nacen.

  

Fraudes arrodillados a un espejo sin piedad, obsequios del desvelo, zaguanes de la impostura: tu retrato de este mundo. De arena es la fragancia del recinto en que me desfiguro.

  

El escanciador del vino saborea su cara frutal y da alaridos. ¿Es del mundo esta región de alta selva, trastornada, cautelosa?

  

Me llevan a las vastas carnicerías del hombre. ¿Debo entonces ser el hombre, ese tormento?

  

Otra imposible Eurídice, con luto de su escándalo, reparte las vísceras. Cae el beatífico aceite sobre un linaje de almendras: hecho para veneno de las lamentaciones.

  

Un graal de alambres y de escamas se hará juguete entre los dedos perversos de la música.

  

¿Son ciegos y ausentes los vacíos? Si se borran los rostros, ¿por qué bajas a esas charcas de nostalgia? ¿Qué regreso te convoca, agonista? ¿En despertar está el eclipse?

  

Por fin se demora la música en el cedro. Mediodía en la abdicación de unas alas  ofrendadas al incendio verde. Estos codicilos de amor se iluminarán a tu paso.

  

El juglar vagabundo como una araña desentierra el hilo meridiano. ¿Has de regresar a la fortaleza, trazar en el tapiz bermejo la divina entrada?

  

Límites, zambullidas en lo visible.

  

Una jauría de perros de sal rondan el verde espacio donde arrojas piedras al crucificado que fuiste y dice ¡adiós! sin compasión alguna.

  

Lavo las mordazas desprendidas de mi carne de cielo en las alcobas. Quedan las duras aletas, como si no fuesen ya mías.

  

Acobardado diluvio en los huecos del cerebro. ¡Qué arrobamiento donde cantar mortuorios himnos para el arco iris! Dejémoslo acercarse.

  

Insidiosas dádivas del lujo.

  

Filogénesis de un arder hacia arriba: de excavar en el cielo el Memorable Rostro de Una Ausencia.

  

La sangre estuvo en ti desde el principio. Ultimaste las pérdidas con el asombro. Noche ciega, instinto ciego, ciego de nadar en los volcanes de la melancolía, en su madera, en su mármol, en su frío.

  

Purifiqué mi memoria. Desde el principio fui la esfinge.

  

Villa Santa Lucía de Syracusa, 30-XII-2003/18-I-2004.

(De su libro La Noche Desnuda de Rostro Ciego.)

  

  

  

OTROS POEMAS

  

APOSTASÍA

Aunque sumida,

la tierra ofrece crías para el sacrificio:

Rinocerontes alados, bisontes del desprecio,

ibis de arcilla hacia el fuego celeste.

Un esplendor de soledumbres

detendría en mí su aleta.

¿Y cómo se embriaga con ajena sangre

el río oscurecido por el alba?

Díganme el grito, llórenme el vuelo.

¿Qué madre de rameras

peregrina ante la puerta de esta hora?

  

  

  

NOLI ME TANGERE

Lacerado ciprés sobre un azul de los días,

ámbar y sangre

caídos en el pan restaurado:

esta niña fue ciega como un velo.

El aceite hierve en los pozos de Capernaúm.

Hay escalofrío que babea

desde la cruz de cada hombre.

¿Creíste en alaridos,

desesperaste en la fiesta hasta arder,

arder callada de nardos ascendiendo

junto a la veladora del luto?

Nadie te vio correr.

Oh insular, tu reino es la ofrenda

que gime por la espuma

con las manos atadas.

  

(De su libro La Rueca Dorada.)

  

  

"Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis"

Grabado de Alberto Durero (1498)

  

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Manuel Lozano (Córdoba, Argentina) es profesor de Literatura y Doctor Honoris Causa del Consejo Iberoamericano de Educación. Poeta, narrador, crítico literario, ensayista y conferenciante, ha publicado más de quince libros, que van del género fantástico al ensayo filosófico. Entre sus obras podemos citar Libro de Amenemope (Torres Agüero Editor, Bs. As.., 1987), La Línea y el Círculo (Ediciones Corregidor, Bs. As., 1988), Tratado sobre la Rotación de los Encantos (Libros de la Isla Iluminada, Barcelona, 1992), Las Caníbales, Jam Sessiom, El Enigma Silvina Ocampo (en prensa), Bizancio bajo las aguas (Ed. Sudamericana, Bs. As., en prensa) y Todas las noches me traías gardenias (autobiografía ficticia de Billie Holiday), Mansión Artaud, Las caníbales, entre otras.

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año IV. Número 34. Noviembre 2005. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2005 Manuel Lozano. Reservados todos los derechos © 2002-2005 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España). Prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización expresa del editor o de los autores.

  

  

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